Reportajes

¡Santa Bárbara bendita! Con el cambio climático nos hemos trumpado

Juan Carlos Tellechea
jueves, 19 de octubre de 2017
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¿Sabe usted cuántas veces se han reunido los gobiernos del mundo para hacer algo contra el cambio climático? En 22 ocasiones. Veintidós Conferencias de las Partes Contratantes de la Convención sobre el Cambio Climático (COP) han tenido lugar desde 1992 hasta ahora y la número 23 está próxima: será del 6 al 17 de noviembre próximo en Bonn, bajo la presidencia (rotativa de turno) de las Islas Fiyi. De nuevo el comité de rescate de este planeta de 4.500 millones de años de antigüedad, volará desde todos los rincones del globo para salvarlo, y para salvarse a si mismo, por supuesto, porque del mayor desastre climático y ecológico de que tenga memoria la humanidad no se libra nadie.

Con motivo de esta inminente e importante reunión tiene lugar hasta el 4 de marzo de 2018 en el Centro de Arte y Exposiciones de la República Federal de Alemania (Bundeskunsthalle), en Bonn una extraordinaria exposición titulada Wetterbericht – Über Wetter kultur und Klimawissenschaft (Informe Meteorológico – Sobre la cultura del tiempo y la climatología), organizada en cooperación con el Deutsches Museum (Museo alemán), de Múnich, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), y el Deutscher Wetterdienst (Servicio alemán de Meteorología).

No es una exhibición ideológica, polémica o militante de alguna organización no gubernamental, como Greenpeace u otra similar, que protesta radical y enconadamente contra la contaminación ambiental y el efecto de invernadero en el planeta; todo lo contrario. La idea es esclarecer sosegadamente, sin ira, al público, con testimonios científicos solventes sobre la importancia de las condiciones atmosféricas para nuestra vida, civilización y cultura, así como sobre lo que está ocurriendo ya, en estos precisos instantes, con el catastrófico fenómeno de la alteración del clima sobre la faz de la Tierra, por ejemplo con el aumento de la temperatura de mares y océanos y el derretimiento de los casquetes polares.

Desde tiempos pretéritos el Hombre siempre se ha sentido atraído por observar el estado del tiempo en los lugares en que le ha tocado vivir. Primero confiaba en los dioses que administraban esas condiciones y ofrecía ceremonias y sacrificios en su honor para calmarlos y apelar a su benevolencia, como hacían los pueblos primigenios, más directamente en contacto con la naturaleza que nosotros en las sociedades urbanas. Los animales silvestres, sobre todo los pájaros y otras aves, siguen siendo hasta hoy los mejores profetas meteorológicos, pero no siempre están a nuestro alcance.

Más tarde, con el cristianismo, el homo sapiens llegaría a bendecir los períodos de la siembra y de la cosecha en las regiones agrícolas, así como la temporada estival en las playas marítimas y oceánicas para que todo transcurriera sin cataclismos. San Pedro, con las llaves del cielo en sus manos, administraba el tiempo (tal vez hasta con los sabios consejos de su mujer y de su suegra, quién sabe). Cuando las tormentas se aproximaban con truenos y relámpagos impresionantes: ¡Santa Bárbara bendita!!! invocábamos temerosos a la santa y mártir de Nicomedia (siglo III), protectora además de los mineros.

La muestra, con entradas interdisciplinarias y experimentales en este tema tan actual, está dividida en 12 estaciones o capítulos: el amanecer, el sol, el aire, el mar, la niebla, las nubes, la lluvia, el viento, la tormenta, la tempestad, la nieve y el hielo, así como el atardecer, aunando las diversas perspectivas y posiciones artísticas de la historia cultural y de las ciencias naturales, con todo su instrumentario de observación, registro y predicción (una evolución ésta que precisó decenas de años desde el siglo XIX para ganar credibilidad), hasta nuestros días.

