Alemania

Figuras espectrales

Juan Carlos Tellechea
lunes, 30 de octubre de 2017
Düsserldorf, viernes, 20 de octubre de 2017. Deutsche Oper am Rhein/Düsseldorf . Wozzeck, ópera en tres actos y 15 escenas de Alban Berg, con texto de Alban Berg inspirado en el drama Woyzeck, de Georg Büchner en la edición de Karl Emil Franzos. Régie Stefan Herheim. Escenografía y vestuario Christof Hetzer. Iluminación Phoenix (Andreas Hofer). Vídeo fettFilm (Torge Möller, Momme Hinrichs). Dramaturgia Alexander Meier-Dörzenbach. Intérpretes: Bo Skovhus (Wozzeck, soldado), Camilla Nylund (Marie, su amante), Corby Welch (el tambor mayor), Cornel Frey (Andrés, soldado), Matthias Klink (el capitán), Sami Luttinen (el médico), Katarzyna Kuncio (Margret), Thorsten Grümbel (obrero), Dmitri Vargin (obrero), Florian Simson (un loco). Extras de la Deutsche Oper am Rhein. Chor der Deutschen Oper am Rhein; Akademie für Chor und Musiktheater, preparados por Gerhard Michalski. Kinderchor (Coro Infantil) preparado por Justine Wanat. Orquesta Düsseldorfer Symphoniker. Director musical Axel Kober. 100% del aforo.
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En el siglo XIX esta ópera habría durado al menos cinco horas, si alguien hubiera tenido el coraje de componerla, basándose en un material de tanta actualidad, tan realista y fragmentario como el de la obra de teatro inconclusa Woyzeck, del dramaturgo alemán Georg Büchner. Si todo lo que pasa en Wozzeck, de Alban Berg, se hubiera llevado al formato romántico --musical, escénica y psicogénicamente hablando-- la historia habría necesitado mucho más tiempo para su desarrollo y habría sido extenuante. Wozzeck, en tres actos y 15 escenas, dura una hora y 45 minutos. Pero, parece como si Alban Berg hubiera calculado los tiempos y el ritmo con una precisión de relojero suizo. El público permanece en vilo desde el principio hasta el fin; reclinado en su butaca, no se anima siquiera a mover un cabello. Es tal la presión que el espectador queda anonadado por las escenas que tiene ante sus ojos. No se trata de una novela de horror, sino de una tragedia tan dramática que llega hasta el límite de lo soportable.

 La nueva producción que he presenciado en la Deutsche Oper am Rhein de Düsseldorf, con la régie del noruego Stefan Herheim (Oslo, 1970), es fantástica, supera todo lo visto hasta ahora, y me animo a vaticinar que puede convertirse en la mejor versión operística de la temporada 2017/2018 en Alemania y el área de países de habla germana.

La orquesta Düsseldorfer Symphoniker, bajo la batuta de Axel Kober, ha cumplido una labor sobresaliente, al igual que los intérpretes, el barítono danés Bo Skovhus (un Wozzeck imponente y sin forzar para nada su voz), así como la soprano finlandesa Camilla Nylund (una impecable, servicial y magistral Marie en su modulación, intensidad y altura), ambos impactantes. Pero todo el elenco ha sido maravilloso: el tenor helvético Cornel Frey (el soldado Andrés, brillante), el estadounidense Corby Welch (el tambor mayor, viril hasta los tuétanos), el alemán Matthias Klink (el capitán, convincente en su respetabilidad), el bajo finlandés Sami Luttinen (el médico, a la medida en su papel de científico sin emociones), la mezzosoprano polaca Katarzyna Kuncio (Margret), el loco de Florian Simson, y los obreros Thorsten Grümbel y Dmitri Vargin. Los coros de la Deutsche Oper am Rhein y de la Akademie für Chor und Musiktheater, preparados por Gerhard Michalski, así como el coro infantil, a cargo de Justine Want tuvieron asimismo una magnífica labor e impresionaron mucho por su precisión.

