Suiza

Despedidas

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 7 de septiembre de 2017
Lucerna, jueves, 31 de agosto de 2017. KKL Konzertsaal. Berliner Philharmoniker. Sir Simon Rattle, director. Dmitri Shostakovich: Sinfonía nº 1 en Fa menor, op. 10; Sinfonía nº 15 en La mayor, op. 141. Festival de Lucerna en Verano. Ocupación: 100%
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Cuando Simon Rattle (Liverpool, 1955) anunció hace unos años que a partir de mañana compatibilizará su primera temporada al mando de la Sinfónica de Londres con su último curso como responsable musical de la Filarmónica de Berlín, puso el mundillo patas arriba: nunca antes en los 135 años de existencia de la orquesta, el titular de los Berliner abandonaba el puesto para asumir otra orquesta de categoría inferior. Cierto es que Sir Simon será toda la vida un “enfant terrible”, como lo es que sus 16 años en Berlín no han sido un camino de rosas. 

De manera que el de esta noche es su último concierto en Lucerna al frente de los berlineses (es un decir, porque en la orquesta tocan músicos de veinte nacionalidades). Y para despedirse ha elegido un programa tan obvio como poco habitual, con el alfa y la omega de Shostakovich. Autor que no ha sido especialmente cultivado por los titulares de esta orquesta: de las quince sinfonías, Karajan únicamente hizo la Décima -pero con ella dio la campanada en Moscú en plena guerra fría, mientras Shostakovich se deshacía en lágrimas de agradecimiento al terminar el concierto-; Abbado –como antes Furtwängler- las ignoró completamente; y Rattle ha hecho sólo alguna incursión -un servidor le ha escuchado aquí una Cuarta de muchos quilates-. 

Tal vez por eso las interpretaciones de esta noche, con ser de altísima calidad, no salieron absolutamente redondas. La Primera sinfonía no deja de ser una obra impactante (incluso si no hubiera sido escrita por un adolescente), cuya frescura y atrevimiento siempre atrapa al oyente. Rattle entiende bien ese carácter, y acierta al dar los dos primeros movimientos como una sucesión de bandas sonoras que van del western al peplum pasando por los dibujos animados: es una música que sugiere muchísimas imágenes a un ritmo vertiginoso.  

Los otros dos movimientos no me sonaron igual de bien: algo debió fallar cuando, tras construirse de modo un tanto abrupto el clímax del tiempo lento, los seis acordes del piano provocaron las risas del público. Por el contrario, hubo tensión de verdad en el solo de timbal del último movimiento; pero fue una lástima que Rattle acelerase la conclusión hasta tal punto que salió borrosa, por más que la orquesta echó mano de su mejor virtuosismo (de nuevo la prueba estuvo en el respetable, que tardó en darse cuenta de que la cosa había terminado). 

La Décimoquinta sinfonía es otra historia desde el punto de vista sonoro (sobre su significado me guardaré muy mucho de aventurar ninguna teoría). Aquí la orquesta tiene ocasión -y la aprovecha- para mostrar su poderío, desde su sección de contrabajos (que para mí sigue siendo la mejor del mundo) hasta la de las trompas (que no le va a la zaga); pero sobre todo sus solistas, porque esto es una obra principalmente camerística: por citar sólo un par de veteranos, el concertino Daniel Stabrawa, que tiene mucho trabajo a lo largo de toda la pieza, y lo desempeña con un sonido grande y limpio; y el flautista Emmanuel Pahud (hace años que no está en nómina de la orquesta, pero sigue colaborando con ella, sobre todo cuando juega en casa), que se luce en su dificilísima parte del primer movimiento. 

Como en la Primera, Rattle atina con la yuxtaposición de contrastes de ese primer movimiento, en el que se suceden el misterio y la ironía (pocas veces he oído la cita de Guillermo Tell con tanta amargura). Pero también se desorienta en la primera parte del adagio, sin alcanzar la hipnosis de los páramos orquestales de Shostakovich; el clímax, sin embargo, suena impresionante y gracias a esa fuerza Rattle -esta vez sí, y me guardo el momento en mi memoria sonora- consigue la magia en el nuevo episodio calmado que termina el movimiento. 

Rattle igualmente acierta en el final, al que da toda su transparencia: desde la cita de la Todesverkündigung tocada como se debe tocar, esto es, no desde la anunciación de la muerte sino desde su aceptación; hasta la maravillosa conclusión, con todas esas sutilezas tímbricas (bravo por la percusión berlinesa) que siempre me sugieren la estampa agridulce de un esqueleto viviente. Rattle se tomó su tiempo antes de bajar los brazos al acabar, y después recibió con sus músicos la ovación ruidosa del público.  

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