Discos

Música pegada al terruño

Daniel Martínez Babiloni
miércoles, 20 de septiembre de 2017
Manuel Palau: Música per a piano. Bartomeu Jaume, piano. CD grabado el 23 de julio de 2014 en el Auditorio del Conservatorio Superior de Música Joaquín Rodrigo de Valencia. Piano gran cola Steinway & Sons. Preparación técnica y afinación Clemente Pianos. Patrimonio musical valenciano 011, Culturarts Música. Generalitat Valenciana. Duración: 63’45’’
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Manuel Palau compuso música pegada al terruño, de raíz. No sólo porque en ella estiliza elementos del folclore valenciano, que también, sino porque el músico pudo suceder a Nemesio Otaño en el Real Conservatorio Superior de Madrid pero prefirió quedarse a dirigir el de Valencia, así como el Instituto de Musicología y Folclore de la Institución Alfonso el Magnánimo. Decía Salvador Seguí que Palau era un erudito y deportista. Era religioso, de vida austera y se sentía atraído por la naturaleza. Vivió y trabajó hasta el 18 de febrero de 1967 en Alfara del Patriarca, un pequeño municipio de la huerta que rodea a Valencia. Asins Arbó añade que era afable y comprensivo como profesor, que dominaba varios idiomas y estaba al tanto de las innovaciones que se producían en Europa. La música electrónica -decía el maestro- permite “un futuro de incalculables posibilidades para el compositor-científico”. Para Asins, su magisterio representaba cierta apertura en el rigor de la academia.

Poco antes de morir ofreció una conferencia en el Conservatorio de Valencia titulada Música y paisaje, donde describe estampas que se traslucen, de alguna manera, en otra lección ofrecida como clausura de los cursos de lengua y literatura valenciana en la sociedad cultural Lo Rat Penat: La Música i els estils en les belles arts (19 de junio de 1966). En ella habla de los cuadros de Renoir y Monet y desde ellos llega a Debussy, homenajeado con aire de pasodoble en una de las partituras que se incluyen en este disco (Homenaje a Debussy, 1929). Y es que Manuel Palau estudió en París con Charles Koechlin y Albert Bertelin, pero el tirón más fuerte lo sintió siempre hacia Maurice Ravel. No en vano, la fotografía en la que el valenciano posa junto al maestro galo y otras personalidades, en su visita de 1928, es el centro de la carpetilla que viste este compacto. Otro apunte: el estreno del Concierto levantino por la Orquesta Nacional y Narciso Yepes, dirigidos por Ataúlfo Argenta en 1948, fue emparejado con La Valse.

Es ese impresionismo, traído al Mediterráneo, el que rezuma esta selección de piezas para piano. De sus más de cincuenta partituras para el instrumento (sin editar algunas de ellas) se han seleccionado una docena. Podían haber sido otras, aquellas que como en la guitarra miran al ayer, o las que más se aproximan a Falla o Turina, como la Sinfonía nº 2 “Murciana”, pero las que están nos acercan al Palau pictórico y evitan la incómoda etiqueta (para mí) de nacionalismo, aplicado a veces a la música del valenciano. Estas obras no abundan en ello, sino en la definición que el poeta Vicent Andrés Estellés dio del compositor:

Em queda el teu exemple
de llum, esforç, metàl.lica
claredat combatuda,
treballada, sotmesa,
organitzada, feta
obra, vida, diàleg.

Palau fue luz para muchos de sus alumnos en lo estético y en lo personal. Una luminosidad vertida en el pentagrama que va más allá de los tópicos, refulgente en la interpretación de Bartomeu Jaume. Las piezas están escritas entre 1929 y 1956. Homenaje a Debussy, original para orquesta y grabado por José Iturbi y la entonces Orquesta Sinfónica de Valencia (HMV, 1952), es la más antigua. Campanas (1931) alcanza una modernidad y riqueza tímbrica notable en la lectura del pianista. Casi la iguala con algunas de las músicas repetitivas más actuales. De la misma década es la transcripción de una obra original para saxofones de fino humor y ampliamente difundida por la bandas en su arreglo inmediato: Marcha burlesca (1936), la cual presenta un color orquestal en manos del mallorquín. Jaume interpreta Tocata en mi menor (1938) con tanto nervio como sobriedad expresiva, así como grandes sonoridades en su última sección. La central se constituye en una de las partes más evocadoras del disco.

De la década de 1940 se incluye Impresiones fugaces (1940), estrenada por Iturbi, la grácil Sonatina valenciana (1943) y la rotunda Danza hispalense (1948). La primera es un tríptico que comienza con “Irisación”, una traslación de dicha impresión visual sobre ligeros arpegios a distancia de semitono. Le sigue “Lejanía”, de reflejos plomizos, y “Monigotes”, en la que la disonancia y la politonalidad revelan de nuevo el sentido del humor y la ironía del compositor.

En los años 50 encontramos al músico que mira en la distancia. Paisaje balear (1952) inicia el disco. Una partitura emocionante en su ingenuidad. Es una página que dio pie a una lectura nacional-católica por parte de Francisco J. León Tello en el conocido estudio sobre la obra pianística de Palau (Institut Alfons el Magnànim, 1956). León Tello ve en ella y en Campanas una llamada al recogimiento de los hombres de buena voluntad, en vez de confrontarlas, por ejemplo, con el intimismo de “La vallée des cloches” de Miroirs.

Continúan Evocación de Andalucía (1953), Danza ibérica (1953), Ritmo de habanera (1955) y Preludios de España, una suite compuesta entre 1956 y 1961. Sus cuatro partes están dedicadas “A Córdoba”, “A Castilla”, “A Valencia” y “A Ávila”. En proyecto se quedaron “Al Ebro” y “A Ibiza”. Su inclusión en el disco supone uno de sus mayores atractivos. Aunque es cierto que algo bebe del piano de Albéniz, el conjunto es una elaboración muy personal y compleja realizada a partir de aires populares alejada del pintoresquismo facilón. Destacaría lo intrincado de “A Valencia” y la forma con la que Bartomeu Jaume canta su copla central: pura emoción.

Así, volvemos a la tierra de Manuel Palau. Valencia como leitmotiv favorito, apuntaba Asins Arbó. En ello incide esta nueva entrega de la colección editada por lo que hoy es la sección de Música y Cultura Popular del Instituto Valenciano de Cultura. Esta integral de piano continúa el trabajo iniciado con el Cuarteto en estilo popular (1928), interpretado por el el Cuarteto Canales (PMV 003, IVM, 2006), y las grabaciones de la Jove Orquestra de la Generalitat, dirigida por Manuel Galduf, del Concierto levantino para guitarra y orquesta (1947) y el Concierto dramático para piano y orquesta (1948) con Rafael Serrallet y el propio Bartomeu Jaume como solistas (PMV 010, IVM, 2012). Es una línea de trabajo necesaria que sería interesante continuar con alguna selección del centenar de lieder del compositor o con una serie sinfónica. Solo así podremos conocer con exactitud el peso que tiene la música de Palau, cuya madurez creativa transcurre en plena autarquía, más allá del socorrido e interesado pintoresquismo. También el de la obra de otros autores, pero particularmente la de quien coqueteó con la Generación del 27 con Gongoriana, Premio Nacional de Música de ese año.

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