España - Madrid

Notables protagonistas y desborde orquestal

Jorge Binaghi
miércoles, 20 de julio de 2016
Madrid, miércoles, 6 de julio de 2016. Teatro Real. I Puritani (París, Théâtre des Italiens, 25 de enero de 1835), libreto de Carlo Pepoli, música de V. Bellini. . Escenografía: Daniel Bianco. Vestuario: Peppispoo. Dirección de escena: Emilio Sagi. Intérpretes: Venera Gimadieva/Diana Damrau (Elvira), Celso Albelo/Javier Camarena (Arturo), George Petean/Ludovic Tézier (Riccardo), Roberto Tagliavini/Nicolas Testé (Giorgio), Cassandre Berthon/Annalisa Stroppa (Enriqueta) y otros. Coro (maestro de coro: Andrés Máspero) y orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Evelino Pidò
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Vuelvo a decir lo que escribí en su momento desde Amsterdam, aunque aquí ha habido ‘modificaciones’: “La nueva edición de Fabrizio della Seta, aunque no recoge el rondó final para la Malibrán, sí alarga el papel de ‘Enriqueta’ y secundariamente el de ‘Riccardo’ y el de ‘Elvira’, pero sobre todo el de ‘Arturo’. Realmente es interesante -pese al riesgo evidente de mayor estatismo en la acción- escucharla”.

El orden del reparto expuesto se debe a que vi primero el segundo reparto y luego el primero (representaciones primera y segunda, respectivamente). Lo aclaro porque si el segundo fue, en general, bueno o muy bueno, el primero resultó espectacular. Y eso que se trata de una obra dificilísima, teatralmente estática, con un libreto desdichado (Bellini se quejaba y con razón; hacía falta él para insuflar algo de vida a la primera escena entre ‘Giorgio’ y ‘Elvira’, y aún así…y los coros son largos, especialmente en el primer acto). La puesta de Sagi tiene el mérito de no molestar, que ya es tanto, pero la opción de presentar al coro casi siempre en situación de concierto (sentado o de pie) y hacer que muchas veces sean unos innecesarios figurantes quienes se muevan (en el principio del segundo acto llegan a ser irritantes) al tiempo que desplazan elementos del decorado (bastante mínimos y funcionales, por suerte, ‘abstractos’ por lo que se refiere a época, y con unas lámparas y arañas estilo XIX que subían y bajaban en forma molesta cuando se trataba de marcar alegría o pena); pero fue muy evidente al presenciar los dos repartos seguidos que la interpretación cambiaba mucho, sobre todo en el caso del trío principal. El vestuario entra más dentro de la época y está bien.

Lo malo de una representación tan importante es que el problema surgió donde menos yo lo esperaba. Se supone que Pidò es un especialista del belcanto. Ya desde los primeros compases se advirtió que la orquesta iba a sonar muy fuerte y enérgica, y los tiempos serían vivaces o cuadriculados de tan enérgicos (eso fue en contra de todo el inicio del segundo acto con un ‘Piangon le ciglia’ -el mejor coro de la ópera- y el aria del bajo, ‘Cinta di fiori’ donde todo fue igual salvo algún vistoso ‘ritardando’ al final del aria). Eso sí, las cabalette fueron más bien lentas. El coro, que tuvo alguna vacilación, al principio, sonó bien luego, pero muchas veces muy fuerte, sea por indicación del propio director, sea -como ocurrió con algún solista- para evitar ser cubierto. La orquesta tocó bien, pero, queda dicho, más de una vez en contra de los cantantes. Y eso que, por suerte y pese a ser belcanto, tenían casi todos más voz que lo habitual. No es que uno entienda a las divas o divos que exigen un director determinado que no les haga sombra, pero sí que pidan que les dejen hacer su difícil tarea sin ponerles más obstáculos.

Gimadieva fue una agradable sorpresa: una líricoligera con muy buenos agudos, fiato y buena técnica (único lunar, los trinos), timbre claro pero no anónimo, correcta actriz. Lo que no quita que ‘la’ Damrau (mejor en ópera que en conciertos líricos ‘ad majorem gloriam’) haya estado absolutamente soberbia (y ahí los trinos llovieron en cantidad) como voz, pero sobre todo como personaje. Una creación que la convierte en la mejor de las Elviras en mi experiencia y hoy sin rival posible. Se sabe que estos personajes suelen ser meros pretextos para proezas vocales. Pues bien: aquí estuvo la proeza vocal más una interpretación exaltada, que marcó bien la neurosis más que locura de esta frágil heroína (y eso que se anunció al principio que la cantante actuaría indispuesta. Qué será cuando no lo está).

Albelo tiene sin duda una voz con más cuerpo que la de Camarena, y eso en principio lo favorece. Estuvo mucho mejor que en su Tebaldo de Capuletti en Barcelona, y hasta osó (y consiguió) el famoso fa del último acto (a mitad de camino entre nota de pecho y de cabeza), pero ya en la entrada se advirtió que canta con esfuerzo, sin la facilidad de antes, y eso lo llevó, en el momento crucial de ‘A te o cara’ a desafinar la nota. La respiración está mejor, pero también más corta que hasta hace poco. Tal vez se trate de un momento de esos que hay en la carrera de todo cantante y que espero se resuelva favorablemente ya que no podemos prescindir de un tenor como éste. Camarena no dio el fa y, una vez dicho que sería mejor que no frecuentara demasiado el personaje de Arturo con tantos otros que le están o pueden estar como un guante, lo que hizo fue ejemplar, con una voz preciosa, una técnica de hierro (había que ver la posición cada vez que emitía un agudo comprometido), un fraseo de estilista y un actor, como Albelo, entusiasta.

Entre los barítonos hubo una mayor diferencia. Petean es un cantante de voz y correcto, sus agilidades son voluntariosas, el agudo final del dúo con el bajo difícil y sobre todo en cuanto a fraseo, intención y actuación poco interesante. Justo lo contrario de Tézier, al que algunos le critican el cantar como si ya se tratara de Verdi. Verdi estaba a la vuelta de la esquina, y quien quiera una voz menos oscura, voluminosa o extensa para hacer filigranas en la gran escena inicial (en particular en la cabaletta), se encontrará luego (a menos que renazca Battistini, lo que no estaría mal) con que habrá problemas en el segundo acto. El barítono francés cantó con gran énfasis, soltura, agudos sólidos y un centro y grave impresionantes, y se movió bien, y recordó sus tempranos éxitos en La favorite (a los que ahora se lamentan de su canto ‘à la Verdi’ habría que recordarles -porque son más o menos los mismos- que en su momento decían que hacía mal en cantar Verdi).

También entre los bajos existió diferencia, pero a la inversa. Tagliavini, a quien sólo le faltó un poco más de redondez y volumen en el grave (en particular en el final del aria) fue mucho más sólido que Testé, cuyo volumen fue a veces exiguo y su color más baritonal (por lo que padeció en los graves) aunque por figura y elegancia su Giorgio fuera más presente que el del cantante italiano.

Berthon hizo una buena Enriqueta, penalizada por la tesitura (ella es soprano) y sobre todo por la orquesta. La misma excelente Stroppa (una mezzo adecuadísima para la parte, aunque para ella ya es poca cosa) tuvo algún momento en que apenas se la oyó. Ambas actuaron bien. Bastante y muy flojo, respectivamente, el Valton de Miklós Sebestyén y el Bruno de Antonio Lozano.

El público, más numeroso el día del primer reparto, mostró entusiasmo, pero no durante mucho tiempo.

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