España - Cataluña

Aún existen las noches excepcionales

Jorge Binaghi
jueves, 11 de mayo de 2017
Barcelona, miércoles, 3 de mayo de 2017. Palau de la música. Il ritorno di Ulisse in patria, Venecia, 1640, libreto de G. Badoaro y música de Claudio Monteverdi. Versión semiescénica. Vestuario: Patricia Hofstede. Luces: Rick Fisher. Intépretes: Furio Zanassi (Ulises), Lucile Richardot (Penélope), Krystian Adam (Telémaco), Hana Blaziková (Minerva/Fortuna), Gianluca Burato (Neptuno/Antínoo/Tiempo), MichalCzerniwawski (Pisandro), Gareth Treseder (Anfínomo), Zachary Wilder (Eurímaco), Anna Denis (Melanto), John Taylor Ward (Júpiter), Francesca Boncompagni (Juno), Robert Burt (Iro), Francisco Fernández-Rueda (Eumeo), Carlo Vistoli ( Fragilidad humana), Silvia Frigato (Amor) y Francesca Biliotti (Euriclea). Monteverdi Choir y English Baroque Soloists. Director: Sir John Eliot Gardiner.
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En alguna parte he leído que se trata de la primera versión completa de esta monumental obra en Barcelona. En todo caso, es la más completa que yo haya escuchado nunca (200 minutos que pese al calor de una sala atestada y sin aire acondicionado –solicitud, muy correcta, de la orquesta). Y si no voy a descubrir a Monteverdi a estas alturas, es buena la ocasión para agradecer a Gardiner su labor a favor del autor, que culmina ahora, con ocasión del 450º aniversario del nacimiento del gran Claudio, en esta gira por el mundo con la ejecución de sus óperas. Es lugar para recordar que cada vez que paso por Venecia y visito su tumba en la iglesia dei Frari hay siempre flores frescas, emocionante signo de recuerdo en un momento de desmemoria colectiva, aunque ninguna ofrenda floral pueda compararse a la ejecución de sus obras, y en especial de la manera en que se ha hecho.

Sir John dirige tal como le habla a mi colega Agustín Blanco Bazán en la entrevista que hace poco se publicara en Mundoclasico.com. Es un gran estudioso, como corresponde al primer presidente del Archivo Bach de Leipzig desde 2014, pero lo que transmite es calidez, sencillez, interés absorbente por la música, atención por sus músicos (de los que parece uno más), y siempre un tanto desmañado a la hora de agradecer los aplausos (verdaderas ovaciones, bien merecidas).

Si no cuento mal, ésta es la quinta vez que veo la obra en público, y, buena señal, aquella en que más me ha gustado (siendo las anteriores buenas y muy buenas, y siempre en versión escénica). Aquí, la diversidad y elegancia de trajes y el juego de luces fueron estupendos, y tuvieron el mérito de permitir la concentración en la música aunque los cantantes son claramente excelentes actores.

Pero cuando escuché las primeras palabras del texto (‘Mortal cosa son io, fattura umana’) comprendí definitivamente que gracias al gran Claudio el tema fundamental del género lírico, y más aún en su país de origen, ha sido y será siempre las vicisitudes del ser humano, aunque aparezcan mezclados dioses y toda suerte de seres más o menos extraños.

Aunque sólo se oyó en ese momento y luego en los coros me llamó la atención la voz del joven contratenor Vistoli, para mí un total desconocido como la mayoría de los que cantaban. Y el nivel fue altísimo aunque se pueda –y se deba- establecer algunas diferencias.

Zanassi sigue siendo un gran Ulises aunque sería inútil pretender, por ejemplo, que a trece años de la última vez que se lo oí, en Bruselas, la voz sea la misma. Compensa una cierta rigidez y emblanquecimiento de la zona aguda con su perfecto dominio de estilo, técnica y dicción. Impresionante, incluso en términos de color y volumen, fue la Penelope de Richardot, sin duda la personalidad más poderosa de todas. Buratto es un excelente bajo que, para mí sorpresa, en las notas más graves no logra una buena proyección y el sonido queda ‘in gola’ (en particular en la primera gran intervención de Neptuno). Muy buena la Minerva (y Fortuna) de Blaziková, y buenas Frigato en Amor y Biliotti en Euriclea, así como la jovencísima Boncompagni en Juno. Para terminar con los dioses, Taylor Ward fue un muy correcto Júpiter, de voz algo clara para un barítono. Entre los ‘malos’ (pretendientes y criadas) destacaron, no sólo por la longitud de sus partes, Dennis (una pletórica y provocativa Melanto) y Wilder (si el timbre de tenor no es maravilloso, sí lo es su actuación y su forma de cantar). Czerniakwsi fue un Pisandro correcto, de timbre ingrato, mientras que Treseder era un Anfínomo en la tradición más inglesa de color y emisión. Adam fue un muy buen Telemaco, y se comprende que haga carrera también fuera del barroco, como es el caso también de Buratto. Mención aparte para el característico Burt en su glotón, pasayesco y derrotado Iro. Fernández-Rueda no tiene una voz bella, pero canta y actúa bien, y sólo necesita mejorar la articulación de algunas frases. Salvo los dos protagonistas todos formaron parte de los conjuntos, además de los integrantes del Coro Monteverdi, formidables. ¿Y qué decir de los solistas barrocos? Creo que se me entenderá si digo que se merecen a Sir John tanto como Sir John se los merece. Una noche excepcional. Todavía las hay.

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