España - Euskadi

Ser sin pecado un adorno

Jesús Aguado
miércoles, 16 de noviembre de 2016
Bilbao, sábado, 22 de octubre de 2016. Palacio Euskalduna. Gaetano Donizetti.  Lucrezia Borgia. Libreto de Felice Romani sobre Lucrèce Borgia de Victor Hugo. Francesco Bellotto, director de escena. Angelo Salas, escenografía. Cristina Aceti, diseño de vestuario. Fabio Rossi, iluminación. Martín Ruis, coreografía. Elena Mosuc, Lucrezia Borgia. Celso Albelo, Gennaro. Marko Mimica, Don Alfonso d’Este. Teresa Iervolino, Maffio Orsini. Mikeldi Atxalandabaso, Rustighello. José Manuel Díaz, Apostolo Gazella. Zoltan Nagy, Ascanio Petrucci. Manuel de Diego, Oloferno Vitelozzo. Fernando Latorre, Gubetta Belverana. Germán Olvera, Astolfo y Coppiere. Jesús Álvarez, Jeppo Liverotto. Sergio López de Davalillo, Un sirviente. Javier Campo, Voz interna. Coro de Ópera de Bilbao. Sergio Dujin, director del Coro. Orquesta Sinfónica de Euskadi. José Miguel Pérez Sierra, dirección musical.
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Triunfal inicio de la 65 temporada de ABAO-OLBE (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera). El título elegido era la donizettiana Lucrezia Borgia, obra no demasiado representada y cuyo éxito depende exclusivamente de la calidad de las voces, dado su escaso interés dramático (el libreto es difícilmente asumible por su superficialidad e incoherencia) y musical (Donizetti tuvo días mejores, por decirlo suavemente). Por lo tanto, bel canto en estado puro: la obra sale adelante si el reparto vocal brilla a gran altura, y si no, se puede convertir en una especie de insufrible ciénaga. Por suerte, ABAO ya nos tiene acostumbrados a repartos de altísimo nivel para este tipo de obras (todo el bel canto del año pasado resultó espléndido en general), y esta ocasión confirmó la tendencia, y Lucrezia, nave de frágiles mimbres, llegó a buen puerto.

El timonel de tan procelosa travesía fue, sin duda, Celso Albelo, que encarnaba a Gennaro, el hijo secreto (y bastante bobalicón, si me permiten el inciso) de Lucrezia. Si todos sus compañeros estuvieron francamente bien, el tenor canario fue el triunfador absoluto de la velada. Conquistó al público bilbaíno (que bien es cierto que tiene cierta tendencia a dejarse conquistar por los tenores) y lo convirtió a su causa. Desde el primer momento su voz sonó colocada, potente, el timbre es hermoso, el fiato amplio, el fraseo exquisito. Pero fue en su aria T’amo qual s’ama un angelo (que no es de la partitura original, sino que fue incluida posteriormente por Donizetti) en la que el público del Euskalduna, habitualmente frío y comedido, estalló en una de las mayores ovaciones que recuerdo haber presenciado aquí, especialmente en medio de una representación, hasta el punto que Albelo, que había acabado el aria de rodillas, tras intentar mantener la posición como es habitual para continuar la obra, se vio obligado a levantarse y saludar, tal era la duración del huracán de aplausos desencadenado en el coliseo bilbaíno. Fabulosa también la escena de la muerte, cantando (tumbado en el suelo, cosa que no facilita precisamente la respiración) en pianissimo sus últimas frases con un gusto exquisito. Como actor también estuvo muy bien, pese a que el personaje no sea precisamente un prodigio de profundidad psicológica, pero quién necesita psicología cuando se tiene esa voz. Merecidísimo e indiscutible triunfo.

También triunfó Elena Mosuc como Lucrezia, aunque yo la pondría en un segundo lugar en el podio del belcantismo de la noche. Cantó con elegancia, dio todas las notas, lo que en un papel como el de Lucrecia es cualquier cosa menos un desprecio, y tuvo momentos realmente hermosos. La voz es amplia y con gran presencia, aunque con un punto de vibrato que se hacía casi excesivo en algunos momentos. Resolvió bien todas las coloraturas, pero precisamente en su cabaletta final, tras la muerte de Gennaro, el vibrato (y probablemente el más que comprensible cansancio al final de semejante travesía vocal) le jugó de alguna manera una mala pasada, pues emborronó un tanto las agilidades con las que termina su intervención. En cualquier caso, defendió el papel con gran calidad, y el público se lo supo agradecer con una gran ovación al terminar.

