Ópera y Teatro musical

Otello, ¡Gesualdo!, y Bieito en Hamburgo

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 25 de enero de 2017
0,0003049

En la régie para el Otello verdiano de Calixto Bieito, estrenada en Basilea y repuesta en la Ópera de Hamburgo este enero,  la acción transcurre en un  puerto negro, con una desesperanzada turba, tal vez de refugiados, separada por alambre de púas y con el único decorado de una enorme grúa amarilla. La alusión es obvia: amarillo es el color de los celos y la grúa se mueve de vez en cuando manipulada por los personajes antes de terminar atrapando a los dos amantes. También es utilizada como horca para un contrabandista. Iago recibe al Otello triunfante del primer acto entregándole un pañuelo para que éste se limpie sus manos ensangrentadas. Pero no se las limpia bien, porque esa finolis Desdémona de visones blancos del cuello a los pies mira con inquietud premonitoria  esos dedos que terminarán estrangulándola al comienzo de su dúo de amor. Ambos lo cantan con ese distanciamiento glacial perceptivamente compuesto por Verdi, y acertadamente visualizado por Bieito. Otello viste camisa de smoking con la pajarita suelta. Para celebrar su victoria militar  se descorcha numerosas botellas de champagne cuya espuma desborda con la brillantez de fuegos artificiales.

Iago es un pálido Mefistófele de traje y corbata oscura  que alterna su servilismo con un Credo de feroz y contenida convicción que Carlo Sgura canta con seguro legato y mordente tan incisivo como intencionado en su significado dramático. Su Emilia (una excelente Cristina Damian) es una zorra a quién en una interesante variación psicológica del original de Shakespeare comienza utilizando el pañuelo de Desdémona como objeto de fetichismo sexual frente a su marido. Y también los dos principales deslumbran con voces de extraordinaria calidad complementadas por la expresiva interpretación de Paolo Carignani al frente de la excelente Filarmónica de Hamburgo.

Claudio Sgura, Marco Berti y CotoClaudio Sgura, Marco Berti y Coto © 2017 by Hans Jörg Michel

¡Que buenas sorpresas deparan estas casas de ópera concentradas en producir buenos espectáculos en lugar de perder demasiado dinero con divos inciertos y onerosos! El timbre de Svetlana Aksenova (Desdémona) combina una brillantez y morbideza dignos de una Netrebko. Bieto la presenta con una elegancia distanciada pero nunca modosita sino luchando por su dignidad frente a una degradación que termina presentándola frágil y en paños menores aferrada a los hierros de la grúa. Durante la canción del sauce parece querer escapar volando desde la primera plataforma antes de desplomarse en resignación total. Es entonces que las cuerdas que anuncian el Ave Maria parecen evocar un recuerdo de infancia como un fugaz espasmo de esperanza. Y como buena verdiana, Aksenova evita filar en un agudo final que coloca con decantada seguridad.  

Otro momento magistral de régie es el “Dio me potevi sagliar” que Otello canta junto a una Desdémona  desconcertada pero que permanece valientemente en escena para interrogar con la mirada a ese hombre que no alcanza a comprender y que desata su monstruo interno violándola durante el ataque de furia que acompaña sus imprecaciones finales “Ah! Dannazione!  Pria confessi il delitto e poscia muoia!  Confession! Confession!  La prova!” Así es este Otello que Bieito presenta como un introvertido acomplejado por la inseguridad de sus celos y que sólo puede comunicarse a través de reacciones de inesperado salvajismo. Marco Berti canta a lo grande, con passaggio firme coronado por squillos de clarín. Sobre el final, un Otello atrapado en las alturas de la grúa que avanza amenazadoramente hacia la platea, expira ahogado por la celosía que termina aniquilándolo desde adentro, sin necesidad de puñaladas. Y tampoco hay necesidad de ir a Chipre o pintarse la cara en esta régie antológica en su elucidación de almas, conflictos interiores y ocurrencias interpretativas.

Svetlana Aksenova y Cristina Damian
Svetlana Aksenova y Cristina Damian © 2017 by Hans Jörg Michel

¡Gesualdo!  

Al día siguiente de Otello,  Bieito siguió ocupando la cartelera con ¡Gesualdo! una visualización de responsorios y madrigales de Carlo Gesualdo que en pocos días más ofrecerá en el teatro Arriaga de Bilbao. El lugar elegido fue la pequeña arena de la  Ópera de Hamburgo conocida como “Opera Stabile”, simplemente un reducido espacio donde el público se ubica en dos gradas laterales. Se trata de una puesta “tradicional”, en el sentido de que sigue cánones experimentales que en ciudades como Hamburgo ya eran familiares en la década de 1970. Personalmente recuerdo haber visto desnudos teatrales en Hamburgo horas antes de toparme en la Universidad con manifestaciones celebrando la muerte de Franco. Por ello me ha divertido tanto la advertencia en el sitio web del Arriaga en el sentido de que “este concierto podría herir la sensibilidad del público por su contenido con personajes al desnudo.” Es como poner una advertencia similar para los que van a ver el David de Miguel Ángel en la Academia florentina. Por lo demás, solo hay UN personaje desnudo, una maravillosa estampa viva y primigenia de humanidad, que con su desnudez, inocencia y pasividad total ilumina las ternuras y agresividades de los ocho madrigalistas que giran a su alrededor. Imagínese el lector a un Cristo desnudo, sin el pañito clerical de rigor. Así es este desnudo mítico y aparentemente capaz de herir las sensibilidades de quienes prefieren no imaginarse que significa eso de Dios hecho hombre. Desde las oscuridades de la Lamentación jeremíaca al comienzo hasta la purificadora lluvia del miserere final, este espectáculo de una hora se desenvuelve como una parábola donde acción y pasión, sacro y profano son sintetizados en una coreografía tan parsimoniosa como intensa. ¡Guay del  madrigalista o espectador que se distraiga por un momento! Porque si ello ocurre le será muy difícil volver a entrar en este concentradísimo teorema emocional donde a cada frase corresponde un gesto y una actitud representativa del subliminal de cada personaje.  

Todos ellos se mueven dialogando entre ellos e interactuando con esta especie de redentor desnudo con la complejidad necesaria para dramatizar el intercambio polifónico. El resultado es una originalísima estética teatral al servicio de líneas memorables como  O dolorosa Gioia, Tu m´uccidi crudele u O tenebroso giorno. Y sí, tratándose de Bieito, no sorprenderá  a nadie el hecho de ser este un espectáculo de sangre, sudor y lágrimas, pero aquí ninguno de estos tres componentes me pareció excesivo en el sentido de ir mas allá nuestra realidad cotidiana de inocentes golpeados. De cualquier manera, los potenciales espectadores que teman ver sus sensibilidades heridas pueden quedarse en su casa. El resto podrá, creo, compartir la reflexión evangélica escrita por uno de los madrigalistas en la pared: “Yo era ciego  y ahora puedo ver.” Madrigalistas de excepcional calidad vocal y presencia escénica fueron musicalmente dirigidos por Johannes Gontarski que también ejecutó laúd y la tiorba. La instrumentación se completó con viola de gamba y  armonio.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.