Ópera y Teatro musical

Ópera fuera del Colón en mi ciudad natal

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 31 de mayo de 2017
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Imposible no mezclar reseñas con recuerdos personales cuando me toca escribir sobre ópera en Buenos Aires, mi ciudad, pero ahora un lugar de paso, o tal vez de peregrinaje anual, normalmente con una visita al Colón. Menos este año en que preferí olfatear la ópera en otros lugares. En el teatro Coliseo vi L’incoronazione di Poppea. Y también fui a la Ópera de Cámara del Colón que ha decidido llevar sus producciones a los barrios, en este caso con La Grotta di Trofonio de Antonio Salieri, nada menos que en el Teatro 25 de mayo, una vieja sala que alguna vez fue cine de cuatro películas por día. A esos cines entrabamos sin propinas para dar al acomodador que a veces se vengaba sacándonos un croissant (en argentino, literalmente “medialuna”) de entre la docena que llevábamos para comer adentro. Al Coliseo, un teatro a tres cuadras del Colón íbamos para cualquier arte, incluidos los conciertos de la tristemente finiquitada Asociación Wagneriana. Allí vi por primera vez a la joven Jessie Norman cantando lied. También hay un concierto del cual no recuerdo nada porque al salir nos sorprendió la onda expansiva de una bomba terrorista que hizo añicos un banco cercano y borró de un plumazo el éxtasis de salir a la calle y mirar los árboles de la bellísima Plaza Libertad luego de un rato de buena música. Pero volvamos al 2017.  

Poppea en el Coliseo

El del Coliseo es un solar de primicia en la historia de la ópera. Fue allí donde Felix Weingartner dirigió el 27 de agosto de 1920 un Parsifal transmitido en directo en la primera emisión mundial por radio abierta de una ópera completa. El lugar de colocación del transmisor valió a los aficionados responsables el apodo de “los locos de la azotea.” “Una audición celestial. Parsifal a precios extremadamante populares” comentó La Razón uno de esos diarios locales cuyo nombre despertaba la curiosidad de Ortega y Gasset por su politicismo abstracto (junto a otros como La prensa, La nación y Crítica). El edificio cayó en el desuso y la ruina antes de ser reemplazado por el actual y su apodo de “Palazzo Italia” alude a la iniciativa del dueño del predio, el gobierno italiano, de construir el teatro actual. Fue allí donde hace unas semanas dos asociaciones musicales privadas, Buenos Aires Lirica y Nuova Armonia aunaron fuerzas para presentar una excelente Incoronazione di Poppea.  

Los que estamos de paso en Buenos Aires frecuente nos trenzamos en discusiones con los residentes que tienden a elogiar algunas producciones con términos superlativos. No, advertimos, con cierta pedantería. La función fue buena pero no de nivel internacional, porque aunque una puesta tenga buenas ideas (Buenos Aires comenzó a sacudirse el polvo de la ópera de museo con buenos experimentos de teatro lírico antes que Nueva York) siempre parece faltar la redondez que solo da un número suficiente de ensayos la mayor sintonía del regisseur con sus propias ideas que de aquellos resulta y una similar preparación de cantantes. Esta Poppea fue una auspiciosa excepción, y un espectáculo digno de salir en gira por la cuidada dirección de instrumentos de período a cargo de Marcelo Birman, la entrega de excelentes cantantes actores y la originalidad de la puesta de Marcelo Lombardero, hoy el mas destacado regisseur argentino en materia de actualización operística.

Luisa Francesconi y Santiago Bürgi Cecilia Pastawski y Santiago Bürgi © 2017 byLiliana Morsia

