España - Madrid

In memoriam Zoltán Kocsis

Nuria Delgada
miércoles, 8 de marzo de 2017
Madrid, miércoles, 22 de febrero de 2017. Auditorio Nacional de Música. Mireia Ferrer, trompeta. Dezsö Ranki, piano. Jànos Kovàcs , director. Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría. Franz Joseph Haydn, Concierto para trompeta, en mi bemol mayor, HOB. VIIE/1. Wolfgang Amadè Mozart, Concierto para piano núm.9, en mi bemol mayor, k. 271 'Jeunehomme' y Sinfonía núm. 41, en do mayor, k. 551, 'Júpiter'. Ciclo de conciertos de La Filarmónica.
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La Filarmónica, sociedad de conciertos madrileña, ha organizado un concierto en homenaje al recientemente fallecido Zoltán Kocsis, director de la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría en los últimios 20 años. El programa fue dirigido por Jànos Kovàcs, titular de la öpera Estatal de Hiungría y especialista en el repertorio del clasicismo vienés, designado por el propio Kocsis para sustituirlo en la presente gira de la OFNH. 

La entrada en el escenario de Mireia Ferrés dio comienzo a un concierto que se proveía intenso y evocador (en lo que se refiere a la programación y a la época en que fueron compuestas las obras). Pude recrearme (antes de dar una sola nota) en la naturalidad de esta gran intérprete nada más salir al escenario e intuir de manera consciente como se iba a desarrollar esta parte del concierto. Empezó tocando el Concierto para trompeta (1796), última obra concertante de Joseph Haydn. Desde las primeras notas hasta el final de esta primera obra del concierto muestra un sonido agradecido, natural, y con una gran maestría del instrumento sobre lo que iba tocando. Un sonido dulce y natural que se entremezcla con la orquesta entrando y saliendo de ella con perfecta armonía.

La segunda obra del concierto fue el Concierto para piano núm.9, “Jeunehomme” (1777) de Mozart a cargo del prestigioso pianista Dezsö Ranki. La gran interpretación que aportó fue sin duda uno de los momentos más brillantes del concierto. Tremendamente expresivo pero elegante, con la pasión justa y una gran sensibilidad en los dedos, este pianista supo plagar de matices mostrando una variedad infinita de colores a una música que quería resucitar del pasado. Limpio y sin cargas, liviano y con una profunda madurez de lo que interpretaba terminó con la primera parte del concierto.

La segunda parte del concierto la orquesta nos deleitó con una maravillosa interpretación de la Sinfonía Júpiter (1788) donde pude centrar toda mi atención a esta centenaria formación y a la maestría de un director (que como pocos) supo extraer con jugosa destreza las posibilidades artísticas de todos y cada uno de los integrantes de la orquesta superando todas las expectativas que su antiguo director comunicó en un anunciado  antes de morir: “Mi médico no me permite participar en la próxima gira, tal y como era mi ilusión y deseo. Creo que tanto el maestro Kovács como el gran pianista Deszö Ránki garantizan, o incluso mejoran, mi aportación a la gira”. La riqueza en matices convertía la sinfonía en una gran pirotecnia de fuegos artificiales. Control en los pianos del viento metal (en este caso trompas y trompetas en re) lograban una armonía asombrosamente perfecta y muy adecuada (sobre todo) para la música de esa época. 

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