La Deutsche Oper am Rhein venía planeando y preparando esta producción desde 2009. Herheim dirige Wozzeck por primera vez en su ascendente carrera (entre 1994 y 1999 se formó con Götz Friedrich, en Hamburgo), pero la impronta que ha dejado, el hito que ha marcado será muy dificil de superar por algún otro regisseur, al menos en esta generación.

La versión de Herheim nos lleva a la tristemente célebre ciudad tejana de Huntsville, baluarte de la pena capital en Estados Unidos. Allí, en la sala donde tendrá lugar la ejecución por inyección letal, el reloj marca las 7 (o las 19 horas, comienzo de la función), están presentes el cura, el capitán, el médico y el equipo de funcionarios encargados de la ejecución; detrás de una ventana de cristal el público, testigo del acto, presencia impasible todo el ritual. Wozzeck recibe primero vía intravenosa el barbitúrico que lo llevará a la inconsciencia. A partir de entonces comienzan sus pesadillas; serán las últimas antes de morir. Instantes después circulará por su torrente sanguíneo la combinación de fármacos que lo llevará a la parálisis respiratoria y al paro cardíaco.Todas sus vivencias de los últimos meses pasan como relámpagos por su mente y la platea entera experimenta esas alucinaciones, esos delirios y angustias junto con él.

Herheim se permite ciertas licencias y trucos aceptados en el género. El hecho de que el regisseur haga soñar a un personaje para conseguir una nueva aproximación a la materia es absolutamente legítimo y usual en las artes dramáticas; ayuda al público a agudizar su visión, refuerza los detalles, y redirige a los reflectores (iluminación Phoenix/Andreas Hofer) desde un ángulo inusual para aclarar aún más la pieza. Un movimiento de ajedrez genial es asimismo la rectificación que hace del libreto de Berg: Wozzeck no muere ahogado en un lago, donde procura hacer desaparecer la navaja, el cuerpo del delito, sino ejecutado, lo que se aproxima más al drama de Büchner, quien basó su fragmento en un hecho real: el asesinato por celos de una viuda y la ejecución del autor del crimen, Johann Christian Woyzeck, decapitado por el verdugo en el cadalso erigido en la plaza del mercado de Leipzig en 1824.

Es ésta una ópera comprimida. Pero como ocurre con un diamante, la gigantesca presión a la que es sometido conduce a su transparencia. Alban Berg evita los estereotipos operísticos (Herheim subraya este aspecto con su versión y se distancia notablemente de otros directores escénicos); se concentra en la seriedad del tema (la inevitable dureza y explotación de los pobres, fenómenos presentados de forma brutal y sin compromisos) y en la caracterización de las situaciones con técnicas musicales claramente definidas.

Son fantasmas, figuras espectrales las que danzan esta tarde en torno al esquizofrénico Wozzeck; seres deformados que se van asemejando a él paulatinamente. Lo miran socarronamente, se burlan de él, lo maltratan, Todos, incluso su amigo Andrés, le ponen, al término de cada escena, una navaja en la mano. Así, empuñando la filosísima y aviesa hoja, Wozzeck no puede hacer otra cosa más que matar a Marie. Antes presenciará muchas cosas que lo humillarán. Pero también los espectadores experimentarán tristes acontecimientos. Cada vez que el coro canta Somos los pobres, se encienden las luces en la sala de la ópera.

Quien lea los complejos análisis y no conozca la música, el estilo desafiante, persuasivo y de gran calidad de Berg, no podrá creer que esta pieza pueda atraparlo a uno de inmediato. Las imágenes y el vídeo que ilustran este artículo le darán al lector una idea de lo que allí ocurre. Sorprendentemente, la ópera soporta muy bien el salto en el tiempo que arriesga de forma consecuente Herheim en medio del pandemonio que se produce sobre el escenario (Christof Hetzer).

