Italia

Una urraca que nos robó el corazón

Jorge Binaghi
viernes, 5 de mayo de 2017
Milán, sábado, 29 de abril de 2017. Teatro alla Scala. La gazza ladra, Milán, Teatro alla Scala, 31 de mayo de 1817. Libreto de Giovanni Gherardini y música de G. Rossini. Dirección escénica: Gabriele Salvatores. Escenografía y vestuario: Gian Maurizio Ferciono. Luces: Marco Filibeck. Compagnia marionettistica Carlo Colla & Figli. Intérpretes: Rosa Feola (Ninetta), Edgardo Rocha (Giannetto), Michele Pertusi (Podestà), Alex Esposito (Fernando), Serena Malfi (Pippo), Paolo Bordogna (Fabrizio), Teresa Iervolino (Lucia), Francesca Alberti (La gazza), y otros. Orquesta y coro (maestro de coro: Bruno Casoni ) del Teatro. Fortepiano: James Vaughan. Director: Riccardo Chailly.
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Del 6 de mayo de 1841 al 12 de abril de 2017 han pasado casi 176 años. A doscientos del estreno aquí mismo de esta obra, con éxito fenomenal, repetido en las frecuentes reposiciones hasta la fecha mencionada, la urraca ha vuelto a cometer sus fechorías y a volar. Y por más que algunos conjurados intentaron derrumbarla en la primera función (por esas mezquindades que lamentablemente siguen formando parte de la vida operística en particular) ha mantenido bien su velocidad de crucero y en la sexta función (ésta) no sólo había mucho público y atento (un sólo celular y un par de turistas que se marchan educadamente tras la primera parte son algo insignificante), sino que –aun sin delirios por algún divo más o menos apropiado, que por suerte no hubo- aplaudió números y sobre todo al final de la función. Sería de desear que la próxima reposición llegue en este mismo siglo al menos. Ciertamente el género semiserio no goza del beneplácito de muchos (público y crítica), pero esta obra, un tanto larga, tiene música más que notable en su casi totalidad, con algún momento convencional y, como siempre, algunos préstamos de esos que el compositor se hacía a sí mismo. Tampoco es que se le puedan pedir siempre a Rossini ‘personajes individuales’ propios de Verdi, porque entonces no tocaba: lo que hay aquí es una tipología, un catálogo de figuras que ocasionalmente su genio comienza a convertir en personajes (el caso más evidente es el de Fernando Villabella, el padre de Ninetta).

La gazza ladra. Producción de Gabriele SalvatoresLa gazza ladra. Producción de Gabriele Salvatores © 2017 by Teatro alla Scala

El espectáculo firmado por Salvatores es bello, funcional, probablemente no un dechado de originalidad (que a veces degenera en arbitrario), se sigue bien y con placer, incluso cuando hace interactuar a los artistas con marionetas cuya necesidad mucho no se ve (pero lo que hacen lo hacen estupendamente) aunque de ningún modo molesten. Y la acción no decae, que en este caso y con esta duración es algo que tener muy en cuenta.

Chailly podrá ser menos interesante en Rossini que en Verdi, Puccini, Mahler o Beethoven, pero aún recuerdo un excelente Barbero aquí mismo, y esta obra es mucho más difícil. Tal vez podría haber tenido más en cuenta las dimensiones de las voces de algunos de sus cantantes, pero la orquesta sonó siempre en un nivel altísimo e idiomática (y llegados a la suerte de marcha fúnebre hacia el final de la ópera el silencio era sobrecogedor). Sensacional, como siempre, el coro del Teatro, que hace tiempo es el coro de Casoni. Formidable en sus acrobacias la inquietante urraca de Alberti, merecidamente aplaudida junto a quien movía –y sostenía. la soga desde la que se lanzaba.

Michele Pertusi y Francesca AlbertiMichele Pertusi y Francesca Alberti © 2017 by Teatro alla Scala

El reparto, con buen criterio, hacía repetir a tres cantantes los papeles que ya habían cubierto hace años en la gran reposición de Pésaro. Es una lástima que Bordogna no tenga en Fabrizio mucho que hacer, pero lo hizo incluso mejor que entonces. Era un riesgo, a distancia considerable, para Pertusi repetir su repelente Podestà, pero lo superó con clase, aristocracia, nivel vocal y musical y su fraseo, ayudado por el aspecto ‘Nosferatu’ que Salvatores, hombre del cine al fin y al cabo, le confirió desde su presentación. Para Esposito lo era un poco menos, pero también su Fernando resistió victorioso –y superó también- la comparación consigo mismo; el joven bajo es cada vez más un intérprete magnético y vocalmente está en un gran momento. Las arias de ambos fueron los momentos solistas más notables de la velada.

 Edgardo Rocha,  Michele Pertusi y Rosa FeolaAlex Esposito, Michele Pertusi y Rosa Feola © 2017 by Teatro alla Scala

Pero sería injusto decir que los demás no estuvieron a la misma altura. Con medios menos considerables, pero alta escuela, empeño, y buena dicción hay que destacar primero a la protagonista de Feola (es una parte algo ingrata porque tras una buena cavatina inicial tiene que cantar y actuar mucho y cuando se lo hace bien, como es el caso, la tendencia es a no tomarlo mucho en consideración). Rocha es un tenor ligero de timbre agradable, volumen más bien pequeño, y en algunos momentos tiende a forzar el agudo (tendría que recordar que en los grandes teatros con buena acústica no importa el volumen sobre todo, sino la emisión y la proyección). También es buen actor. Malfi ha sido siempre una mezzo algo corta y clara con una voz de dimensiones modestas, pero para Pippo alcanzan perfectamente, salvo en su brindis del primer acto. En el otro extremo se sitúa la interesantísima voz de mezzo de Iervolino, que saca partido a su aria del segundo acto, y caracteriza bien a la propietaria engreída y autoritaria que es también una madre dominante. El resto de los papeles secundarios estuvo bien servido, particularmente por dos jóvenes tenores que merecen atención: en el primer acto el usurero Isacco de Matteo Macchioni, y en el segundo el carcelero Antonio de Matteo Mezzaro. Funciones como ésta querría yo siempre en cualquier teatro del mundo.

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