España - Cataluña

Si ellos pueden hacer eso, yo puedo hacer esto

Jorge Binaghi
martes, 6 de junio de 2017
Barcelona, domingo, 4 de junio de 2017. Gran Teatre del Liceu Recital de Joyce DiDonato, mezzosoprano con Manuel Palazzo (bailarín). Dirección de escena: Ralf Pleguer. Iluminación: Henning Blum. Técnico visual: Yousef Iskandar. Vestuario: Vivienne Westwood (DiDonato) y Lasha Rostobaia (Palazzo). Maquillaje:M.A.C. Orquesta ‘Il Pomo d’Oro’. Director y clave: Maxim Emelyanychev. Arias y obras instrumentales de Händel, Leo, de’Cavalieri, Purcell, Gesualdo y Pärt. Bises: Hasse y R. Strauss
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En esas palabras se puede resumir el contenido de la larga y emocionada alocución que al final del concierto pronunció la célebre mezzo. Donde ‘ellos’ y ‘eso’ se refería al terrorismo (no sólo el que atacó esta vez en Londres) y también a actitudes diversas como las del gobierno de su propio país. El ‘esto’ es, naturalmente, el concierto. Que se llama –como en el disco- En guerra y paz. Armonía a través de la música. Recordó que desde que se lanzó a este proyecto hace año y medio han pasado muchas cosas negativas, pero que no desea sentir rabia. En el programa hay un sobre para que el oyente escriba cómo piensa que puede lograr la paz, desde la personal a la colectiva. También figuran algunas respuestas de famosos y no tanto. No es frecuente que un artista lírico se comprometa hasta este punto con una causa que considera –y que es- justa. Así que las ovaciones con que fue recibida después de estas palabras excedían el nivel y la intensidad –que había sido grande- de las anteriores. Respondió con un último bis, Morgen de Strauss, que es una pieza para ella optimista y con la que nos exhortaba a ser ‘grandes y mejores’ frene a los ‘pequeños y peores’.

Un concierto de este tipo no se puede medir de la misma forma que cualquier otro, de esta artista o de cualquier otro. El año pasado, en mi opinión, DiDonato no estuvo en su mejor momento ni en ópera ni en recital. En esta única presentación suya (por cierto, fue la primera transmitida en directo desde el Liceu por la cadena Arte, y probablemente se pueda ver todavía en estos días en streaming: lo aconsejo vivamente) aquí demostró no sólo que el barroco (y esa pieza de Strauss) le sientan de maravilla, sino que se encontraba como en su mejor momento. Probablemente porque, como dijo, no sabía qué hacer después de las noticias y decidió que lo que necesitaba era cantar para el público junto a sus compañeros.

Momento del recital de Joyce DiDonato con Il Pomo d'Oro (director y clave: Maxim Emelyanychev) en el Teatro del Liceu de Barcelona el pasado 4 de junio de 2017Momento del recital de Joyce DiDonato con Il Pomo d'Oro (director y clave: Maxim Emelyanychev) en el Teatro del Liceu de Barcelona el pasado 4 de junio de 2017 © A. Bofill / Teatro del Liceu, 2017

El concierto fue especial también en su concepción. No es frecuente asistir a una puesta en escena con luces y trajes y un maquillaje extremo de la artista que estaba ya sentada antes de empezar la función mientras el público entraba en la sala. Incluso el director y miembros de la orquesta desempeñan su parte, además de tocar, e incluso hubo un bailarín, Manuel Palazzo, que pareció igualmente bueno aunque su participación me resultó forzada, en el sentido de que nada agregaba a lo que se veía y oía pese a que no molestaba.

Il Pomo d’Oro está dirigido por Emelyanychev, que es jovencísimo (no llega a los treinta años) y una especie de genio en cuanto a dirección, cémbalo y corneta barroca. Los instrumentistas son de nivel altísimo todos, pero habrá que nombrar al menos, por sus respectivos desempeños solistas, a Zefira Valova (primer violín), Roberto de Franceschi (oboe) y Anna Fusek (flauta –maravillosa, también como expresividad y actitud, en ‘Augelletti, che cantante’ del Rinaldo händeliano).

Y luego, claro, está la propia mezzo. Se sabe que su agudo tiene resonancias sopraniles, en especial en las messe di voce mientras que centro y grave son claramente de mezzo. No es sorpresa que su estilo y sus agilidades sean formidables (estas últimas tienen el inmenso mérito de ser no sólo expresivas sino de estar en el polo opuesto de las ráfagas mecánicas que nos disparan otras ilustres colegas). Su dicción es magnífica aunque me resultó, sorprendentemente, ligeramente más clara en italiano que en inglés. Su fraseo fue notable y casi nunca enfático. No tiene sentido elegir uno o varios números, aparte del especial sentido que tuvo el aludido Morgen, único momento ‘no barroco’ del recital. Tal vez habría que destacar, por su rareza, el fragmento de Leonardo Leo ‘Prendi quel ferro, o barbaro!’ de su Andromaca (1742), mientras que de los más conocidos, y entre los que Händel venció claramente por número, el gran lamento de la reina de Dido and Aeneas de Purcell, y de los Händel, en particular las arias de sus óperas italianas, que fueron cuatro: ‘Pensieri, voi mi tormentate’ (Agrippina, uno de los momentos que bastarían para hacer famoso a un compositor donde quizás extremó las diferencias de timbre), las dos de Almirena en Rinaldo (la antes citada y la célebre ‘Lascia ch’io pianga’, con unas variaciones excepcionales) y, como número conclusivo del concierto antes de los bises y el discurso, la alegría de Cleopatra ante la victoria final de César (‘Da tempeste il legno infranto’, de Giulio Cesare in Egitto). Si DiDonato necesitaba ayer hacer música para seguir creyendo en este planeta y sus habitantes, nosotros necesitábamos –y seguimos necesitando- conciertos como éste.

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