Portugal

De claveles, música y revoluciones XII

Paco Yáñez
lunes, 8 de mayo de 2017
Harrison Birtwistle © MITO SettembreMusica / Wikipedia Harrison Birtwistle © MITO SettembreMusica / Wikipedia
Oporto, domingo, 30 de abril de 2017. Casa da Música. Coro Casa da Música. Coro Comunitário. Remix Ensemble Casa da Música. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Baldur Brönnimann y Peter Rundel, directores. Harrison Birtwistle: ...agm... John Adams: Short Ride in a Fast Machine. Peter Maxwell Davies: Worldes Blis. Edward Elgar: Pomp and Circumstance Marches opus 39. Ocupación: 85%.
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Una de las figuras más inquebrantablemente europeístas en el ámbito cultural de la primera mitad del siglo XX fue el escritor austriaco Stefan Zweig, al que tantas lúcidas reflexiones y buenos deseos debemos al respecto de un continente en el que vislumbraba un futuro sin fronteras: territorio en el que los pasaportes dejarían de ser un impedimento para el libre discurrir de personas e ideas: todo un pensamiento revolucionario de quien contemplaba esa Europa a la que tanto amaba desangrarse en plena Segunda Guerra Mundial. He visto estos días en la gran pantalla Stefan Zweig: Farewell to Europe (2016), (discreta) película de Maria Schrader que me ha vuelto a perturbar, pues, tras haber dejado atrás una posguerra que fraguó lo que tan atinadamente vaticinó Zweig en su exilio brasileño (toda una premonición de la Unión Europea), en la segunda década del siglo XXI, nosotros, habitantes que somos del futuro de ese futuro, tropezamos con la sañuda realidad y volvemos a contemplar, con temor, la elevación de nuevos muros donde hasta ayer se abrían puertas (y túneles) entre Gran Bretaña y el continente (al menos, para sus ciudadanos de pleno derecho, pues sobre barreras -exteriores e internas- en el marco de una Europa enfrentada al drama de la inmigración habría mucho que hablar, en una UE tantas veces erigida a modo de torre de marfil indiferente a las tragedias que la rodean: tablero geoestratégico en el que los intereses de los lobbies empresariales europeos son arte y parte)...

...como ya hemos señalado en reseñas previas dedicadas al Año Británico en Casa da Música, lo que en Oporto ha tendido António Jorge Pacheco -desde la dirección artística del auditorio portuense- es todo un puente de entendimiento, ideado en tiempos en los que aún creíamos que el Brexit sería una bravuconada de las huestes inglesas más reaccionarias, y no la lamentable realidad rubricada en las urnas hace casi un año. Por tanto, para el recuerdo quedará este 2017 como uno de los últimos grandes eventos musicales en comunidad entre Gran Bretaña y otro de los países miembros de la UE, Portugal: Estado que, pese a una condición geográficamente aún más periférica que el Reino Unido, mantiene incólume su vocación europeísta, reafirmada en Casa da Música año tras año por medio de los respectivos países-tema que ponen en diálogo las culturas de un continente que nunca más quisiéramos ver salpicado por fronteras, sino convertido en ese archipiélago soñado por Zweig en el que sus islas se reconocen a través de un espejeo que destaca tanto lo que nos diferencia como lo que nos aproxima.

En este segundo concierto del festival Música e Revolução al que hemos asistido en 2017 se ponían en contacto, ya en su primera partitura, dos archipiélagos que no tendrían por qué estar aislados (y nunca más pertinente, aquí, la etimología de la palabra), ni en tiempos, ni en lenguas, ni en espacios: las Islas de Lesbos y las Islas Británicas. De las primeras, es originaria Safo de Mitilene, poetisa tomada por el compositor en residencia en el Año Británico en Casa da Música, Harrison Birtwistle (Accrington, 1934), para tramar la base textual de ...agm... (1979), la tercera de sus partituras basada en poemas de Safo, junto con Entr'actes and Sappho Fragments (1964) y Cantata (1969); obras que, si damos un repaso al catálogo del compositor, veremos rodeadas de otras muchas referencias al mundo de la antigua Grecia, cuya mitología puebla los títulos de sus partituras, uniendo extremos del continente y demostrando que la sensibilidad es un vector transversal que supera las distancias.