Triunfo también del bajo-barítono croata Marko Mimica como Alfonso d’Este, marido de Lucrezia. Potentísima y redonda voz con un hermoso timbre de bajo, únicamente perdió algo de volumen en la zona más “subterránea” del registro, lo que en absoluto empañó la excelente impresión que dejó. Una voz de semejante presencia en un teatro tan ingrato como el Euskalduna siempre es de agradecer.

Extraño caso el de Teresa Iervolino en el travestido papel de Maffio Orsini, el amigo del alma (y por la dirección de escena de esta producción casi se diría que también del cuerpo) de Gennaro. En la primera parte su timbre sonó excesivamente oscuro, casi velado, resultando inaudible en los concertantes, pero exhibiendo, eso sí, un fiato envidiable. Tal vez tuviera algún problema que resolvió en el entreacto o simplemente se estaba reservando, porque en la segunda parte pareciera que otra mezzosoprano había salido en su lugar, ésta sí con una voz amplia, de timbre oscuro pero hermoso, ágil y brillante, espléndida en el dúo con Gennaro, en el que los dos parecían competir por ver quién era capaz de mantener más tiempo una nota. Un placer belcantista de primer orden, y un triunfo que hubiera sido mayor si hubiera manifestado esas cualidades desde el primer momento.

Muy bien, como siempre, Mikeldi Atxalandabaso, esta vez en el papel de Rustighello, el asistente del duque. El Euskalduna es como su segunda casa, el público lo conoce y le aprecia, y su voz no tiene problemas para llenar el inmenso espacio del teatro. Igualmente notable la actuación de Fernando Latorre como Gubetta, el espía de Lucrezia entre los venecianos. Y también muy bien el resto de comprimarios, tanto José Manuel Díaz (Gazella), Zoltan Nagy (Petrucci), Manuel de Diego (Vitelozzo) y Jesús Álvarez (Liverotto), los amigos de Gennaro, como Germán Olvera (Astolfo), el servidor de Lucrezia.

Bien el Coro de Ópera de Bilbao, dirigido por Boris Dujin. Prácticamente son las voces graves las que intervienen, pues las mujeres solo aparecen brevemente en la escena final, pero siempre con la calidad a la que nos tienen acostumbrados.

El maestro José Miguel Pérez Sierra, al frente de la estupenda Orquesta Sinfónica de Euskadi, volvió a demostrar que conoce perfectamente este repertorio, y se dedicó a hacer lo que tenía que hacer, que era no interferir con las voces; puede sonar a demérito, pero no lo es en absoluto. Dado que la obra no ofrece grandes momentos de lucimiento orquestal, evidentemente su función era acompañar a los cantantes, y eso lo hizo a la perfección. Hubo pasajeros problemas de concertación en la primera escena, pero pronto se solucionaron y todo funcionó sin sobresaltos.

La producción, coproducida por Turín, Bérgamo y Sassari, cuenta con la dirección de escena de Francesco Bellotto y escenografía de Angelo Sala. En general, es bastante clásica, y se adapta muy bien a las características del Euskalduna, pues cierra el escenario de manera que las voces no se pierden en el infinito de la caja escénica, siempre una buena idea en un recinto tan grande. Los movimientos escénicos están bien resueltos, y el trabajo actoral de los cantantes es fluido y natural. Como detalle de originalidad, en el breve pasaje instrumental con el que comienza la ópera vemos a una joven Lucrezia despidiéndose de su hijo, al que se ve obligada a abandonar. Dado lo endeble de la estructura dramática, es de agradecer que se nos ponga en antecedentes de lo que va a pasar allí, ya que la obra no incluye ninguna explicación y directamente nos presenta a Gennaro ante Lucrezia sin que sepamos muy bien quiénes son ni qué historia tienen detrás. Esa especie de fantasmas del pasado continuarán apareciendo casi en todos los momentos en que los dos personajes están juntos, con lo que el recurso acaba siendo un tanto cansino. Tampoco me convenció la idea de coreografiar (tarea a cargo de Martín Ruis) los movimientos de los soldados que van a capturar a Gennaro, pues producían un efecto decididamente extraño. Hermoso el vestuario de Cristina Aceti.

Noche triunfal, por lo tanto, la de la inauguración de la temporada de la ABAO, con un título en principio menor del repertorio, pero resuelto con gran brillantez gracias, una vez más, a las voces. Eso es el bel canto, al fin y al cabo, un puro adorno (sí, se puede ser sin pecado un adorno), una pura exuberancia vocal, y no hay que pedirle más para disfrutarlo.

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