España - Andalucía

A fuego lento

Pedro Coco
viernes, 31 de marzo de 2017
Sevilla, sábado, 25 de febrero de 2017. Teatro de la Maestranza. María José Montiel (mezzosoprano), Rubén Fernández Aguirre (piano). Obras de Granados, Halffter, Turina, Ovalle, Villa-Lobos, Hahn, Debussy, Thomas y Saint-Saëns.
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Este año, el ciclo de recitales líricos del Teatro de la Maestranza se dedicaba en exclusiva a la voz femenina, constituyendo los tres programas propuestos un verdadero catálogo de lo que este instrumento es capaz de conseguir, desde la coloratura de Handel al dramatismo de Giordano, pasando por el abandono de Dvorák o el folclore más refinado.

María José Montiel, con la que llegaba el repertorio más variado, nos ha visitado en varias ocasiones, aunque era esta la primera que ofrecía un recital solista en la sala grande del teatro; el anterior, dedicado a Joaquín Rodrigo en el centenario de su nacimiento, había sido en la Sala Manuel García hace ya más de quince años. Y sus medios, ahora más maduros y con un terciopelo muy adecuado para las piezas que inteligentemente escogió, siguen estando a la altura de las expectativas. Su carrera se desarrolla siguiendo el ritmo que marca la voz, muy inteligentemente.

Comenzando con unas canciones de Granados en las que el fraseo y la intención castiza quedaban patentes en cada estrofa, conmovió con la segunda de las Majas dolorosas; son no pocos años frecuentando el repertorio español. Echamos de menos, eso sí, un juego de tiempos más variado en alguna de las piezas, como por ejemplo en la última de la trilogía. El abandono del Fado de Halffter o la contención en la Saeta de Turina fueron igualmente reconocidos y aplaudidos al final de la primera parte.

Su disco de canciones en portugués le valió una nominación a los premios Grammy, y descubrimos, tres lustros más tarde, que sigue manteniendo la implicación con el repertorio, que abrió la segunda parte incluyendo –esta vez dentro del programa y ahora sí para todo el público– el Azulao de Ovalle, con ese rubato tan seductor.

Y para finalizar, la mélodie y la ópera francesa, un terreno que en esta etapa de su carrera parece muy adecuado a sus mimbres. Reynaldo Hahn fue expuesto con honestidad, un legato muy cuidado y una esmerada dicción; faltó algo de fantasía en la conocida Beau Soir de Debussy, que podría haber sustituido por una tercera composición del venezolano. Con Mignon –tenemos a Ismael Jordi y a María José Moreno que podrían acompañarla en una producción, dejamos la idea en el aire–se llegó a uno de los momentos más íntimos de la velada, cerrada oficialmente con una exuberante aunque algo afectada Dalila. El registro agudo suficiente y una proyección que le permitía llenar la sala con facilidad se repitieron en la Carmen de Bizet o la romanza de la Antonelli, propinas que se sumaron a las dos melodías populares de Gardel y María Grever.

Con Rubén Fernández Aguirre, el cantante puede estar tranquilo y siempre seguro de ir arropado. El pianista conoce bien la voz de cada uno de los solistas a los que acompaña, y respira con ellos. Además, aprovecha con inteligencia los momentos de lucimiento para destacar y regalar versiones muy personales y matizadas.

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