Tras la rutilante interpretación en Casa da Música, un día antes, de una obra tan potente en la producción de Harrison Birtwistle como Panic (1995), esperábamos de ...agm... un universo más concentrado, menos expansivo; quizás, debido a la vía por la que tantos hemos descubierto esta obra: su grabación en 1982 por Pierre Boulez para el sello Erato (ECD 88263). La lectura comandada esta noche en Oporto por un espléndido Peter Rundel (qué lección es ver dirigir al maestro de Friedrichshafen cada vez que se pone al frente del Remix Ensemble) ha sido más incisiva y contrastada, acusando lo fragmentario de una obra que es trasunto musical de esa parcialidad en la que nos han llegado los poemas de Safo: fragmentos que son aquí de música y palabras, ya desde la propia conformación en el escenario de la Sala Suggia de un Remix que se dispone en tres grupos, con el Coro Casa da Música en semicírculo en torno a Rundel, circundado, a su vez, por un grupo de instrumentos de tesitura aguda, a la izquierda; otro de registro grave, a la derecha; y varios sets de percusión al fondo, sobre la tarima. La audición en directo de ...agm... posibilita, por tanto, una vivencia del espacio mucho mayor, así como la percepción más definida de los elementos más mecánicos y polirrítmicos (tan típicos en Birtwistle, aquí muy asentados en el grupo de instrumentos agudos y en la percusión) frente a los compases más texturales, densificados a través de un espacio poblado de resonancias graves. Soberbios, Peter Rundel y el Remix Ensemble en esa definición de universos contrastantes, de diversos modos de tramar y formalizar la música, fundidos en un continuo de implacable lógica que nos ha hecho comprender la obra de un modo nuevo y abrazarla con mayor énfasis, por su apertura de miras y referencias.

Y es que la interpretación en Oporto de ...agm... me ha recordado la visita, esa misma mañana del 30 de abril, a la Fundação Serralves, donde pude ver la soberbia exposición dedicada a Joan Miró, en la que piezas casi coetáneas a la de Birtwistle, como Sobreteixim 10 (1973), proceden igualmente, en su fusión de un textil de reminiscencias tradicionales, fieltros desgarradamente fragmentados y tintas acrílicas que expresan lenguajes más actuales, a esa unión de lo arcaico y lo moderno a través de la cual el artista catalán solidificó en su obra un Mediterráneo palpitante e intemporal. Si sensual y mistérica es la obra textil de Miró, tendida a tantos tiempos y espacios, no menos lo ha sido la lectura de ...agm..., con un juego vocal realmente logrado en un Coro Casa da Música cuya progresión en piezas de esta complejidad es manifiesta. Su refinamiento a la hora de abordar súbitos portamenti, extremas tesituras (qué gran trabajo, el de la primera soprano, así como el de los bajos), o contrastes de color realmente acusados entre las cuerdas del coro, es muy notable, en una página tan compleja al conjugar en su texto palabras traducidas al inglés con otras en el dialecto original de Safo. Ello, unido a la dispersión de los motivos entre las voces y el ensemble, crea un entramado difícilmente asible; tal y como señala Daniel Moreira: ejemplo del poder dilacerante del tiempo y de la fragilidad de la memoria (algo sobre lo que volveremos, en palabras de Bertolt Brecht, al final de esta reseña). En sus compases más extáticos, el sonido móvil de coro e instrumentos, tan intrincadamente ligado (dentro de su profusa heterogeneidad), parece anticipar una obra (tan importante en la carrera de Peter Rundel) como el Prometeo (1981-85) de Luigi Nono: otra partitura esencial en el siglo XX a la hora de unir la Grecia antigua y la música contemporánea. Algo hay, de ese pensamiento en tenuto, transversal al tiempo, en muchas de sus partes; también, en el dispositivo coral (como en Nono, tan extremo en afinación, lo que obliga a los cantantes a tirar de diapasón para ajustarse a las tesituras precisas). Inmersos en tal flujo de referencias entrecruzadas, disfrutamos, así pues, de una versión muy profunda, bella y trabajada, que ha avanzado otro escalón en la progresiva madurez y sabiduría de las agrupaciones residentes en Casa da Música; de entre las cuales, sigo pensando que el Remix está aún varios peldaños por encima...

