España - Madrid

Viaje a la verdad

Jorge Binaghi
lunes, 19 de febrero de 2018
Foglia: Dead man walking © Javier del Real, 2018 Foglia: Dead man walking © Javier del Real, 2018
Madrid, sábado, 3 de febrero de 2018. Teatro Real​​​​​​​. Dead man walking (7 de octubre de 2000, War Memorial, San Francisco), libreto de T. McNally sobre la obra homónima  (1995) de Helen Prejean, y música de J. Heggie. Puesta en escena: Leonard Foglia. Escenografía: Michael Mcgarty. Vestuario: Jess Goldstein. Luces: Brian Nason. Intérpretes: Joyce DiDonato (Sister Helen), Michael Mayes (Joseph), Maria Zifchak (Mrs. De Rocher), Measha Brueggergosman (Sister Rose), Damián del Castillo (George Benton). Roger Padullés (Father Grenville), y otros. Orquesta y coro (director: Andrés Máspero) del Teatro. Pequeños cantores de la ORCAM (directora: Ana González). Dirección de orquesta: Mark Wigglesworth.
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Así como el cine recurrió a la ópera casi desde el vamos hasta los imponentes Visconti y Bertolucci (por nombrar sólo dos prestigiosos y de obra concluída), está muy pero que muy bien que ahora el cine sirva de alimento a la ópera. Y parece que con buenos resultados. Hace poco me tocó escribir sobre La ciociara de Tutino; ahora es el turno de Pena de muerte, el famoso film de Tim Robbins con Susan Sarandon y Sean Penn en los dos protagonistas aunque el punto de partida esté en el libro escrito por la Hermana Helen. Entretanto, no se podrá decir que el Teatro Real no ofrezca una programación equilibrada y variada del que podrían aprender varios teatros, no sólo en la piel de toro.  Y ha elegido bien este título, que tenía garantías para tener éxito como lo ha tenido (quizás incluso más que lo previsible o esperado). Menos mal.

Y no sólo se debió a la notable versión (con la misma puesta en escena que sirvió para la New York City Opera, de Leonard Foglia, incisiva y bien ambientada e iluminada, con un ritmo trepidante y una primera escena muda -la violación y el asesinato de la pareja joven que desencadena el drama- realmente muy lograda- y con una buena dirección de intérpretes que claramente creían en lo que estaban haciendo y diciendo), sino al texto de un amante de la ópera y experimentado hombre de teatro como McNally, con el detalle de que se podían seguir bastante bien las palabras gracias a la escritura musical, que no será revolucionaria (¿hace falta?), pero sigue la tradición norteamericana y la de músicos del siglo pasado como Britten, Ravel o incluso Strauss. No son ni mala compañía ni malos ejemplos que seguir. La idea de la ‘Ringkomposition’, o sea la estructura en que principio y fin se muerden la cola haciendo que las palabras del himno que canta Helen al principio con sus chicos desfavorecidos sean las mismas que canta tras la muerte de Joseph por inyección letal, no será algo novedosísimo, pero sí muy eficaz como lo ha sido desde Homero (que creo que tampoco lo inventó, pero esa es otra historia). 

También ocurre, como con La ciociara, que libretista y compositor tienen su propio ángulo de visión, no exactamente correspondiente con el del film (mucho más centrado en el problema de la pena de muerte -que aquí aparece como fondo latente-) y tal vez tampoco con el libro original. Aunque se insista en las interpretaciones y en algún momento del texto en que aquí se apunta sobre todo al tema de la redención (doble en todo caso porque si el asesino reconoce y confiesa y ‘se ablanda’, la monja también consigue abandonar su reserva y su rechazo por el crimen cometido y resolver, precariamente, sus contradicciones), tema que puede ser religioso o no, un no creyente puede ver todo el transcurso de la ópera como algo que se dice explícitamente y que he puesto en el título de esta reseña ‘a journey to the truth’. Y la verdad entendida como algo personal, biográfico y psicológico, pero también en un plano más general. 

Pasemos a la versión musical, de notable alto. Dirigió Mark Wiglesworth, a quien hacía mucho no veía, y que lo hizo con mano segura, quizás a veces exagerando algo los forte, pero en general en una más que muy buena labor, que se extendió a la Orquesta y el coro del Teatro, y al coro de niños de la Orcam.

Hay dos claros protagonistas, como en el film, la hermana Helen Prejean y el asesino que muere ejecutado al final, Joseph De Rocher (por desgracia, la historia es real). Pero hay también una coprotagonista, la madre del condenado. En realidad todas las partes tienen su importancia, están bien escritas para la voz, y existen arias, recitativos, dúos, hasta un concertante (los números solistas ‘disimulados’, no sea cosa de que tengan un final claro y a alguien se le ocurra aplaudir como en los viejos tiempos, pero hay dos de ellos, el primero el de la monja, el segundo el del condenado que se podrían extraer y cantar en un recital en vivo o grabado añadiendo algunos compases al final). 

Joyce Di Donato estuvo espléndida en la Hermana Helen, y el vibratello que se observa en su registro agudo aquí no empaña en nada su prestación; ocasionalmente, hacia el final, sonó más a mezzo que en otras ocasiones. Queda por verla en óperas más ‘tradicionales’.

A igual nivel puede situarse su ‘antagonista’, el barítono Michael Mayes, de buena voz, físico notable y muy buen intérprete (si ninguno de los dos llega a Sarandon o Penn es porque ellos tienen, además y sobre todo, que cantar, y carecen de los diversos planos de enfoque). Ambos ovacionados, y con justicia. 

Maria Zifchak fue una notable madre (aunque me parece más soprano que mezzo), muy intensa y muy aplaudida. La siguiente en importancia es la Hermana Rose, confidente y ‘voz de la conciencia’ de la protagonista, muy bien interpretada por Measha Brueggergosman (en general, en algunos roles como éste, la tesitura es muy aguda, y tal vez podría no serlo tanto). Fue también, en lo que les he visto, la mejor interpretación de Roger Padullés (el sacerdote de la cárcel), Damián del Castillo (el alguacil) y Toni Marsol (excelente Owen Hart, el padre de la muchacha víctima del asesino). Fue lástima que Vicenç Esteve (Boucher, el otro padre) tuviera menos parte. Las madres respectivas fueron una buena María Hinojosa, muy exigida también en el agudo, y Marta de Castro (con intervenciones menos importantes, pero correcta). Enric Martínez-Castignani se está convirtiendo en un muy necesario característico, aquí en dos papeles: el policía que casi multa a la hermana (simpático) y el desagradable primer guardia. El segundo guardia fue un sólido Tomeu Bibiloni.  Hubo otros papeles menores bien resueltos (Celia Alcedo y Marifé Nogales en otras dos monjas, Pablo García-López en el mayor de los hermanos pequeños de Joseph y Álvaro Martín -de los pequeños cantores- en el menor). También hubo un nutrido grupo de actores excelentes, de los que destacaron los dos que representan a la pareja de asesinados que aparecen incluso desnudos, como queda dicho, al principio, sin música, en una escena muda y reaparecen en los sueños de Helen (eran Diana Samper y Manuel Palazzo). Había mucho público, muy atento (casi nada de caramelos, pocos ruidos y ningún celular) y muy entusiasmado.

Ahora bien, hay una numerosa producción estadounidense por estrenar (no sólo en la Península Ibérica), y tal vez sería conveniente comenzar por la de más edad, al menos en obras sin duda importantes como Susannah, Vanessa o Regina -por ese orden…..

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