Francia

Présences 2: No nos falló la memoria

José Luis Besada
jueves, 23 de febrero de 2017
París, lunes, 13 de febrero de 2017. Maison de la Radio. Kaija Saariaho: Terra Memoria. Figura. Misato Mochizuki: Brains. Luciano Berio: Lied. Ramon Lazkano: Etze. Kari Kriikku, clarinete. Tuija Hakkila, piano. Quatuor Diotima. Festival Présences 2017
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En pleno ecuador del festival Présences llegaba uno de los conciertos de cámara más esperados. Recientemente el Quatuor Diotima se ha embarcado con la música de Saariaho, y generaba verdadera curiosidad el observar cómo se acercaban a un repertorio que, a priori, parece tan lejano a los presupuestos estéticos del afamado cuarteto francés. Su interpretación de Terra Memoria, segundo cuarteto de cuerdas en el catálogo de la autora finlandesa, no defraudó. El equilibrio que consiguieron en los distintos pilares arquitectónicos de la obra, su esmero en obtener una textura titilante en los pasajes de armónicos y su precisión rítmica proporcionaron una versión excelente de la obra, con una respuesta del público muy cálida.

Esta atmósfera biensonante y algodonosa tuvo su reverso en la búsqueda de cierta crudeza y aparente alógica iconoclasta del estreno de Misato Mochizuki. De camino al concierto, hemos de reconocer que nos acercamos a esta obra con cierta suspicacia: la nota de programa que ha proporcionado la compositora japonesa es de una fatuidad sorprendente –incluso en un formato completamente estandarizado que, por lo general, rara vez destaca por su vuelo intelectual. Quizás esto condicione nuestra visión de Brains: si bien la obra no era escasa en ideas frescas, la manera en que estas se exponían no terminó de convencernos del todo. Ciertas formas de yuxtaposición de materiales en principio desconcertantes e incluso el sacar provecho de fórmulas rítmicas de las músicas populares urbanas no son una novedad en el catálogo de Mochizuki; con ellas ha logrado algunas páginas memorables su soberbia Chimera. Un empleo de materiales crudos y a veces muy connotados en una formación tan homogénea como el cuarteto de cuerdas no ha tenido en nuestra opinión un resultado tan redondo.

En lugar de con un descanso, el concierto daba un pequeño respiro con el breve Lied de Berio, que Krikku interpretó como una ductilidad dinámica asombrosa, logrando unos conmovedores pianissimo sin la más mínima mácula del sonido de aire. Tras él, llegó el que, en nuestra opinión, fue el mejor evento de la noche: el estreno del tercer cuarteto de cuerdas –en catálogo– del donostiarra Ramon Lazkano. El segundo, que igualmente fue estrenado por Diotima –en esa ocasión, en Bruselas– había recibido una reciente y certera lectura por los mismos músicos durante el último Festival de Otoño. La comparación iba a ser inevitable, y Lazkano ha salido de ella más que airoso. Etze explota algunos artificios técnicos y formales ya explorados en Lurralde –pensamos sobre todo en un uso insistente de delicados materiales sobreagudos que articulan importantes pasajes de la obra–, pero desde una nueva perspectiva. Este nuevo cuarteto presenta una mayor continuidad de las ideas, y una exposición menos fugaz de la verticalidad armónica, con algunos pasajes construidos mediante inteligentes relaciones homófonas. La renuncia, con respecto a Lurralde, de ciertos elementos próximos a una paleta lachenmanniana ha sido un astuto acierto del compositor vasco para evitar dislocaciones que en el anterior cuarteto eran estructurales. Podemos decir que con Etze ha depurado algunas ideas ya incubadas en la obra precedente, llevándolas a un extremo de lógica compositiva y expresividad mayores. Además, los últimos compases de la obra, sin ser un marcado contraste si producían un giro un tanto inesperado –como una aparente serendipia, pero esta vez meticulosamente planificada–, hecho que seguramente impulsó el fuerte aplauso –y algunos bravos– que dio la bienvenida al último estreno de la noche.

Remató el concierto la música de nuevo de la autora homenajeada por Présences, en esta ocasión su sexteto Figura, estrenado cuatro meses antes en la Bienal de Venecia. Reconoce Saariaho la relación filial de esta obra con su concierto para clarinete y orquesta D’om le vrai sens, que precisamente sonó en el mismo festival seis años antes, bajo la batuta de su compatriota Esa-Pekka Salonen, quien fue la figura invitada en 2011 de Radio France. La relación entre página concertante y música de cámara no es una novedad en la obra de Saariaho –así como en la de numerosos compositores–; en efecto, este volcado de materiales para alumbrar una nueva obra de menor formato ha proporcionado en su caso partituras tan exitosas como su trío Cendres, vástago del doble concierto para flauta y violonchelo À la fumée. Nuestra opinión respecto del reciente sexteto es menos entusiasta. Algunos de sus pasajes de Figura más que una reelaboración tienen el aroma de una reducción hecha con cierta premura, y por momentos el piano parece un mero relleno, reforzando algunos vacíos de una reorquestación que solamente con las cuerdas no habría tenido suficiente consistencia. Por otra parte, mientras que en D’om le vrai sens resultaba impactante al finalizar la obra el deambular de algunos músicos de la orquesta mientras tocaban –al tiempo que el solista abandona la escena–, la salida de los dos violines en Figura no aportaba prácticamente nada. Dicho esto, es de justicia reconocer que la interpretación fue impecable y que al público le encantó la obra, pues recibió el aplauso más prolongado, saliendo Saariaho a saludar junto con los intérpretes hasta en cuatro ocasiones.

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