...aunque en la segunda parte del concierto volvimos a escuchar a una Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música realmente convincente, ya desde la fulgurante Short Ride in a Fast Machine (1986), del compositor norteamericano John Adams (Worcester, 1947). Puede hacerse extraña la presencia de una página orquestal que tan ajena parece a revoluciones o escándalos como ésta; pero, tal y como nos señalan António Jorge Pacheco y Nicholas Kenyon -director de los Proms entre 1996 y 2007-, Short Ride in a Fast Machine tuvo que ser retirada hasta en dos ocasiones del festival londinense por lo que podríamos decir 'censura' de lo políticamente correcto, debido a las lecturas derivadas de su título: en la primera ocasión en que se programó (1997), por la muerte en París de Diana de Gales a bordo de un veloz automóvil; la segunda, tras los atentados en Nueva York del 11-S... Mejor suerte hemos tenido hoy, pues no ha antecedido Música e Revolução ninguna desdicha que nos privara de escuchar la trepidante lectura dirigida por Baldur Brönnimann al frente de una OSPCM muy entonada, capaz de dar cuenta de esa suerte de postminimalismo que Adams despliega, de línea ondulante y sinuosa, creando planos bien traídos que amplían las posibilidades de la obra. Energía, carácter hipnótico y un generoso uso de las fanfarrias en los metales, junto con sus pegadizos temas en la percusión, han vuelto a poner en danza la Sala Suggia con una partitura, como siempre, de rápida digestión: epítome de unos tiempos febriles.

Antitética, con respecto a ese mundo de prisas, lo sería Worldes Blis (1966-69), nueva presencia en Música e Revolução de un Peter Maxwell Davies (Salford, 1934 - Sanday, 2016) del que en la jornada anterior escuchamos la camerística Antechrist (1967). Como en dicha partitura, de nuevo se filtra en Worldes Blis la música antigua: una melodía inglesa de autor desconocido que nos llega desde el siglo XIII, poniendo en marcha el material orquestal creado por Maxwell Davies desde su impulso germinal. Tal y como señala el propio compositor, las presencias soterradas de la melodía encuentran su afianzamiento en el gran clímax final, lo que nos hace escuchar la obra en su conjunto como un largo proceso de búsqueda de ese material preexistente por medio de los signos y señales que del tema medieval se han ido diseminando en sus diversas secciones, tocadas de forma ininterrumpida.

Me ha gustado mucho la interpretación de Worldes Blis esta tarde-noche. De nuevo, estamos ante una partitura exigente, nada sencilla de calibrar entre los asomos tradicionales y su actualización, ya desde los motivos de arpa, contrabajo y metales por medio de los que nace, en un arranque atomizado que Baldur Brönnimann pone sutilmente en la estela de una melodía de timbres weberniana. El proceso evolutivo al que somete a dicha melodía original la acerca a lo que me ha parecido un universo feldmaniano; más específicamente, del Feldman que aún habría de ser en los años setenta, con su sinergia de un tiempo suspendido y una sucesiva individualización de las voces instrumentales, creando un lienzo sonoro más vibrante que el de sus rothkianos tapices de los años ochenta: puro plasma sonoro. Magníficas, las cuerdas de la OSPCM al hilvanar ese pálpito suspendido, netamente horizontal; mientras que los metales han ido señalando verticalidades discrepantes (con unos trombones más limitados a la hora de exponer un sonido tan limpio y delicado; primer trompeta, en cambio, realmente convincente); procediendo el timbal a unir ambos ejes de coordenadas musicales, con ataques que diría en diagonal. Ese largo pasaje extático ha sonado con una belleza cautivadora; como en Feldman, en un fluir que parece ajeno al tiempo y que uno deseaba no se detuviese, tendido al infinito, por más que sabíamos tenía sus compases contados al aproximarse las furibundas interpolaciones de percusión y metal: arrojadas y contundentes, sin nada de pusilánime o contención en su golpeo. El juego de idas y venidas entre lo más sereno y lo más expresionista ha encontrado en Brönnimann a un buen modulador, mostrando su orquesta un control de las transiciones calibrado y seguro, en una página que tiene en este punto una de sus mayores dificultades, por lo tan diverso de sus naturalezas emocionales. Estas alternancias se han conducido con aplomo hasta el gran crescendo final, también muy graduado en su tensión rítmica, así como en el florecimiento del tema melódico original, ampliado armónicamente por la orquesta de modo que refulgió con grandeza, dando un sentido retroactivo -como señalaba Maxwell Davies- a sus destellos previos. Final idóneo, a una partitura polimorfa en la que hemos vuelto a comprobar el buen estado de forma de la OSPCM y su (considero) mayor sintonía con su nuevo director; al menos, en repertorios en los que Brönnimann es un profundo conocedor de sus riquezas técnicas, estilísticas y conceptuales; así como de sus riesgos, pues antes del concierto me señalaba la dificultad de dar vida a los compases más extáticos de Worldes Blis sin que estos se hicieran plomizos o planos. En absoluto así ha sido, quedando su lectura como un nuevo hito en la corta pero exitosa historia de Música e Revolução.

