Suiza

Todas las Toscas la Tosca

Agustín Blanco Bazán
viernes, 10 de noviembre de 2017
Zúrich, miércoles, 25 de octubre de 2017. Opern-Haus. Tosca, melodrama en tres actos con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa y música de Giacomo Puccini. Regisseur: Robert Carsen. Escenografía y vestuario: Anthony Ward. Anja Harteros (Tosca), Brian Jagde (Cavaradossi), Marco Vratogna (Scarpia), Valery Murga (Angelotti), Pavel Daniluk (Sacristán), Martin Zysset (Spoletta), Ildo Song (Sciarrone), Claire Schurter (pastor), Donal Thomson (carcelero) Orquesta Filarmónica de Zürich y coros de la Ópera de Zürich dirigidos por Paolo Carignani.
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La régie vienesa de Margarita Wallmann para Tosca comentada por Enrique Sacau hace unos días es de 1957, dos años antes que naciera Maria Guleghina, la Tosca que este año extasió a Maruxa Baliñas en el Marinsky. La filmación del segundo acto con Callas que cambió la historia de esta ópera es más reciente: 1964. Y aún más joven es la producción de Robert Carsen del 2007 que acabo de ver en Zürich protagonizada por Anja Harteros, una chica de sólo 45, casi diez años más joven que Adrianne Pieczonka la Tosca que se paseó delante de Enrique en la puesta de Wallmann.

A diferencia de este honorable esperpento, la régie de Carsen es sin ángel ni cúpula de San Pedro en el tercer acto. Ello por la simple razón de que no ocurre en Roma sino en todos lados, porque éste es uno de esos repetidos modelos Carsen de teatro dentro del teatro. En el primer acto el “sacristán” está limpiando una platea de butacas frente a un escenario enmarcado a un costado por dos monumentales columnas y un telón de imponente brocado rojo. Sobre el final y una vez levantado el telón veremos una alegoría de oro barroco con una madonna parecida a Tosca, por lo menos a los ojos de un Scarpia. ¡Ah, sí, el eterno femenino: la Magdalena, la Attavanti, Tosca, etc. etc. En el segundo acto Scarpia recibe a sus víctimas en un escenario separado de la sala por el telón metálico de seguridad con la inscripción de “Vietato fumare.” En el tercer acto el telón de seguridad se ha levantado para dejarnos ver al fondo la negrura total de una sala en penumbra. Con esta negrura contrastarán primero el torturado Cavaradossi tambaleándose a la luz de espectrales focos proyectados desde las alturas de la sala. Y en esta misma oscuridad cósmica desaparecerá la diva para arrojarse hacia el foso imaginario del fondo de la escena más exultante que nunca verdaderamente “comme la Tosca in teatro.”

El comentario de Enrique en el sentido que en el caso de Tosca “no recuerdo experimento alguno que me haya dado satisfecho, ni representación pasada de moda que no me haya parecido adecuada” me tienta a responder que en mi caso, nunca salgo conforme de una función de ópera cuando ésta me satisface demasiado. Sin irritaciones, desavenencias o frustraciones frente a lo que veo en escena, el teatro deja de ser esa inyección de adrenalina que necesito para sentir la ópera como algo vivo. Y gracias a Dios, en esta producción no faltaron irritaciones, particularmente con la falta de iglesia en el primer acto, con lo cual tiendo a coincidir con la visión tradicionalista de Enrique porque si Cavaradossi no se confronta con la iglesia católica no hay Tosca que valga y la disociación con el texto fue casi insoportable. “¡Que imbécil eres! ¡Y como te repites! ¡Tú y tus hileritas de sillas teatrales como en la barcarola de esos cuentos cuentos de Hoffmann que hiciste para Paris” le dije a mi Carsen imaginario, que sentí al lado mío. Pero es esta misma irritación la que me estimuló a intensificar mi relación con el drama, mientras el imaginario Carsen me decía: “¡Que no, que no! ¡Que te estoy poniendo en un ambiente enrarecido para mostrarte algunos ribetes psicológicos de los personajes que ni Wallmann ni Zefirelli te muestran! Quédate un poquito conmigo y después puedes volver al Castel Sant'Angelo para fantasear pensando que Tosca se tiró de allí, como esos que van a ver la casa de un Sherlock Holmes inexistente en la londinense Baker Street! ¡Y después pasas por Sant'Andrea del Valle, a ver si encuentras una Magdalena tan horrorosa de la regie de Wallmann! Porque aún en una régie tradicional es posible poner una Magdalena en serio y no de estampita de primera comunión, ¿no te parece?”

¿Qué novedad logró incorporar Carsen a mi forma de ver Tosca? Varias cosas. Por empezar su régie de personas es contemporánea y mucho más realista que la de Wallmann al mostrarnos el amor y la muerte sin esos gestos operísticos de cine mudo, como por ejemplo el que arruina al Scarpia de Bryn Terfel en el Covent haciéndolo moverse como si fuera el Conde Drácula. El Scarpia de Carsen es un señor maduro y apaciblemente contenido en su relación con sus víctimas, bien cantado por Marco Vratogna, o mejor dicho bien fraseado, porque Scarpia es para mi un personaje donde el fraseo es igual o más importante que el canto (¡un poquitín como Boris Godunov!). Es precisamente la contención de este Scarpia la que nos hace temblar cuando se abalanza sobre su víctima con una violencia extrema antes de Vissi d´Arte. Y también Tosca es una mujer fuerte en esta producción, una diva dispuesta a matar por su amor desde el primer momento de su aparición en escena, cuando transforma su coqueteo con Mario en una intencionada advertencia contra cualquier rival. Nada, en este caso de esa coquetería boba que tan erradamente saca a la protagonista de contexto en la mayoría de las producciones, sino una mujer hecha y derecha de celos peligrosos y atrapada en un ambiente enfermizo. En cuanto a su relación con Scarpia, Tosca comienza fastidiándose con él en el primer acto, un poco como diciendo: “¡y encima que no encuentro a Mario se me aparece éste pelmazo!” Pero claro que se angustia al ver el abanico antes de salir ocultando sus lágrimas con unos anteojos oscuros, mientras firma autógrafos a sus fans.

