España - Castilla y León

Un tupido velo

Samuel González Casado
jueves, 2 de marzo de 2017
Valladolid, lunes, 6 de febrero de 2017. Teatro Calderón de la Barca. Verdi: Il Trovatore. Dirección escénica: Gustavo Tambascio. Stefano la Colla (Manrico), Carmen Solís (Leonora), Manuel Lanza (Conde de Luna), María Luisa Corbacho (Azucena), Roman Ialcic (Ferrando), Paula Mendoza (Inés), Lard Jorge (Ruiz). Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Coro amigos del Teatro Calderón. Director del coro: Sergio Domínguez. Dirección musical: Óliver Díaz. Ocupación: 98 %.
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La producción de Il Trovatore del Teatro Calderón de la Barca de Valladolid no permanecerá en la memoria colectiva como un punto álgido en la historia de este recinto, aunque tampoco puede afirmarse que haya carecido de puntos de interés. El concepto escénico de Gustavo Tambascio, que parte de la proyección cinematográfica de una historia paralela de los dos hermanos protagonistas en su niñez, sirve, más que nada, para surtir de empaque visual a todo lo que se contempla (su desarrollo realmente resulta limitado, pese a —o precisamente por— sus ínfulas sociológicas); y lo mismo ocurre con el consabido recurso de representar con dobles escenas relacionadas con los propios personajes, acompañando a los cantantes en la propia acción. En este caso, se trata de estilizaciones, a veces crudas, del trasfondo motivacional de los protagonistas. Los actores, es justo decirlo, actuaron con entrega, especialmente David Para. La iluminación, en tonos grises —nocturnos— y la distribución de elementos y el vestuario, sin descollar en ningún sentido, sí añadieron orden y serenidad, que ayudaron a disfrutar de ciertos aspectos de la representación.

Fueron una lástima la deficiente dirección escénica a los cantantes, que se dedicaron a mostrar una colección de movimientos y actitudes tópicas; y que la decisión de proyectar imágenes por delante de la escena, en un velo traslúcido, destrozara gran parte de los números iniciales. Este velo apagaba el canto, con lo que todo parecía lejano y pobre. Si el Teatro Calderón de la Barca, tras su reforma, hace sufrir con una acústica casi imposible al respetable, el aria de Ferrando (Di due figli...) no pudo causar sino estupor. ¿Cómo es posible que se pueda comprometer así la labor de los cantantes? Para el devenir de la representación fue realmente complicado recuperarse de esta primera impresión, tan desangelada: no había suficiente fuel en ninguna parte como para superar sin secuelas una salida tan floja.

Il Trovatore. Producción de Gustavo TambascioIl Trovatore. Producción de Gustavo Tambascio © 2017 by Teatro Calderón

Tanto los secundarios (sobre todo Paula Mendoza en el papel de Inés) como la orquesta (OSCyL) tuvieron una actuación muy correcta, y el director musical, Óliver Díaz, esbozó ideas interesantes que quizá terminen por cuajar, pero en general transmitió sensaciones demasiado letárgicas, poco entusiastas en una ópera que debe inyectar las emociones en vena. A veces se pasó con la percusión, cambió demasiado el tempo (lo que no otorgaba tranquilidad a la audición) y hubo algunas faltas de entendimiento en las escenas de conjunto, rápidamente solventadas, eso sí. A su favor debe mencionarse que facilitó mucho el trabajo de los cantantes, que parecieron sentirse cómodos. El coro estuvo en su línea insuficiente de siempre, quizá un poco mejor equilibrado que otras veces, pero normalmente no pasó de una presencia poco significativa, blanquecina y técnicamente discutible.

En general, los cantantes tampoco contribuyeron a impulsar el resultado general de la representación, aunque es cierto que hubo momentos de calidad. Carmen Solís resuelve con prestancia los dos mecanismos distintos de los que parte el canto en ópera: el lírico y el de coloratura; aunque no con los mismos resultados artísticos, pues la presencia de zonas bajas de resonancia provoca cierto anclaje que en ocasiones tiende a causar algunas dificultades en el paso y una clara descompensación en el grave, que no funde bien con la zona impostada —tuvimos un claro ejemplo en el Miserere.

