España - Cataluña

The rest is digestion

Jorge Binaghi
miércoles, 1 de marzo de 2017
Barcelona, miércoles, 22 de febrero de 2017. Gran Teatre del Liceu. Quartett (Milán, 26 de abril de 2011,Teatro alla Scala), libreto y música de L. Francesconi sobre la obra teatral homónima de H. Müller. Puesta en escena: Àlex Ollé (La Fura dels Baus). Escenografía: Alfons Flores. Vestuario: Lluc Castells. Iluminación: Marco Filibeck. Vìdeo: Franc Aleu. Realización informática musical-IRCAM: Serge Lemouton. Ingeniero de sonido- IRCAM: Sébstien Naves. Producción informática musical IRCAM: Benoît Meudic. Grabación, edición y mezcla de la grabación del coro y orquesta del Teatro alla Scala: Julien Aléonard. Intérpretes: Robin Adams (Vizconde de Valmont) y Allison Cook (Marquesa de Merteuil). Orquesta del Teatro. Dirección: Peter Rundel.
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La frase está en el libreto de esta ópera y es claramente una alusión a The rest is silence, la famosa reflexión final de Hamlet antes de morir en la obra de Shakespeare. Sería un buen punto de partida, pero hay muchos. En el programa y en conferencias hay formas de presión sobre el juicio que debemos todos expresar sobre la nueva ópera, poco disimuladas. El título de la contribución de Ollé es: Si tienen ustedes conciencia, que esperemos que así sea, es posible que esta obra les hable y conmueva de manera irreversible’. ‘Quartett no los dejará indiferentes’. El propio compositor asevera que “no es una ópera para cobardes. No se arriesguen a venir al teatro si no están preparados parea cuestionar lo que hacen y lo que son. Esta es una ópera violenta y blasfema, compuesta por instintos sexuales primarios y con una ausencia total de compasión.” También se nos informa del éxito unánime de público y crítica.

Por mis contactos en Milán y Buenos Aires sé que en esos sitios no ha sido exactamente así. Bien: yo creo tener conciencia, pero no me he conmovido de manera irreversible aunque he escuchado con atención, pero el resultado me ha dejado más bien indiferente, con un punto de aburrimiento. Y soy de los que cuestionan lo que hago y lo que soy, pero también lo que hacen y lo que son los demás. La ópera –y el texto de Müller, creo- intenta ser cruel y blasfema y carente de compasión, como el original (Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos, 1782): él sí lo es, y las adaptaciones que de él se han hecho en cine, con mayor o menor fortuna (la que más, la versión de Frears), han intentado plasmarlo.

Aquí, los dos personajes centrales se intercambian los roles y asumen también el de las dos seducidas, la joven virgen Volanges y la virtuosa Madame de Tourvel. Asistimos a una serie constante de pensamientos ‘duros’ y frases ‘duras como puños’…que hoy no escandalizan ni hieren a nadie y pierden la eficacia del original (la seducción de Volanges dura más y es mucho menos eficaz que la gran escena de Malkovich, que es mucho más blasfema y causa mucho más malestar que el que constantemente se nos procura causar aquí. Entre erecciones, agujeros, falos, penetraciones no estamos ni siquiera a la altura del porno duro. Y la verdad que de hard hay poco: mucho hablar y punto. Y que los dos personajes se intercambien y sean cuatro les quita cualquier verosimilitud (por descontado que de eso se trata, pero semejante ‘deconstrucción’ y psicologismo interior con frases filosóficas mal se compaginan con el dramatismo que una obra debe tener).