En el segundo acto Harteros es la primera gran soprano que me hace acordar a una ilustre compatriota griega suya por su mezcla de pasión y violencia. ¿Recuerda el lector a Callas en la filmación del segundo acto en 1964? ¿Recuerda a Tito Gobbi, el Scarpia de aquella ocasión, diciendo que en un momento llegó a pensar que Callas le iba a quebrar el esternón con sus golpes de puño. Aquí advierto una retrocesión. Cuando Callas aún cantaba su dramatismo parecía actuar como un toque de atención para otras sopranos. Callas había superado a Tebaldi (la primera Tosca de la versión vienesa de Wallmann, dirigida por Karajan) y ya no era posible volver atrás. Después el personaje volvió a amanerarse para mostrar a la protagonista de rodillas como una gatita asustada frente a un Harvey Weinstein. Pues bien, Carsen no le hace cantar a Tosca su “Vissi d’arte” de rodillas como una gatita asustada sino que la pone de pie y apoyada junto a un muro mientras se levanta el escote sobre los senos que Scarpia ha querido arañar, para luego terminar frente al público como una verdadera diva, con su foco de luz propio y dejando a Scarpia en la penumbra. En la decisiva régie muda del final del acto, Tosca deposita el programa de mano de su concierto sobre su víctima y también una rosa roja extraída del ramo con el que ingresó a escena. ¿Querías el amor de la diva? ¡Pues ahí lo tienes! El aporte de Harteros y Carsen, y espero, el de otras Toscas, es reafirmar a este personaje no como una víctima sino la contrapartida de ese Scarpia que la diva sigue dispuesta a desafiar hasta el juicio final. Sus últimas palabras no son para Mario sino: “O Scarpia, avanti a Dio!”

En la régie de Carsen el retrato que estaba pintando Cavaradossi en el acto primero es un bastidor trasladado al escenario en el segundo. Scarpia lo desgarra con un puñal en un momento de frustración, y durante su “Vittoria!” Cavaradossi lo arroja al suelo, para que todos lo mancillen caminando sobre él. Pero el puñal que destruyó el arte de Cavaradossi sigue junto a la obra hasta que Tosca lo descubre. El cuchillito adquiere así un ribete de mítica lorquiana: primero es utilizado destruir la alegoría de Tosca pintada por Cavaradossi para luego ayudar a la mancillada a matar al destructor. “¡Con este cuchillito!” sentí que me susurraban al oído mientras veía el homicidio.

Maruxa Baliñas escribió que el Visi d´arte de la Guleghina es el mejor cantado que ha visto y un video confirma que ésta es una opinión a tomar en serio. Porque en Harteros extrañé el fraseo de ese descomunal “perché, perché Signore” de la actual decana de todas las Toscas. Pero es lo único que extrañé porque, en lo demás, Harteros, a despecho de algunas notas bajas que su registro aún lírico no le permite apoyar con la suficiente mezcla de firmeza y claridad de proyección, lo cantó y fraseó todo maravillosamente, con cálida densidad, y siempre apoyada en un passaggio firme y coronado con squillos de feroz penetración. Brian Jagde debutó en el rol de Cavaradossi como un tenor joven de voz de clarín e histriónica entrega actoral. Aún falta sutileza en su fraseo pero todo le es perdonable frente al antológico mezzo piano con que elevó su “E lucevan le stelle.”

Al frente de la excelente orquesta filarmónica de Zürich se lució Paolo Carignani con una lectura tan asertiva como sensible en el acompañamiento de los solistas.

Salí del teatro como uno debe salir siempre: medio cabreado contra el regisseur y pensando en lo que he visto, a ver si es posible incorporar algo a esa visión interna de cada ópera que todos tenemos adentro. Porque solo hay Toscas (o Aídas, o Traviatas o Bohèmes) ideales en nuestra mítica interna. Afuera solo existen muchas versiones que sólo valen si incorporan algo a nuestra percepción anímica del arte. Mi Tosca ideal son todas las toscas que lograron decirme algo, desde esa Regine Crespin daba escalofríos cuando le espetaba su “Quanto …Il prezzo! al ultra cínico Scarpia de Giuseppe Taddei, hasta el Scarpia que en el segundo acto de la régie de Jonathan Miller respondía a la ira de Tosca tirándose al suelo y besándole el zapato a la diva en medio de una escena de tortura tal vez demasiado cerca de testimonios de familiares y amigos. En el primer y tercer acto esa régie era una mierda pero valía la pena por el segundo. Y espero no ver nunca una Tosca ideal, porque si alguna vez digo “Tosca finalmente mia!”, el cuchillito del apelmazamiento y la conformidad me asesinarán como a Scarpia. Es por eso que prefiero seguir alimentándome de Toscas y regisseurs que cuanto más raros y neuróticos mejor. Siempre y cuando, claro, tengan algo interesante que decir.

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