Reportajes

À la recherche du temps perdu

Eliana Cabrera
jueves, 26 de octubre de 2017
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Comenzó el pasado viernes 20 de octubre el XVI Festival de Música Antigua de La Laguna. Es un festival breve, con seis citas a lo largo de dos fines de semana. Es un festival breve y extremadamente concurrido, con gente que se queda paseando por el claustro del convento al no encontrar dónde sentarse en la sala. El octubre lagunero suele ser amable en esa ciudad “patrimonio de la humedad” y a veces, como forma alternativa de fruición artística, vale la pena pasar el resto de la velada apreciando las formas arquitectónicas mientras llegan al oído exóticas armonías y timbres de otras épocas. Los conciertos, al menos desde que sigo el festival, suelen elegir dos espacios laguneros a tono con la música: las salas del exconvento de Santo Domingo de Guzmán y el idílico patio de los cipreses del exconvento de San Agustín, este último elegido para algunos de los conciertos matinales. Así es también este año.

Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo.

Alejandra Pizarnik, Endechas (fragmento)

Sigo conciertos y festivales de música antigua desde hace veinte años y me gusta pensar que el festival lagunero no es un mal festival. Es humilde, breve, pero sólido, suele ofrecer un concepto coherente y denota una exigencia de calidad. Son conciertos de “música antigua” realizados en una región que esta música europea la vio, igual que Latinoamérica, sólo a partir del siglo XV. El espacio en estos festivales suele ser una parte de la sugestión historicista, y no puede negarse que el espacio lagunero es altamente sugestivo: las calles que han conseguido salvarse a la barbarie de la especulación inmobiliaria (aunque no de los letrerosde tiendas y bancos) reflejan todavía su antigua belleza colonial.

En el espacio sobrio, casi metafísico, del exconvento de Santo Domingo de Guzmán tuvieron ya lugar dos conciertos. El primero, L'amore. Paseo Histórico por la cuerda pulsada, estuvo a cargo de Carlos Oramas, quien intercaló a las piezas musicales una serie de breves presentaciones organológicas, amenas y atinadas, en torno a los instrumentos utilizados, la vihuela, la guitarra barroca y la tiorba, instrumentos con los que fue sucesivamente interpretando su programa (obras de Luis de Narváez, Luis de Milán, Francesco Canova da Milano, Johann Hieronymus Kapsberger, Bellerofonte Castaldi, Francesco Corbetta, Santiago de Murcia, Gaspar Sanz y un autor anónimo del siglo XVII, de origen no bien definido, con cifras para arpa, en un arreglo moderno para tiorba). Fue un concierto a baja voz, preciosista y delicado como solo puede ser un concierto para vihuela, guitarra barroca, tiorba.

Del concierto del sábado noche, Reminiscencias, fue protagonista el pianista y compositor Gustavo Díaz-Jerez, quien interpretó obras del siglo XX con un fuerte contenido de reflexión y paráfrasis de la música antigua: Le tombeau de Couperin de Maurice Ravel, Passacaglia Ungherese de György Ligeti y Suite Op. 80 de Alfred Schnittke (en una versión para viola d'amore). Un buen programa: una mezcla curiosa entre el barroco exhuberante, netamente francés, de Ravel y la sonoridad seca y árida del pasacalle húngaro para clave de Ligeti.

Además tuvo lugar el estreno de una obra del mismo Gustavo Díaz-Jerez, Sonata à cinque para viola d'amore, flauta de pico, continuo, vibráfono y clave (la cursiva es del original). Del título no entendí la sustitución del violonchelo por la palabra “continuo”, ya que su función no parecía atenerse a la del continuo barroco (que habría debido entonces incluir también al clave), ni tampoco entendí la tilde de la “a” en una parte del título que parece escrita en italiano. Podrían considerarse detalles pero creo que desde La fuente de Duchamp los títulos de las obras en arte contemporáneo tienen una importancia. Es evidente que la función precisa de estos dos elementos del título es la de citar irónicamente los nombres que reciben las obras de música antigua: títulos descriptivos del contenido (qué forma musical, cuántos instrumentos), de épocas en que el concepto de “obra” era muy diferente al nuestro (esos títulos en los que dudas, cuando los escribes, sobre si es necesario o no usar la cursiva, si deben escribirse en el idioma original o conviene traducirlos). Pero esto no quita que el público actual, y particularmente un público exigente como el que suele venir a festivales de música antigua, perciba antes los (presuntos) errores que la ironía, o peor aún, que la (presunta) ironía se vea obstaculizada por los errores.

