España - Cataluña

Tiende los brazos al amor

Jorge Binaghi
miércoles, 15 de marzo de 2017
Barcelona, miércoles, 1 de marzo de 2017. Gran Teatre del Liceu. Thaïs (París, Opéra, 16 de marzo de1894); libreto de Louis Gallet sobre la novela de Anatole France,música de J.Massenet. Nino Machaidze (Thaïs), Plácido Domingo (Athanaël), Celso Albelo (Nicias), Damián del Castillo (Palémon), Mercedes Arcuri (La Charmeuse), Sara Blanch (Crobyle), Marifé Nogales (Myrtale), María José Suárez (Albine) y Marc Pujol (Le serviteur de Nicias). Coro (preparado por Conxita García) y orquesta del Teatro (violín solista: Kai Gleusteen) Director: Patrick Fournillier. Versión de concierto
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Esta frase le cantan todos al final del segundo acto al anacoreta Athanael, que se ha obsesionado con convertir a Thais a otro amor, opuesto a éste, el divino. Uno de los momentos musicales más bellos de la ópera, y una muestra más de cómo Massenet, siempre con un polo ‘católico’ o ‘religioso’, presente sin duda en mucha de su música, sabía sobre todo cantar el ‘otro’ amor. Como es cierto que al final el anacoreta se da cuenta, tarde, de haberse equivocado cuando en realidad ama a la cortesana con un amor nada ‘santo’. Y tal vez en ellos radique la ironía tan típica de Anatole France y que ni música ni libreto dejan apreciar. Como en esa estatua de Eros que la pecadora arrepentida insiste en llevarse, pero en un ataque de claros celos el monje le obliga a arrojarla cuando se entera de que es un regalo de su último amante, Nicias (a su vez amigo en la vida secular del propio Atanael, al que le salva la vida y recibe en su casa a pesar de las barbaridades que el converso le dice). En cualquier caso a mí me queda la duda de quién vence al final y quién es el vencido.

En fin, que ésta es una ópera mucho menos ‘simple’ y para nada desdeñable, como muchos piensan y algunos dicen y, desde luego, muchísimo más importante para el género lírico que cualquier Quartett que aún sigue dando vueltas por estos lares.

La pena es que su reposición, aquí al menos, se deba siempre a los deseos del divo o diva de turno, y por lo tanto en dos funciones en forma de concierto, cuando, como bien demuestra la cronología, fue una obra amada hasta la segunda contienda del siglo pasado. La última vez tuvimos la única interpretación operística completa de Renée Fleming en España con un buen reparto (menos el protagonista, que debía ser Thomas Hampson, pero enfermó) y una excelentísima dirección de Andrew Davis.

Ahora, ese único lunar quedó borrado con la actuación de Domingo, aunque no se trate de uno de los papeles en que más pueda destacar, incluso ahora en su fase baritonal. El caso es que sigue siendo un tenor y uno sigue escuchando frases y una emisión que son típicas de un ‘Sansón’, aunque ahora los agudos sean menos expuestos –mucho menos según en qué momentos- y el ‘squillo’ sólo reaparezca intermitentemente. Un gran cantante lo es siempre, pero tal vez convendría que este mito del canto dosificara más sus apariciones y papeles. La voz está todavía firme si las frases no son largas, el color es bueno, pero el centro se opaca en más de una ocasión, la media voz es un ‘parlato’ y algún momento lo pone en apuros (el ‘Sainte Thais’ puede valer de ejemplo). Interpreta, como siempre, con gran pasión y apoderándose del texto (es el que mejor francés tiene de todo el elenco). Su invectiva contra Alejandría pasó sin demasiado aplauso porque, como a los atletas veteranos, calentar los músculos lleva más tiempo. De todos modos al final tuvo una gran recepción, con flores incluidas (extensivas, de modo selectivo, a otros miembros del elenco –pero no todos. Alguien me había dicho hace tiempo que estaba prohibido arrojar flores en el Liceu, pero la ordenanza habrá cambiado, caído en desuso, o simplemente se ha hecho excepción por esta vez). Tan extraño como que en una versión de concierto la orquesta estuviera en el foso o el reparto al completo saludara antes de comenzar.

La protagonista tiene un hueso duro de roer, y Machaidze lo hizo bien, o muy bien, sin llegar nunca a lo excelente y mucho menos a borrar el recuerdo de Fleming hace diez años: la voz se ha hecho más grande y oscura, y eso no beneficia a la parte, los agudos siguen estando aunque alguna vez haya elegido la prudencia de una nota alternativa; la verdad es que suenan más de una vez metálicos y no exactamente con vibrato sino con un ‘ruido’ de acompañamiento poco bello; los graves son poderosos, pero entubados, y la dicción en esa zona se vuelve incomprensible. Bien las notas filadas. Como intérprete fue un poco elemental, y en el primer y segundo acto parecía creer que mover los brazos en estilo odalisca de los filmes norteamericanos de los años cuarenta o aficionada de flamenco permitía que nos creyéramos el poder de seducción de Thais (lo peor fue que en la segunda parte, ya de pecadora arrepentida, los gestos eran menos marcados pero los mismos junto con unas miradas de cine mudo. Cambiar de vestido tampoco es suficiente; en particular cuando el segundo es más sexy que el primero).

Muy bien Albelo tras su última y no muy feliz actuación aquí y en Madrid. Sólo que la orquesta de Massenet penaliza a una voz de sus dimensiones en las escenas de conjunto.

De los demás hay que destacar a las dos esclavas de Nicias, Blanch y Nogales, y muy especialmente a Arcuri en su breve y difícil parte de ‘Charmeuse’. Del Castillo es una buena voz firme y joven, pero de momento sólo canta –bien- las notas; tal vez en el grave se lo oiga poco y con menos color, pero eso es común a muchos bajos o bajobarítonos actuales y en este rol es menos importante. Discreto Pujol y con poca voz, y no muy de mezzo, la Albina de Suárez (con un peinado tal vez demasiado moderno para la superiora de un convento en el desierto; a uno le costaba mucho unir lo que decía con la imagen).

Muy bien el coro (tal vez los hombres estuvieron algo excedidos de volumen en algún momento) y bien la orquesta, aunque tocó más con vigor que con refinamiento –aparte de algún incidente de recorrido, incluso en un ataque durante la famosa ‘Meditación’-, pero supongo que eso se debió a la enérgica pero no tan sutil dirección de Fournillier (que concluyó el segundo acto muy ruidosamente y no supo destacar las grandes sutilezas de algunos momentos, como la introducción a la segunda escena del primer acto, justo antes del aria de Athanael) : sin duda es un director que conoce el oficio y el repertorio francés, pero aquí también nos quedamos lejos de la dirección de Davis (y no estoy haciendo comparaciones con una época lejana; aunque puede ser que diez años equivalgan hoy a un siglo). Una buena función no es lo mismo que una gran función, digo yo, aunque aquí y ahora se quiera crear el evento a toda costa con una frecuencia entre semanal y quincenal.

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