Argentina

Musique française

Carlos Singer
lunes, 14 de noviembre de 2016
Buenos Aires, jueves, 20 de octubre de 2016. Teatro Colón. Poulenc, Concierto para dos pianos y orquesta en re menor. Dusapin, Celo, concierto para violoncello y orquesta. Ravel, La Valse. Marcela Roggeri y Jean-Philippe Collard, pianos. Anssi Karttunen, violonchelo. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Enrique Arturo Diemecke. Undécimo concierto del abono 2016
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Un atípico programa con un marcado desbalance en la duración de sus partes (la segunda casi dobló en extensión a la primera) y dos páginas concertantes involucrando a diferentes solistas, dúo de pianos una, violonchelo la otra; enlazándolo todo el hecho de ser música francesa escrita a lo largo del siglo XX. Un programa signado además por una circunstancia al menos singular: que una figura con la vasta trayectoria de Jean-Philippe Collard haya realizado este largo traslado intercontinental nada más que para tocar la parte de segundo piano en la corta partitura de Poulenc es algo que escapa un poco a mi entendimiento. 

Si la partitura de Poulenc no destaca por su longitud, su brevedad se acentuó aún por el frenético ritmo que le imprimieron los solistas, en especial en los movimientos extremos; el Larghetto central -una romanza de netos tintes mozartianos- fue expuesto con propiedad, aunque cierta contención expresiva. Un frenético ritmo que originó, casi de manera inevitable, algunas desprolijidades en la labor de los solistas, menores en el primer movimiento pero bien notorias en el inicio del Allegro molto final, con un serio desajuste en los primeros compases; de todas formas, el quehacer de los pianistas tuvo acertado impulso y una ejecución brillante, incisiva y poderosa, que se amoldó de modo cabal al lenguaje del autor -la fina ironía con que tiñe su romanticismo, las cáusticas armonías y sus melodías singularmente sentimentales. La orquesta, bajo la habilidosa mano de un Diemecke muy atento ofreció una traducción sólida, bien colorida y con adecuada agudeza. 

Resultó bastante llamativa la disparidad de sonoridades que emergieron de los pianos, con una ejecución por parte de Marcela Roggeri más acerada, filosa y de mayor volumen mientras Jean-Philippe Collard encaró su tarea con un toque más reconcentrado, quizás menos “vistoso” pero muy entroncado con el espíritu francés. Eso sí, me sorprendió (y no gratamente) que el pianista galo marcara casi todo el tiempo el compás con el pie. 

Retribuyendo el caluroso aplauso del público, ambos recrearon, con nostálgico encanto, otra página de Poulenc, L'embarquement pour Cythère, un vals-musette creado para el film Le voyage en Amérique de Henri Lavorel de 1951 (con Louis de Funès); la conexión entre la obra musical y la pintura de Watteau en que se inspira es difícil de detectar. 

Celo, escrita por Dusapin en 1996 era estreno en Latinoamerica, tal como solícitamente informó Diemecke en su consabida alocución al público desde el podio; un tardío estreno local que casi coincide con el de su nueva obra para violonchelo y orquesta (Outscape) tocada por vez primera en Chicago en mayo de este año. El concierto de Dusapin me desilusionó por completo. La deliberada ambigüedad del título (jugando entre el nombre del instrumento sin una “L” y el vocablo latino para “oculto, no revelado”) se aclara con una cita de Cicerón que encabeza la partitura, que habla de ‘el silencio para mantener en secreto las penas que siento’. La música sigue al pie de la letra esta premisa y evita involucrarse en el aspecto emocional: una escritura desleída, tiempos gélidos, una orquesta que provee solo un aislado y débil acompañamiento por más de la mitad de la obra, el resultado no me resultó para nada fascinante: en vez de tensión, sentí tedio. 

El primer movimiento, para el que emplea un arco sin resina (por una vez, las palabras de Diemecke antes de comenzar la interpretación sirvieron para algo útil: había sorprendido ver a Karttunen ingresar con dos arcos y la explicación fue que uno era el tradicional y otro, sin untar con resina, con lo que su deslizamiento sobre las cuerdas produciría un contacto muy escaso, iba a ser empleado en la primera sección) ofrece una sonoridad austera, morosa, que se mueve entre el silencio y pasajes extremadamente tenues. Los dos tiempos restantes poseen algo más de actividad, pero siempre dentro de una marcada concisión y complicadas exigencias, tanto para el violonchelo -la escritura de la parte solista parece muy engorrosa, con algún momento con notas sobreagudísimas y un amplio abanico de recursos no convencionales- como para más de un miembro de la orquesta, que respondió, aparentemente, con total solvencia. Para mi sorpresa, el público saludó esta poco amigable partitura con singulares muestras de aprobación, una recepción poco habitual para una obra de avanzada escritura y lenguaje casi inaccesible, a lo que Karttunen respondió agregando una página a solo también de Dusapin, en este caso escrita en 2004, el intenso primer número de los que integran Imago, tres piezas sobre (falsos) cantos populares. 

Para cierre, Diemecke había escogido el poema coreográfico La Valse de Maurice Ravel. La interpretación no superó un nivel de discreta corrección. Los compases iniciales no tuvieron su necesaria cuota de tenebrosidad y misterio: los acordes de trompas, por ejemplo, sonaron demasiado incisivos mientras en la sección central faltó una dosis mayor de refinamiento y voluptuosidad. El desenfreno y la hecatombe final, en cambio, estuvieron muy bien logrados. 

Algo pintoresco aconteció con el anuncio de viva voz que brindaron los solistas de las obras a interpretar fuera de programa. La pianista argentina hizo toda la explicación en francés; luego, dándose cuenta de lo absurdo de la situación, se disculpó y lo repitió en nuestra lengua. En cambio, el violonchelista finés se dirigió al público en un perfectamente entendible español; además, mostrando conocimiento de la actualidad local, dedicó lo que iba a tocar a la memoria de la joven Lucía Pérez, que un par de días antes había sido víctima de un crimen atroz.

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