Por otro lado, la música que correspondía a ese título era fresca y sorprendente y jugaba de manera inteligente con las reminiscencias de la música antigua. Y ahí sí, el título, no de la obra, sino del concierto, aparecía ingeniosamente. Como oyente familiarizada con las oberturas de la música francesa del XVII o con las suites de Johann Sebastian Bach, con las cadencias y armonías de la música antigua, me vi continuamente arrastrada por un fluir de luces a seguir, de un cuadro a otro, los reflejos, las citas, las reminiscencias. Porque las citas de acordes y timbres de la música antigua se configuraban como la puntuación que da forma a un texto que fluye con sonoridades ajenas, esas “luces” de las que hablaba, un fluir de figuras, de volúmenes, realizados con una polifonía de timbres suspendidos, como en resonancia libre, como activados por simpatía. La flauta, el vibráfono, la viola d'amore, el clave y el violonchelo (interpretados, además de por Díaz-Jerez, por Sviatoslav Belonogov, Francisco José Hernández, David Barrera y Carlos Llácer), se conjugaron con un carisma delicado y vivaz. Fue una experiencia sorprendente.

No me detengo en detalles sobre la “ejecución”, no me detengo en los detalles memorísticos de lectura de la partitura o la calidad retórica del intérprete. Gustavo Díaz-Jerez es un pianista extraordinario y Carlos Oramas es un intérprete estupendo. Ambos conciertos fueron eventos interesantes y irrepetibles.

Los estrenos y obras de música contemporánea en festivales que tienen como eje la llamada “música antigua” me parecen una introducción muy fructífera, en línea con uno de los tópicos del arte contemporáneo (y de la historiografía del arte contemporáneo), que con frecuencia ha tendido puentes entre el arte medieval y la vanguardia. Se trata de una operación extremadamente interesante: estos estrenos son textos que, en sí mismos, también constituyen una interpretación, en sentido hermenéutico, de la música antigua y, en definitiva, son capaces de construir un discurso sobre la historia de la música - en una tradición musical como la europea, donde la historia tiene tanto peso. La obra contemporánea comenta la práctica antigua, reflexiona sobre ella. Un festival italiano, Il nuovo l'antico, de Bolonia, define de este modo su propuesta, a través de una contraposición radical entre lo antiguo y lo moderno: este año, por ejemplo, estuvo dedicado a Karlheinz Stockhausen, ofreciendo una propuesta que mezclaba el sonido de la tiorba con la electrónica, con invitados como La Venexiana, La Compagnia del Madrigale, o Philippe Herreweghe y obras de veinte compositores, de los cuales siete compositores vivos (cuatro aportan obras de encargo al festival); entre ellos, ninguna mujer. Exceptuando el último detalle, me parece una línea a seguir.

Nuestro festival continúa hasta el próximo fin de semana su programa, con obras de 48 compositores entre los siglos XVI y XVIII (ninguna mujer, excepto, quizá, el anónimo del siglo XVII con cifras para arpa) y 15 intérpretes (de los cuales tres son mujeres). En unos programas que incluyen obras totalmente excéntricas con respecto al canon, las figuras excéntricas de las compositoras podrían tener mayor espacio. Me gustaría poder escuchar un concierto tan bueno como el del sábado con obras de una compositora barroca como Elisabeth Jacquet de la Guerre. Y, ya que Virginia Woolf nos habló de la hermana de Shakespeare, ojalá el próximo año podamos escuchar en este estupendo festival paralelo también algún estreno de Dori Díaz-Jerez.

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