España - Cataluña

Un Wagner modesto

Jorge Binaghi
jueves, 18 de mayo de 2017
Barcelona, miércoles, 10 de mayo de 2017. Teatro del Liceu. Der fliegende Holländer (Dresde, 2 de febrero de 1843). Libreto y música de R. Wagner. Dirección escénica: Philipp Stölzl. Codirección: Mara Kurotscha. Escenografía: Philipp Stölzl y Conrad Moritz Reinhardt. Vestuario: Ursula Kuudrna. Luces: Olaf Freese. Intérpretes: Albert Dohmen (El holandés), Elena Popovskaya (Senta), Attila Jun (Daland), Daniel Kirch (Erik), Itxaro Mentxaka (Mary) y Mikeldi Atxalandabaso (El timonel). Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Conxita García). Directora: Oksana Lyniv
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Veremos cuando cambien los dos protagonistas en las dos últimas funciones, pero el juicio por ahora es: ‘modesto’, algo que se me antoja más bien escaso para el único título de Wagner de la temporada y un teatro con cartas de nobleza wagneriana como se dice el Liceu. No sé si no se conserva el anterior montaje de Willy Decker (1993/94) o el anterior de Werner Esser. Supongo que no, porque de lo contrario no se justifica este proveniente de Basilea y Berlín (donde varios añoran aún la anterior producción de Gotz Friedrich).

No es malo, pero es mucho menos innovador que el de Decker, y aparte de la espectacularidad del cuadro de una mansión burguesa del siglo XIX que se anima ante los ojos de una niña fascinada con el relato que lee (de manera muy poco adecuada para una niña en esa época) resulta casi tradicional si no fuera por la contradicción con el texto que la traducción procura aliviar (así, el coro de hilanderas se convierte en una cantidad de criadas que barren y preparan la casa), aunque no puede con el ‘más fuerte’ que la tripulación del buque fantasma canta, en cambio, mucho más suave (supongo que por espectral).

Los dobles de los personajes (Senta y Erik de niño, pero también el holandés, que no figura en el programa) molestan más que otra cosa, y que Erik tenga que cantar su aria subido a una mesa debajo de la cual se esconde Senta, que sale para emprenderla a botellazos con su ex novio hasta que se suicida hiriéndose con los trozos de vidrio, poco de nuevo aporta (que la fantasía de Senta, una neurosis aguda, está en la base de la obra ya se ha hecho otras veces, casi siempre, como aquí, arruinando la entrada de la protagonista, que Wagner sabía muy bien cuándo quería que apareciera).

Por primera vez en una obra de Wagner dirigía una mujer, Lyniv, futura directora de la Ópera de Graz y asistente, entre otros títulos, de Petrenko. El resultado fue bastante positivo si no fuera porque privilegió de tal modo metales y percusión (que en los dúos de final de primer y segundo acto -la obra se dio sin pausas- no estuvieron siempre perfectos) que, sentado a la derecha en la fila 4, oía mucho menos a los otros sectores. La orquesta estuvo bien, igual que el coro (tras alguna vacilación inicial en el primer acto).

En cuanto a los protagonistas, hubo sus problemas. ‘Por común acuerdo’ se retiraron el Erik (Shawn Mathey) y la Senta (Emma Vetter) propuestos inicialmente, la última ya iniciados los ensayos. Popovskaya es una voz importante que no administra bien sus recursos por lo que cuando el canto no es calante resulta destemplado (el problema está naturalmente en el pasaje) y es una artista voluntariosa. Para Erik llegaron dos, pero yo he podido oír sólo a uno, Daniel Kirch, sin mayor relieve: se mueve bien y la voz es correcta, no muy atractiva, pero incurre en el pecado de tantos cantantes de escuela ‘alemana’ en un personaje que canta momentos que podrían ser de la ópera italiana preverdiana y terminan vociferando (en particular en la difícil cavatina del acto tercero, donde los agudos fueron un suplicio): no todo Wagner es Sigfrido o Tristán (para los cuales estos medios no bastarían).

Jun también se dedicó a cantar a pleno pulmón y lo hizo bien si se acepta ese enfoque (pasó algún apuro en su aria ya que la directora parecía querer acabarla cuanto antes). Mentxaka fue una correcta Mary, y Atxalandabaso un buen timonel (tal vez la voz resulta más ‘característica’ de lo deseado, pero cantó con aplomo y línea impecable).

Lo que nos lleva a que la única gran figura en el escenario fue Dohmen, aunque lamentablemente el agudo esté tocado: la voz se estrecha, se vuelve rígida, pierde esmalte y limpieza de sonido; pero casi todo se compensa con el conocimiento del papel e incluso de los recursos para no exponerse en momentos difíciles.

Asistencia bastante numerosa y aplausos no muy fervorosos al final del espectáculo.

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