Il Trovatore. Producción de Gustavo TambascioIl Trovatore. Producción de Gustavo Tambascio © 2017 by Teatro Calderón

Por lo anterior, la coloratura y las partes dramáticas (ante todo en los ascensos sobre intervalos pronunciados) a veces carecen de precisión y de equilibrio. Sin embargo, en todo lo que tiene que ver con el otro mecanismo, el lírico, Carmen Solís es capaz de ir más allá, e incluso mucho más allá, como ocurrió con la mayoría de sus intervenciones de ambiente más íntimo, muy cuidadas; por ejemplo, en un D´amor sull'ali rosee que fue lo mejor de toda la noche y que el público aplaudió entusiasmado, gracias a los buenos pianos logrados en parte a una loable planificación y en parte a una sensibilidad artística muy trabajada (apreciable labor también de orquesta y director).

Respecto al resto de cantantes, hubo alternancia de momentos de calidad y otros perfectamente olvidables. Entre estos últimos, desde luego podemos relegar todo lo que tiene que ver con la ¿eventual? incapacidad técnica de barítono Manuel Lanza, cuya aria Il balen del suo sorriso me produjo verdadera angustia. Su falta de flexibilidad en la posición hizo que, según se acercaba a las zonas lógicas de paso, todo se fuera comprimiendo, lo que no le permitió transitar libremente y causó gran cantidad de problemas, sobre todo de proyección y afinación. Y es una pena, porque en algunos aspectos dramáticos se mostró voluntarioso. Cabe agradecerle que casi nunca cargara las tintas para poder destacar por otros medios que no fueran los vocales. Además, logró sacar adelante algunas partes gracias al puro esfuerzo, y un compromiso así siempre debe agradecerse.

Stefano La Colla y Carmen SolísCarmen Solís  y Manuel Lanza © 2017 by Teatro Calderón

No es mala noticia que el ensanchado sonido de la mezzo María Luisa Corbacho, muy en la línea dramática verdiana tradicional, no le impida hacer filados y expresarse de forma lírica. También es cierto que está pagando claramente esa utilización del centro a la hora de realizar ciertos tipos de agudos y en que a veces abandona posiciones ortodoxas para intentar dar variedad a su discurso, con lo que el efecto no resulta demasiado homogéneo. La típica utilización del pecho en su caso resulta peligrosa, y debería utilizarse con mayor prudencia, no solo por salud vocal, sino por equilibrio en la tesitura. Pese a ello, la voz es grande —no solo lo parece— y le permite, de momento, esa utilización de "rol" dirigido hacia un tipo de papeles especializados que pueden tener buena demanda y posibilidades de crear una carrera plausible. Su ductilidad (por ejemplo, en el dúo con Manrico Ai nostri monti ritornaremo) facilita que cierta imaginación artística, sobre todo para el contraste, fluya.

Para terminar, puede decirse que Stefano La Colla remite desde su italianísima técnica a buen número de gloriosos antecedentes, que antes o después fueron visitando la representación, como espectros, para ayudar a cantar a su heredero. Su comienzo fue más que accidentado, pero estaba claro que podía hacer cosas estupendas. Es una lástima que se quedara a medio camino por ejercer de funámbulo en una ópera que requiere, como ya se ha dicho, una expresión muy directa. Y es que La Colla tuvo que medir tanto sus intervenciones para poder alcanzar cierta perfección técnica que en muchos momentos se olvidó de cantar.

Il Trovatore. Producción de Gustavo TambascioIl Trovatore. Producción de Gustavo Tambascio © 2017 by Teatro Calderón

Aparte de lo anterior, alguna pequeña (y típica) zona opaca hizo que el sonido se le cayera de forma inesperada, aunque afortunadamente esto no provocó que redujera sus intenciones a la búsqueda de impedancia, como a veces ha ocurrido en algunos renombrados colegas. Cuando enlazó varias frases con confianza regaló esa plenitud de la tranquilidad con la que el cerebro identifica que todo está funcionando, y aunque ocurrió solo en algunas ocasiones realmente mereció la pena. Esa tontería de cabaletta llamada In quella pira fue estupendamente interpretada por este cantante. En la casilla del debe, cabe apuntar que es una pena que su fraseo lírico sea incapaz de hacer un piano de forma canónica, sin variar la posición. Sus recursos sustitutivos desde luego no trabajan en favor de la calidad del discurso musical, aunque como tampoco abusó de ellos al final se quedaron en mera anécdota.

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