El final del concierto constituyó un nuevo guiño a la tradición musical británica; más en concreto, a sus Proms, pues de Edward Elgar (Lower Broadheath, 1857 - Worcester, 1934) escuchamos la primera de las Pomp and Circumstance Marches opus 39 (1901-30), acompañada la OSPCM de un Coro Comunitário (formado por coros populares y de trabajadores entre los que se encontraban el Orfeão de Barrô, Ar de Coro, Coro Voz da Indústria y el Super Coro Valentim de Carvalho) que cantó el tema patriótico (delicia acústica que será para tantos partidarios del Brexit) Land of Hope and Glory. Tímido arranque de la marcha, el que ha efectuado una OSPCM progresivamente firme y altiva a la hora de desgranar semejante fervor como el expuesto por Elgar. Emotiva, sin duda, la presencia del Coro Comunitário, que ha bordado su parte, ya fuera en apenas murmullos, ya cantando a plena voz. Frente a las ocurrencias que padecemos al norte del río Miño, fruto de 'nuevas políticas' de ya tan rancias ideas, que consideran que acercar la 'música clásica' al 'pueblo' consiste en llevar las mismas rutinas conservadoras a centros socioculturales, perpetuando extramuros de nuestros auditorios un modelo caduco y obsoleto, en Casa da Música son las agrupaciones populares las que tienen cabida en la programación del primer auditorio portuense, ya por medio de sus propios conciertos en la Sala Suggia, ya como parte de citas fundamentales con la contemporaneidad como Música e Revolução, sin medias tintas ni pamplinas que no demuestran sino un total desconocimiento del sentido histórico de la música, convertida en mero expositor de restos momificados en interpretaciones de muy poca pompa y muchas penosas circunstancias. Nada de ello sonó en la rúbrica coral de una marcha finalmente exultante, como no podría ser de otro modo, con la OSPCM pletórica, dejándonos con la sensación de haber asistido a un Música e Revolução en 2017 con un nivel interpretativo, al menos en lo orquestal, más satisfactorio que en años precedentes.

A lo largo de esta reseña hemos visitado el pensamiento de Stefan Zweig, la poesía de Safo a través de su nueva vida en la música de Harrison Birtwistle, la pintura de Joan Miró, o la lírica medieval por medio de su reinvención en manos de Peter Maxwell Davies: ejemplos de una Europa en constante diálogo que alberga más elementos unificadores que discrepantes. Los cineastas Danièle Huillet y Jean-Marie Straub son un buen ejemplo de ello, muy especialmente en su magnífica obra cinematográfica, en la que palpita una Europa que se escucha y comprende, partiendo, como Harrison Birtwistle, de la Grecia clásica para trazar las rutas de un mapa que debe ser el de su unidad. Su cinta del año 1992 Antigone se enraíza en Sófocles para revisitar la poesía de Friedrich Hölderlin y recalar en un texto final de Bertolt Brecht cuya vigencia parece, desgraciadamente, mayor que cuando la película fue filmada, en un mundo hoy repleto de sombras y mandamases que se antojan sacados de una historia contada en clave de ruido y furia: contexto en el que las palabras del propio Brecht, que como una advertencia nos llegan desde al año 1952, siguen siendo funestamente válidas (como nuestra obligación de posicionarnos, ineludible, puesto que no existe neutralidad posible): «La memoria de la humanidad para los sufrimientos soportados es sorprendentemente corta. Su imaginación para los sufrimientos por venir es casi menor aún. Esta insensibilidad es la que tenemos que combatir. Pues la humanidad está amenazada por guerras frente a las cuales las pasadas son como miserables ensayos, y éstas llegarán sin duda alguna, si, a los que públicamente las preparan, no se les cortan las manos».

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