Minutos antes de ingresar a la sala de la Ópera de Düsseldorf conversábamos con una espectadora sobre las fortísimas impresiones que uno recibe siempre con Wozzeck, cualquiera sea su producción. Y nos despedíamos sin desearnos una alegre velada, porque como es de sobra sabido no puede ser una tarde de júbilo. Con toda excelente versión de Wozzeck, que él denominaba melodrama, a uno se le hace un nudo en la garganta. La pieza tiene todas las peculiaridades, en extremo atormentadoras, de una buena y siniestra obra de suspense en la que se enseñorean la desgracia, el infortunio y la desdicha. Es esta una ópera para ver con los oídos y escuchar con los ojos.

En la cuarta escena del segundo acto se ve a los dos obreros alcoholizados; uno de ellos improvisa una prédica sobre la vida. Wozzeck observa consternado cómo Marie se entrega danzando al tambor mayor. El reiterado primer trío es verdaderamente una elaboración coral para cinco voces. Como el trío es parte central de un scherzo, y el scherzo un movimiento sinfónico, arribamos aquí a una sinfonía oculta. Ésta conforma todo el acto y tiene cinco movimientos, entre los que se cuenta, dicho sea de paso, una fuga en la segunda escena (Fantasie und Fuge über drei Themen). A los efectos da igual que uno no lo sepa. Pero para otros compositores la construcción hubiera conducido a un atasco. Sin embargo, Wozzeck gana aquí en dramatismo y en transparencia.

Lo que está por encima o por debajo, lo percibimos con los oídos, pero no con los ojos. Vemos todo simultáneamente de forma muy nítida, la borrachera, el baile, los celos, la orquestilla sobre el escenario. En ningún rincón queda nada sin exponer. Todo es abordado por Alban Berg, hasta el más mínimo detalle; une lo interior y lo exterior con una claridad en la que no se le escapa nada. Y todo lleva finalmente a la catástrofe. Es el destino, la fatalidad. Antes del asesinato por celos la música se encuentra en la tonalidad de si como punto crucial de la conversación entre el hombre y la mujer. Tras el falsete sarcástico de Wozzeck en la palabra fiel aumenta el glissando en las cuerdas. como si se produjera un ascenso del nivel de la adrenalina. Durante los suaves acordes que suenan en los besos los metales pronuncian ya la sentencia de muerte.

El arrebato pasional es siempre parte ineludible de la construcción del drama y tematiza de la forma más elevada de la consciencia la ruptura de la identidad del yo, como lo experimentara Alban Berg en la Primera Guerra Mundial. La música misma es una ruptura con sus muecas y distorsiones. Cómo hace para permanecer límpida, cómo logra condensarse en la claridad...esto es lo que hace de Wozzeck una obra moderna.

Cuando fue estrenada en 1925 la crítica se despachaba consternada y acremente contra Wozzeck, tildándola entonces de ópera espantosa. De aquel edificio de la armonía construido durante siglos no había quedado piedra sobre piedra tras el debut. En realidad, aquella crítica suena hoy a elogio bien merecido. También así se puede describir positivamente a esta obra.

El desprecio que sienten Büchner y Berg por Wozzeck es potenciado por el regisseur noruego de forma todavía más conmovedora. La platea entera siente y comprende las pesadillas y las humillaciones que soporta el protagonista. No hay nada de verdadero o de falso en este teatro o en este carnaval de la vida, sino el sufrimiento sin fin del ser, desde el nacimiento hasta la muerte.

Por último al médico y al capitán se los ve encaramados sobre el techo de la sala de ejecuciones disfrazados de inocentes angelitos, con alas grotescas, razonando nada menos que sobre la muerte. ¡Vaya cinismo!!! El reloj marca entonces las 7 (19) y 5 minutos. Toda la escenografía se abre y los personajes en línea avanzan hacia el público con Wozzeck en el centro. Las luces se encienden y el duende desaparece. Los aplausos y ovaciones del público se prolongan casi sin fin; innumerables veces se abre y se cierra el telón. La producción de Stefan Herheim es inolvidable, magnífica, memorable por lo excelente. ¡Enhorabuena!!!

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