España - Galicia

Un mundo pequeñito

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 17 de enero de 2017
Santiago de Comnpostela, jueves, 12 de enero de 2017. Auditorio de Galicia. Gustav Mahler: Sinfonía nº 3 en Re menor (arreglo de Joam Trillo). Claudia Huckle, mezzosoprano. Coro de Mujeres de la Comunidad de Madrid (Pedro Teixeira, director); Escolanía de la Catedral de Santiago (José Luis Vázquez, director). Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Asistencia: 100%.
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En los quince años que llevo asistiendo como abonado a los conciertos de la Real Filharmonía no recuerdo haber tenido que guardar cola en ninguna ocasión para acceder al interior del Auditorio de Galicia. Ignoro si semejante avalancha de público se debió a que los mahlerianos santiagueses salieron temporalmente de la clandestinidad, o a que los padres y madres de los niños de la Escolanía de la Catedral no querían perderse la actuación de sus hijos. El caso es que la sala estaba llena hasta la bandera (y -justo es decirlo- que el respetable se comportó razonablemente bien, habida cuenta de que la única obra en cartel dura casi dos horas).

Es bien sabido que la partitura de la Sinfonía nº 3 en Re menor de Gustav Mahler prescribe un plantel de intérpretes gigantesco: además de una cantante solista, un coro femenino y otro infantil, maderas a cuatro, docena y media de metales, hasta diez instrumentos de percusión, un par de arpas, y todas las secciones de la cuerda “fuertemente nutridas”. Como también es conocido que la plantilla ordinaria de la Real Filharmonía ronda la cincuentena de músicos. De manera que si su director titular tiene la ocurrencia de poner en atriles esta obra sólo le caben dos opciones: contratar como refuerzo a otros cincuenta músicos -por lo menos-, o bien someter la partitura a un tratamiento adelgazante intensivo.

De tan envenenado encargo se responsabilizó Joam Trillo, quien hizo lo que pudo para que la cosa resultase mínimamente ejecutable, con las maderas a tres, y eliminando un tercio de la trompetería. Aun así –con el metal habitual multiplicado por dos, y puesto que se mantuvo el efectivo requerido para la artillería y era por lo tanto obligado incrementar la cuerda-, sobre el escenario esta noche había hasta veintisiete instrumentistas extra enrolados para la ocasión. Así se hacía constar en el programa de mano, en cuyas notas, por cierto, eché de menos alguna mención al hecho de que lo que se iba a escuchar en el concierto no es estrictamente lo que dejó escrito Mahler.

Hablando de estos asuntos, el concierto de esta noche suscita alguna cuestión filológica: en un tiempo en el que se reivindica con ardor lo “auténtico” y lo “históricamente informado” -al punto de repudiar, por ejemplo, una interpretación de la Pasión según San Mateo con ocho contrabajos-, ¿tiene justificación una cirugía tan invasiva en una partitura tan meticulosamente escrita y anotada como ésta, hasta tocarla con cuatro contrabajos? La respuesta es históricamente afirmativa, puesto que el propio Mahler -cuando se ponía el sombrero de director de orquesta- hacía y deshacía a su antojo las partituras ajenas que iba a interpretar.  

Sin embargo, ¿tiene justificación artística o presupuestaria? En este punto conviene recordar para qué se creó la Real Filharmonía de Galicia, esto es, para tocar un repertorio diferente del que hace la Orquesta Sinfónica de Galicia. Dicho de otro modo, una cosa es que lo de esta noche pase como una extravagancia ocasional, y otra que se convierta en el acontecimiento de la temporada. En mi opinión, pues, no tiene sentido gastarse tanto dinero (los refuerzos, un coro traído de Madrid, y el arreglo) para hacer una obra que está a todas luces fuera del terreno en el que ha de jugar esta orquesta; sobre todo en un curso en el que se ha reducido drásticamente el número de solistas y la categoría de los directores invitados.

La trayectoria de la Real Filharmonía así lo atestigua. No hay más que remontarse al pasado 27 de octubre para comprobarlo, cuando Christoph König demostró que se puede hacer un programa fresco, elegante y ajustado a la plantilla de la orquesta (desde luego Mozart, pero también Roussel y Schreker), y que se puede hacer maravillosamente bien, subrayando la personalidad propia de la Real Filharmonía y sin salirse del presupuesto. Se invocará de contrario el arreglo de Fernando Buide para la Cuarta Sinfonía de Mahler que se dio aquí hace un par de años, aunque nadie podrá negar que esta obra es infinitamente más adaptable a la orquesta, sin que ni una ni otra pierdan su sustancia.

Pero con esta Tercera, desnaturalizadas tanto la obra como la orquesta, el mastodóntico primer movimiento sólo podía derivar en algunos momentos de desbarajuste. Paul Daniel se las vio y se las deseó para intentar corregir el desequilibrio de cuerda y madera con matraca y fanfarria: vana tarea. Lo demás salió mejor, con muy buenos solos de la trompeta y del concertino, con una digna intervención de ambos coros, y con una espléndida interpretación de la mezzo Claudia Huckle, de voz cobriza y carnosa; y estupendo el final, con una cuerda tocando al límite de sus posibilidades pero sin perder ni la expresividad ni el empaste.

Y como alguna ventaja tenía que tener todo este experimento, “la sinfonía que representa el mundo entero”, al quedar tan pequeñita, Daniel pudo despacharla en tan sólo una hora y cuarenta minutos, resultando así menos cargante que en su versión auténtica. Y como, dejando aparte el elemento sonoro, las obras de Mahler son siempre muy atractivas visualmente, pues un servidor estuvo entretenido y se lo pasó bien; igual que el resto del público, que premió ruidosamente el esfuerzo –heroico, las cosas como son- de todos.

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