 

La puesta en escena es cuidada, con despliegue técnico como no podía ser de otro modo, con luces bonitas, no siempre en función de música y texto, y una proyección de vídeo que es perfecta, pero poco aporta: cuando no ilustra (y si se dice ‘mob’ aparece un grupo de gente poco distinguida en el fondo) simboliza, sea en las oleadas de pasión, o en la destrucción del mundo asfixiante de los protagonistas y de nuestro orden y civilización, que se cae literalmente a pedazos al final. Por si no nos habíamos dado cuenta de que ese cuadrilátero casi pugilístico colgado en el medio del escenario evoca el aislamiento y desconexión con la realidad de los personajes , con el resultado de que se los distancia más. Al parecer se ha querido implicar al público: no vi a nadie especialmente conmovido, aunque hubo aplausos más que decorosos durante cinco o seis minutos al final de esta primera (el teatro distaba de estar lleno), y más que ‘extrañamiento’ o ‘distanciamiento’ el resultado de algo tan ‘bello’ y ‘audaz’ ha sido el de alejar aún más al escenario. Quizás con una dirección más brutal y menos preocupada por la tecnología se habría tenido un resultado más ‘abarcador’.

La parte musical fue buena, muy buena en lo que hace a orquesta y dirección, sobre todo si se tiene en cuenta que lo mejor son los ‘interludios’ o momentos de música instrumental. Porque en el canto seguimos en lo de siempre: el barítono se ve obligado a cantar en falsete, con o sin razón; la soprano alterna terribles notas agudas con saltos al grave de pecho, hablado o no, que pese a la brevedad y discontinuidad formal hacen pensar que Norma o Abigaille son personajes muy fáciles musicalmente. Por otra parte el texto es casi siempre incomprensible por cómo se lo emite o por la forma de partirlo: ‘a-fraid’, ‘sud-den’ ‘Val-mont’ (hay muchos más ejemplos porque se trata de un rasgo muy marcado, como las frases de tres o cuatro palabras cortas, cada una separada por un silencio). Como la producción, desde su estreno, se viene paseando en la misma puesta –salvo alguna excepción- y con los mismos dos artistas (muy meritorios y merecedores de los aplausos, aunque yo me he quedado realmente sin saber si tienen buenas voces y si cantan bien), todo está muy rodado y se comprende que, para cubrir la necesaria cuota de ópera contemporánea, sea algo ideal. También su relativa brevedad: escasa hora y media (un gran progreso frente la casi hora más que era Ballata del mismo autor, que reseñé aquí con ocasión de su estreno en La Monnaie – que yo sepa no se ha convertido en un título muy frecuentado desde entonces). Y ciertamente un enorme progreso frente a algunos títulos vernáculos que nos fueron infligidos en temporadas no tan lejanas.

Pero no respecto de la versión (casi de concierto) de la excelente Written on the skin de Benjamin que se nos ofreció el año pasado en una sola función. Y aquí es donde uno se pone pensativo: sin hablar de los títulos que quedan por estrenar en este Teatro de Britten, Henze, Janacek, Strauss, los autores de la ‘música degenerada’ y en particular Schreker, Zimmermann y Reinmann, ¿para cuándo un Adès, un Birtwistle, incluso un Battistelli, un Sciarrino y –perdón por lo que viene- un Tutino o las óperas estadounidenses (son legión, y no pienso sólo en Adams, Davis o en un ‘clásico’ como Carlisle Floyd, pero naturalmente también en ellos, y en un Bernstein). Algunos de estos, no todos y no siempre, hasta tienen la osadía o el pecado de escribir bien para las voces y encuentran –donde hay un poco de sentido y sensibilidad- cantantes de fuste que aceptan interpretarlos. A ver cuándo se repone esta obra, u otras, y con qué entrada de público. A ver cuánto público asiste a las próximas cuatro representaciones aunque a lo mejor se hablen loas de todo y todos y el único irredento sea el abajo (o arriba) firmante. Porque no me importó ver y oír Quartett , pero podría vivir sin haberla visto ni conocido y seguiría siendo igual de buena o mala persona. De lo que estoy seguro es de que tardaré en tropezarme de nuevo con ella en vivo o enlatada, y llegado el caso pensaré si le dedico 90 minutos de mi tiempo. De la próxima ópera de Francesconi, comisionada también por Lissner, que se estrenará pronto en la Opéra de París, Trompe-la-Mort, inspirada en un personaje de Balzac y en francés, tal vez nos hable próximamente alguien.

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