La apuesta de Lombardero consistió en vitalizar la obra como una comedia musical contemporánea, un verdadero happening de vestuarios diversos, desde el saco y corbata a las túnicas y robe de chambre, escalinatas para la entrada y salida de personajes y lujuriosas paredes de mármol de un baño romano. Dentro de este marco visual se suceden numerosos hallazgos de regie, de esos capaces de transformar cualquier apreciación futura de esta ópera. Por ejemplo, en el duo inicial Poppea le ruega a Nerón que por favor se quede un rato mas con ella no desde el umbral de su casa como normalmente ocurre en puestas de esta ópera sino en medio del mas explícito acto sexual que recuerdo haber visto en una ópera en vivo. La convincente Poppea de Cecilia Pastawski cantó con una voz y un fraseo que su desnudez no hizo sino realzar el igualmente excelente Santiago Bürgi (Nerón) logró mantener su difícil tira y afloja entre la sensualidad y el poder con similar convicción. Y es así que la expresividad de Monteverdi fue así visualizada con una morbideza digna del mejor Ingmar Bergman. El dúo en el cual Poppea pide a Nerón la muerte de Seneca fue una conversación telefónica, él consumido de calentura en medio de sus problemas políticos y sentado con un celular al costado del escenario, y ella en su cámara mezclando sexo por teléfono con una incitación al crimen juguetona, como si pidiera que le compren un collar. En contraste, la muerte de Seneca (interpretado con perceptivo fraseo por Ivan García) es conmovedoramente presentada como una extinción en la nada presentida por la espectral neblina del vapor de ese baño de ese baño romano donde todo parece desfigurarse en medio de la desfalleciente plegaria de los discípulos: “non morir, non morir….” Entre un elenco de notable calidad sobresalió como Arnalda Gloria Rojas, una descomunal contralto tanto por la pareja impostación de su voz como por una actuación de sardónica comicidad. Excelente la orquesta de instrumentos de período agrupada bajo el nombre de Orquesta de la Compañía de las Luces.

La Grotta di Trofonio. Producción de Diego CosinLa Grotta di Trofonio. Producción de Diego Cosin © 2017 by Máximo Parpagnoli

Trofonio en el 25 de mayo

El Colón fuera del Colón siempre ha sido una oportunidad para hacer lo que adentro de él se hace desgraciadamente poco: la promoción de artistas nacionales con entradas a precios razonables. Tradicionalmente el teatro ofrecía una temporada de verano en un escenario al aire libre el del Parque Centenario. Es allí donde recuerdo haber visto mi primera Tosca, con un Tedeum dramáticamente realzado por un vendaval lluvioso que tiró candelabros y amenazó con arrasar el altar en medio de un torbellino de curas y monaguillos que desesperadamente trataban de mantenerse en pie. En la actualidad, una parte importante de estas actividades extramuros son llevadas a cabo por la Ópera de Cámara del Teatro Colón, una institución creada en 1968 especializada en obras poco representadas entre las cuales recuerdo excelentes versiones de La finta giardiniera, Le cantatrice villani, La scala di seta, la serva padrona, etc. La representación de la Grotta di Trofonio se ubica en esta tradición investigativa. Esta historia del padre que quiere casar a sus dos hijas con dos pretendientes preestablecidos y del mítico mago que cambia las personalidades de los cuatro en su cueva de maravillas, es decorada por Salieri con buena música pero sin mayor percepción teatral. La comicidad es forzada, con recetas preconcebidas que aniquilan esa espontaneidad esencial requerida para hacer reír auténticamente. Pero de cualquier manera, vale la pena verla como un recital de canto, con conjuntos y arias de lograda musicalidad. Y en el elenco de la Ópera de Cámara me impresionó la calidad uniforme y de gran nivel de los solistas capaces de exhibir esa italianidad de fraseo que tanto extraño cuando debo confrontarme con compañías locales en el norte de Europa. También la orquesta respondió a la dirección de Martín Sotelo con expresiva agilidad de ejecución. La puesta de Diego Cosin con escenografía de Gastón Joubert inyectó a la bufonería desabrida de la obra, un toque de grotesco, un poco a lo Dario Fo. Ello animó la escena con una necesaria dosis de adrenalina y color. Proximos espectáculos: en septiembre la Ópera de Cámara del Colón presentará Piedade del compositor brasileño João Guilherme Ripper en Sala del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC). En diciembre la Ópera de Cámara volverá al 25 de mayo con Apolo y Jacinto de W.A. Mozart.

Hay una línea directa de metro entre el Colón y el teatro 25 de mayo, pero el contraste de público entre la sala de la calle Libertad y el del ex cine de Villa Urquiza no puede ser mayor. En el 25 de mayo me encontré con su público de siempre, el del barrio que con sus fuerzas vivas se opuso a la demolición de la sala y logró que ésta fuera restaurada. Y también estaban los de siempre, esto es, los que no faltan nunca cuando de ópera se trata. Poco ha cambiado en este vecindario del Buenos Aires profundo. Sólo algunos nuevos cafés y restaurantes y otros remozados, de esos eternamente abiertos de la madrugada hasta la pasada la medianoche que, como el teatro, testimonian un progreso penoso pero tan firme como la vitalidad y el entusiasmo de los artistas locales decididos a hacer ópera contra viento y marea.

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