Argentina

Triunfal regreso de Kent Nagano (I)

Carlos Singer
viernes, 21 de octubre de 2016
Kent Nagano © OCNE Kent Nagano © OCNE
Buenos Aires, jueves, 29 de septiembre de 2016. Teatro Colón. Strauss, Don Quijote opus 35. Brahms, Sinfonía Nº 1 en Do Menor opus 68. Gautier Capuçon, violonchelo; Naomi Seiler, viola. Orquesta Filarmónica Estatal de Hamburgo. Director Kent Nagano. Octavo concierto del primer ciclo de abono del Mozarteum Argentino
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Remedando un poco el título que adjudiqué en 2010 al debut en el Colón del director californiano (también para el Mozarteum Argentino, en ese caso al frente de la Sinfónica de Montreal) [leer nota], se puede hablar sin ningún tipo de eufemismos que los conciertos que brindó ahora significaron un nuevo y quizás aún más marcado éxito. Solo dos obras conformaban el primero de los dos programas absolutamente diferentes que desarrolló en esta oportunidad. ¡Pero qué obras!

Abrió el concierto el complicado poema sinfónico straussiano, una página que requiere tanto una orquesta muy amplia y de excelente nivel como un par de solistas sobresalientes: aunque siempre se lo considera como una obra concertante para violonchelo y orquesta, la parte de la viola precisa asimismo de un intérprete superlativo. Las partes solistas son de tal envergadura que a veces frustran una ejecución: cabe recordar que Richard Strauss dirigió gran cantidad de conciertos en Buenos Aires en sus dos visitas (1920 y 1923). En la primera de ellas tenía previsto tocar Don Quijote pero se echó atrás no conforme con el nivel de los solistas que aquí conocían esa partitura y recién la estrenó en su segundo viaje, cuando pudo aprovechar para esa tarea con los servicios de destacados miembros de la Filarmónica de Viena, con la que viajó en esa ocasión.

Ahora Nagano se dio el lujo de contar, para este programa, con un artista de prestigio internacional como es el joven violonchelista francés Gautier Capuçon, quien realizó una labor prodigiosa por su excelente timbre, penetrante intensidad sonora y profundo dominio de la intrincada partitura, en la que pudo desplegar todos sus recursos técnicos y su expresividad. Agregándole además una cuota de histrionismo: al concluir su participación -esas frases finales que representan las últimas palabras y la muerte del Quijote, simbolizada ésta en una especie de deslizamiento descendente hacia el Re grave- Capuçon dejó caer la cabeza sobre el mástil de su instrumento y se mantuvo en esa actitud durante los dulcísimos acordes conclusivos.

De gran jerarquía también el trabajo de Naomi Seiler, solista de viola de la orquesta, a la que Nagano confirió singular preeminencia: la hizo ingresar junto con él y con Capuçon así como actuar de pie; de destacar la perfección técnica y la absoluta limpieza con la que abordó todas sus intervenciones, a la vez que la morbidez, densidad y fortaleza del sonido que extrae de su instrumento; los pasajes a dúo con el cello adquirieron características memorables. Y el concertino (debo suponer que Konradin Seitzer) acompañó con perfectas intervenciones.

La parte orquestal fue de una precisión, belleza sonora y matización apabullantes; Strauss exige un esfuerzo extra al que director y conjunto respondieron con total solvencia; sería injusto destacar algún sector por sobre otro, ya que todos respondieron con brillantez, desde el lustre y tersura de las cuerdas, la excelencia de solistas de maderas y trompas, la rotundidad de los metales y el ajuste y detallismo de la percusión, pero si he de mencionar algún pasaje, me resultó de especial atractivo el inicio de la segunda variación (los balidos de las ovejas) en un pianísimo extremo de sobrecogedor impacto. 
      
En Brahms supo dosificar con maestría el tenso discurso de la Introducción y llevar con agilidad y muy adecuados contrastes el inquietante Allegro inicial, en el que realizó el da capo de la exposición, como pide la partitura, cosa no totalmente habitual. Manejó con extrema delicadeza el lirismo del Andante sostenuto -excelentes, una vez más, los solos del violín concertino, oboe y trompa- expuso con habilidad los vericuetos del tercero y remató su labor con una soberbia traducción de las distintas facetas que presenta el final con sus numerosas y tan contrapuestas secciones, para arribar a una coda que culminó de manera magnífica. Aquí también la Orquesta de Hamburgo mostró, ahora con una coloración totalmente diferente, la gran categoría de todas sus secciones a través de una sonoridad densa, compacta, profunda. Una versión de la Primera de Brahms para atesorar en el recuerdo.

Fuera de programa Nagano y los hamburgueses añadieron una cálida y sentida lectura del Intermezzo de Rosamunda de Schubert y una virtuosística versión -que permitió nuevamente el lucimiento, entre otros, del concertino del conjunto- del vibrante movimiento final del Concert Românesc de György Ligeti, una página no muy transitada pero que, curiosamente, ya había interpretado en mayo de este mismo año y también como pieza añadida la Orquesta de Bamberg dirigida por Jonathan Nott.

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