Alemania

Una entrada triunfal

J.G. Messerschmidt
viernes, 14 de octubre de 2016
Múnich, viernes, 23 de septiembre de 2016. Teatro Nacional. Giselle, ballet en dos actos. Libreto: Theophile Gautier, Vernoy de Saint-George y Jean Coralli. Música: Adoplhe Adam, Friedrich Burgmüller y Ludwig Minkus. Coreografía: Sir Peter Wright según la versión original parisina de Jean Corelli y Jules Perrot y la peterburguesa de Marius Petipa. Escenografía y vestuario: Peter Farmer. Intérpretes: Natalia Osipova y Maria Shirinkina (Giselle), Sergei Polunin y Osiel Gouneo (Albrecht), Prisca Zeisel e Ivy Amista (Myrtha), Matej Urban y Javier Amo (Hilarion). Solistas y cuerpo de baile del Ballett del Estado de Baviera. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical: Aivo Välja
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La apertura de una nueva temporada de ballet es siempre un acontecimiento hasta cierto punto festivo. Esta vez a ese carácter se añadió el enorme interés despertado por el comienzo de una nueva 'era' en el Ballet de Baviera. Tras dieciocho años bajo el mismo director, se presentaba el nuevo jefe de la compañía, Igor Zelensky, un hombre de ballet formado en la Academia Vaganova y que, además de haber sido uno de las estrellas más festejadas del Teatro Mariínsky de San Petersburgo y del Ballet de la Ciudad de Nueva York, llega a Múnich con toda la experiencia que ha acumulado durante años como director de los ballets de la Ópera de Novosibirsk y del Teatro Stanislavski de Moscú. Las expectativas eran pues muy grandes y la función del veintitrés de septiembre fue anunciada y celebrada justamente como un 'estreno', pese a que se ofrecía la misma producción de Sir Peter Wright que lleva más de cuarenta años en el repertorio de este conjunto. Aunque la versión de Wright no es la más hermosa de las que existen de esta obra, debemos reconocer que, debido a su clasicismo, sigue resultando aceptable. El coreógrafo británico, ya nonagenario, participó activamente en esta reedición de su añeja producción.

Desde el primer momento de la función se advirtió un gran salto cualitativo en comparación con el nivel tanto artístico como técnico, mucho más modesto, al que el público de Múnich había debido habituarse desde hacía bastantes temporadas. En primer lugar debe destacarse el aumento del nivel en el cuerpo de baile, que ha sido totalmente renovado. Se ha ganado no sólo en unidad, sino también en competencia técnica y estilística, y en algo tan fundamental como la sincronía, que en el período anterior a la llegada de Zelensky dejaba bastante que desear. Es éste un hecho de importancia capital. La 'antigua' compañía pudo durante unas temporadas salir del paso gracias a algunos solistas sobresalientes, tanto propios (Yelena Pankova, Kirill Melnikov, Lucía Lacarra) como invitados (Uliana Lopatkina, Svetlana Zajarova, el propio Igor Zelensky), en una estrategia de reparto que recordaba un poco al cuento de Los trajes del emperador. En cuanto estos solistas faltaban (al final sólo quedaba Lacarra...) se veía a las claras la desnudez del emperador.

Un buen cuerpo de baile, el fundamento de toda compañía, se echaba de menos de modo doloroso. Igor Zelensky ha conseguido en muy pocas semanas, con un grupo de bailarines jóvenes y que por primera vez trabajaban juntos, lo que su antecesor no logró nunca en casi dos décadas. Seguramente nunca ha tenido esta compañía un cuerpo de baile de tanta calidad como el presente. Aunque sólo sea por esto, el comienzo del mandato de Zelensky en esta casa sólo puede ser calificado de brillante.

Momento de la representación del ballet Giselle. Coreografía de Peter Wright. Múnich, Staatsoper, septiembre de 2016 Momento de la representación del ballet Giselle. Coreografía de Peter Wright. Múnich, Staatsoper, septiembre de 2016 © W. Hoesl, 2016