 

Más de 400 objetos y obras de arte, entre pinturas, esculturas y fotografías, se exponen aquí sobre 1.500 metros cuadrados de superficie. Cuadros de John Constable, William Turner, Gustave Courbet, Otto Modersohn y Gerhard Richter, entre otros, inmortalizan la belleza de los diversos fenómenos atmosféricos y climáticos que determinan existencialmente nuestra vida cotidiana y nuestra supervivencia. No hay nada más hermoso que un bello amanecer o un romántico atardecer. Hasta las borrascas y las tormentas eléctricas tienen su encanto visual siempre que nos encontremos a buen recaudo. Los paisajes invernales nevados están firmemente unidos a la imagen conmovedora de la Navidad en el centro de Europa. Entre los instrumentos y objetos expuestos figura una jaula de Faraday en la que los visitantes pueden experimentar sin peligro la acción de las perturbaciones electromagnéticas en la atmósfera.

Mirando tan solo las cifras desnudas, uno se percata de que los esfuerzos que ha hecho el Hombre para rescatar al planeta han sido vanos, no han tenido mayor éxito hasta ahora. Verbigracia, a los glaciares suizos ya no se los puede salvar, afirman expertos como el glaciólogo suizo Matthias Huss, de la Universidad Técnica de Zúrich (ETH Zürich), autor y coautor de numerosísimas obras sobre la drástica disminución de la nieve y el hielo en las regiones alpinas, así como sobre el futuro de la Tierra, mencionado en la exposición.

Cierto es que hace dos años se formuló en la Conferencia de París una impactante promesa, según la cual las temperaturas promedio no deberían elevarse más allá de los 2 grados centígrados, aunque lo mejor sería que no fueran mayores de 1,5 grados. Lamentablemente falta voluntad política en muchos países --demasiados a mi gusto, Alemania no es una excepción-- para coger al toro por los cuernos y en una audaz acción concretar estos objetivos.

Peor aún, el presidente estadounidense, Donald Trump, a quien la exhibición obviamente no menciona en ningún momento (¿para qué?), se ha convertido en un abogado de secano y defiende a quienes sostienen que lo del cambio climático es puro invento. Una falacia de China para perjudicar económicamente a Estados Unidos, ha llegado a afirmar el controvertido jefe de estado, quien no pocas veces se desautoriza a si mismo metiéndose a hablar de materias en las que es lego absoluto, apelando a su propia experiencia en los campos de golf.

Johann Geyer, Globo aerostáticoJohann Geyer, Globo aerostático © 2017 by Agnews, London

Ni un papio (o babuino) se comportaría como lo hace Trump, concluye mordazmente el profesor de ciencias biológicas y neurología de la Universidad de Stanford, Robert Sapolsky (1957), tampoco citado en la muestra, una autoridad en la investigación antropológica y primatológica, autor de diversas obras científicas, entre ellas El estrés, el envejecimiento del cerebro y los mecanismos de muerte neuronal; El problema con la testosterona: y otros ensayos sobre la biología de la condición humana; y Memoria de un primate.

Los que sostienen que el problema no es tan grande, aunque no se animan a afirmarlo en voz alta, se sienten confirmados por Trump. Tan es así que en muchos lugares del orbe se diluye la fuerza política necesaria para cambiar rápidamente el sistema de suministro de energía, reduciendo la combustión de carbón, petróleo y gas natural, a fin de disminuir las emisiones de gases a la atmósfera.

Es todo tan infumable lo que está ocurriendo en el planeta que uno se pregunta forzosamente para qué sirve todo este teatro en torno al rescate del clima global. No sería mejor que, tras 22 intentos los políticos honestos dijeran: está bien. Ahorremos sencillamente una gran cantidad de dióxido de carbono (CO2) y no volemos más a la conferencia de Bonn.

Un paso así sería, por supuesto, espectacular. Dar un portazo puede ser muy satisfactorio desde el punto de vista emocional. Pero desgraciadamente esto no detiene el cambio climático. El clima no espera hasta que la Humanidad se ponga realmente de acuerdo en cambiar su conducta destructiva; todo lo contrario. Estamos frente a una emergencia. La Tierra tiene fiebre y la fiebre aumenta, señala por su parte el ex vicepresidente de Estados Unidos Al Gore, Premio Nobel de la Paz 2007, éste sí citado en la exhibición.