Pero también el formar un equipo de solistas como el que ha presentado es un mérito nada baladí. Los protagonistas de esta velada, Natalia Osipova (Giselle) y Sergei Polunin (Albrecht), son primeros solistas huéspedes 'estables' de la compañía, lo que garantiza un alto nivel también en los papeles principales. Es un gran placer ver cómo Natalia Osipova ha dejado de ser un fenómeno técnico, una especie de niña precoz de habilidades circenses, para convertirse en una bailarina de enormes cualidades artísticas al tiempo que dotada de una técnica impecable. En este sentido, nos alegra ver que los temores que expresamos en un artículo de hace casi una década [leer artículo] no se hayan cumplido y que Osipova haya sabido madurar esplendorosamente. En ella se advierte a una intérprete que ha alcanzado la madurez sin perder la frescura juvenil. En el plano técnico sobresale su bellísimo trabajo de piernas y pies, puro y preciso. En el aspecto puramente interpretativo, su Giselle combina contención clásica (sin concesiones a la acrobacia) con un encanto ingenuo y una carga de sentimiento justamente dosificado, de modo que crea la ilusión de la espontaneidad y de una natural fluidez emocional. El patetismo de la escena de locura resulta creíble y sincero. La verosimilitud es acentuada por el hecho de que en esta misma escena se insinúa una metamorfosis del personaje, en el que se vislumbran ya, muy sutilmente, algunos rasgos de la mágica Wili que aparecerá en el segundo acto. Esta finísima transformación tiene dos consecuencias: la figura de Giselle gana hondura psicológica, mientras el destino que la convierte en un fantasma aparece aún más trágico e inexorable. En el segundo acto, Osipova sabe expresar emoción dentro del estricto rigor clásico y de la sublimidad que caracterizan a todo acto blanco.

Momento de la representación del ballet Giselle. Coreografía de Peter Wright. Múnich, Staatsoper, septiembre de 2016Momento de la representación del ballet Giselle. Coreografía de Peter Wright. Múnich, Staatsoper, septiembre de 2016 © W. Hoesl, 2016

Sergei Polunin es un Albrecht masculino, vigoroso, siempre discreto, virilmente elegante, algo introvertido, técnicamente impecable y que en ningún momento roba la función a su compañera. En sus entrechats del segundo acto no sólo ofrece un número técnicamente muy brillante, sino también de excepcional fuerza expresiva. Polunin es un intérprete que sabe poner el virtuosismo al servicio de la emoción y del significado de la escena. Prisca Zeisel (Myrtha) encabeza un grupo de Wilis implacables y bien coordinadas. En general los tiempos son muy rápidos, en algunos pasajes quizás sería conveniente un poco más de sosiego, sobre todo en las apariciones de Myrtha.

La orquesta y su director, Aivo Välja, están igualmente a muy bien nivel. El sonido está bien empastado y es compacto, la interpretación es precisa y cálida, los matices están bien trabajados y la tanto la línea melódica como la dinámica hacen justicia al estilo romántico propio de la partitura.

La representación del 2 de octubre

La serie de funciones de Giselle contó en total con cuatro repartos diferentes. El dos de octubre, la penúltima representación fue protagonizada por un miembro estable de la compañía, la primera bailarina Maria Shirinkina. Si Osipova representa lo mejor de la escuela moscovita, Shirinkina es un excelso ejemplo de la petersburguesa. Las diferencias son pues muy notables. La Giselle de Shirinkina es lirismo puro. En su interpretación renuncia a todo ornamento, a todo lo que pudiera resultar superfluo. Su danza es un arte cuya depuración llega hasta la quintaesencia. Ya en el primer acto, Giselle aparece como un personaje poético muy diferenciado del medio ambiente que la rodea. La expresión de las emociones está sublimada, la excelente técnica de la bailarina está rigurosamente subordinada a la pureza estilística y a una belleza etérea y casi abstracta. La pantomima es del todo convinvente, pero lo que verdaderamente importa es la danza en sí misma. En el segundo acto Shirinkina parece desmaterializarse. Más ligereza y blandura resultan inimaginables. Sus tiempos son bastante más lentos que los de Osipova, el virtuosismo no se expresa de modo acrobático, sino en los detalles más sutiles del bellísimo, ondulante port de bras y de un trabajo de piernas y de pies de elegancia incomparable. Se echa de menos una acentuación más marcada, quizás algo más de arrojo y de patetismo, pero las cualidades que muestra esta bailarina, nacida para ser Giselle, compensan de sobras estos pequeños déficits. Iviy Amista, como Myrtha es muy convincente. Quien no alcanza el nivel deseable es Osiel Gouneo. Su Albrecht resulta falto de sutileza y demasiado extrovertido. Gouneo no es el danseur noble que requiere este papel, sino un intérprete que muestra más fuerza que arte en todos sus movimientos.

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