Si no hubiera más encuentros internacionales como el de Bonn, los gobiernos ocultarían, reprimirían, desplazarían, postergarían aún más el problema y con ello harían más difícil todavía una solución en el futuro. Porque en el algún momento, cuando las condiciones del tiempo estén fuera de quicio (¡y este es el peligro!!!), solo ayudaría la aplicación de drásticas medidas para aplacar su descontrol.

Realmente, la conferencia de Bonn, por más enervante que ella sea, es hoy más que nunca necesaria, también para Alemania que pretende autodefinirse como salvadora del clima mundial. Es cierto que el gobierno alemán desempeña un buen papel en el escenario internacional; urge regularmente a alcanzar objetivos ambiciosos y financia en el sur programas medioambientales útiles, prácticos, sensatos.

Pero cuando se trata de hacer algo en la propia Alemania, su balance es vergonzoso. También en este país se está muy lejos de alcanzar los objetivos de reducción de los gases de efecto invernadero que contribuyen al recalentamiento de la Tierra y la superficie de sus regiones marinas y por ende al cambio climático. Las emisiones de los vehículos automotores son demasiado contaminantes, los productos químicos utilizados en la agricultura son nocivos para el medio ambiente, y el abastecimiento de energía demasiado dependiente del carbón y de los combustibles fósiles.

Para Alemania puede ser especialmente importante esta conferencia sobre cambio climático, porque cuando sesionen sus delegados en Bonn transcurrirán en Berlín las negociaciones para la formación de un nuevo gobierno de coalición democristiana-liberal-verde (los colores negro, amarillo y verde de la bandera nacional de Jamaica) bajo la égida de la canciller Angela Merkel. La opinión pública internacional que desde hace tiempo tiene muy entre ojos al país anfitrión puede dar un decisivo empujón a los responsables de estas conversaciones.

Que los Hombres (y también sus gobernantes) necesitan a veces de esos impulsos es una teoría que ha sido distinguida precisamente con el Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel hace pocos días. El galardonado de este año fue el estadounidense Richard Thaler (East Orange, Nueva Jersey, 1945), de la Universidad de Chicago, conocido por sus aportes teóricos a la economía conductual. Thaler ha demostrado lo que ya sabíamos intuitivamente desde hacía largo tiempo: para cambiar nuestra conducta tenemos que recibir un empellón, firme, aunque suave y agradable para hacer lo apropiado, lo correcto, lo acertado; de tal forma que constatemos que lo incorrecto es de por si desagradable. Esto y no otra cosa ocurre con la protección del clima, y pasa también cuando, lamentablemente, se intenta abandonar sin éxito el vicio de fumar.

August Strindberg, Ola VI (1901-02)August Strindberg, Ola VI (1901-02) © 2017 by Nordiska museet Foto: Birgitt Brånvall

Seguramente a Donald Trump le da igual un envite de este tipo. Mas a muchos otros no. Si la conferencia reafirmara globalmente que desea proteger el clima y hace algo para ello --por ejemplo si la mayor economía de la Unión Europea diera el ejemplo avanzando con solidez en la decarbonización (reducción o supresión de combustibles fósiles, reemplazándolos por fuentes sustentables, renovables de energía en los sistemas y procesos de producción y aprovechamiento energético)--- aún no estaríamos fuera de peligro, pero habríamos dado un paso adelante en esa dirección.

Make our planet great again, reza uno de los lemas grabados sobre una de las paredes en la sala que alberga a la estación número 12, al final de la exposición; esta consigna fue acuñada por el presidente de Francia Emmanuel Macron en uno de sus discursos más recientes, parafraseando de forma constructiva un enunciado mezquino, pancista y nacionalista por todos conocido.

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