Italia

Manon de Massenet, Manon Lescaut de Puccini: segunda parte, resultado 1 a 0

Andrea Merli
lunes, 29 de abril de 2002
Trieste, domingo, 7 de abril de 2002. Jules Massenet, Manon. Libreto de Henri Meilhac y Philippe Gille (1884). Ivan Stefanutti, Dirección escenica, Escenografia y Vestuario. Claudio Schmid, Iluminación. David Miller (Le Chevalier Des Grieux), Stefania Bonfadelli (Manon), Alfredo Daza (Lescaut), Giovanbattista Parodi (Conte Des Grieux), Aldo Orsolini (Guillot de Morfontaine), Armando Gabba (Brétigny), Maria Ingarashi (Poussette), Alessandra Canettieri (Rosette), Mina Blum (Javotte). Orquesta y coro del Teatro Comunale G.Verdi de Trieste. Director: Daniel Oren. M° del coro: Marcel Seminara. Aforo. Localidades: 1000. Ocupación: 100%
0,0001772 Todo lo contrario en Trieste, donde la partida la partida fue jugada con un doble 'equipo' y un único, insustituible 'entrenador', el director de orquesta Daniel Oren. El Maestro israelí es, como sabemos, un especialista de la música que abarca los dos siglos, XIX y XX, con una sensibilidad muy marcada hacia el repertorio francés. Sus versiones de Manon, en Roma con Kabaivanska y Kraus y de Werther, siempre con el inigualable Don Alfredo en Parma, además de imborrables en la memoria de un servidor, pueden considerarse más que modélicas, históricas. El mismísimo Kraus confesó que nunca había tenido por director en sus dos operas-fetiche a una persona tan inspirada, sensible a las razones del canto, íntimamente compenetrado con sus protagonistas que siempre ha sabido arropar, sostener y alentar desde el podio con un gesto claro, con la mirada enfocada y cantando -él, que fue voz blanca y ahora sería un barítono- toda la partitura. Pero, además, Oren supo galvanizar a la orquesta -la de Trieste pareció transfigurada, tanto en los arcos como en las maderas- y transmitir al publico una electrizante vitalidad con la que subrayó no solo el elemento sentimental y brillante de Manon si no mas bien su innegable sensualidad erótica. Todo hay que decirlo, Oren tiene un concepto teatral de esta ópera que le lleva a seguir esa filosofía que fue, en su día, del grande Gavazzeni: ejecutar los cortes que la tradición 'italiana' conlleva. Es decir, la ópera se ofreció, como ya es usual en Italia, en versión original, con los hablados estilo opera-comique, pero con el corte de la edición traducida, que restan mucha música original y que, de hecho, suprimen toda la escena -dramáticamente tan significativa- del Cour la Reine, utilizando el estratagema -al disponer de una soprano lírico-ligera- de sustituir el llamado vals de l'or de la escena primera del cuarto acto, la que se desarrolla en el Hotel de Transilvanie, con la mas llamativa, por su coloratura y dificultad, gavota del Cour la Reine.Pudo contar, eso sí, con una doble pareja de excelentes protagonistas a lo largo de diez funciones. A la que personalmente asistí, que fue la última en un teatro por fin repleto de publico gozoso y generoso (¡18 llamadas al escenario a la fin del espectáculo, son para Italia un autentico hito!) el domingo dia 7 de abril, cantaba la soprano titular: Stefania Bonfadelli. Su entrada en la posada fue como un soplo de zefiro en primavera. Preciosa en su sencillo traje liso color verde acqua, rubia, diminuta, delicada dio prueba enseguida de su maestría con una ejemplar ejecución de 'Je suis encor tout etourdie' jugada con dominio total de la messa in voce, de etéreos pianísimos, de una coloratura explotada con extrema naturalidad en las carcajadas que sonaron como cascabeles de plata. Su Manon procedió en un ideal crescendo dramático, tanto en la vertiente infantil y coqueta, cuanto en la mas dramática del último acto, cuando el arte del Bel canto debe ceder a las razones del sentimiento. Tan solo en la escena de la seducción, en el claustro de San Sulpice, una mayor vehemencia y transporte de actriz hubiesen terminado por completar un cuadro que, por ser en su debut, ya pareció magnifico.Pero la autentica sorpresa fue el tenor -dicho por uno que es krausiano di giurata fede y que todavía se acuerda con emoción de su 'idolo', genial Des Grieux... ¡en italiano!, sobre las mismas tablas en un ya lejano 1973, acompañado por la también fantástica 'Manon' de Maria Chiara- que, en esa función, era el del segundo reparto. Un rubiales americano veinteañero, que ya pasó por la Scala de Milan al lado de Montsita Martinez Caballé cantando West Side Story de Bernstein y del que no se tenía ningún recuerdo. Pues fue lo que se dice: llegar y triunfar. A la perfecta adecuación escénica, puesto que la indiscutible presencia física se sumó la habilidad de actor, presumiblemente madurada por su frecuentación con el 'Musical', y un estilo de canto absolutamente impecable, lo que no dejó de ser chocante en un joven de 27 anos. El talón de Aquiles lo representa un color de voz desde luego no privilegiado, cierta nasalidad a la 'Sabbatini' en el agudo y un ligero vibrato, defectos los dos segundos que el tenor todavía estaría a tiempo a corregir si tiene la suerte de encontrar un buen maestro. Pero ya así, puro y crudo, supo emocionar el auditorio trazando un Chevalier Des Grieux al que todos, desde un principio, nos encariñamos, pues supo trasmitirnos la desenfrenada juventud en el arrollador 'A Paris tous les deux', matizar con sencillez y ternura el precioso 'sueno' del segundo acto, desencadenarse en el dúo de San Sulpice (¡con que realismo besaba a Manon, el muy aprovechado!) y llegar a conmover cuando en el final entonó, desesperado, la pregunta de su amada 'N'est-ce plus ma main que cette main presse?'.Hay que gastar dos palabras sobre la producción, concreta en su coherente en su concepto tradicional, firmada in toto por Ivan Stefanutti, regista y escenógrafo que trabaja mucho en Trieste y en los teatros de bajo presupuesto. Y con mucha honra, porque sacar un buen espectáculo aprovechando escenas de otras producciones (de propia firma, por supuesto: aquí vimos unas columnas que ya habían hecho su debut en El conde de Luxemburgo y un fondo que parecía hermano al de una pasada edición de Rosemarie) es mucho más meritorio que hacer bodrios con presupuestos multimillonarios. En escena vimos todo lo que se tenía que ver: la posada de Amiens con la diligencia de Harras, la habitación de los enamorados en Paris, con sus ventanas y la 'petite table', una iglesia opresiva con sus velas y altar en San Sulpicio, etc. etc. Y una puesta en escena sin sobresaltos, pero como Dios manda, sin variaciones de época, intenciones psíquico-filosóficas y pornografía barata.Sobre los demás cantantes, que en el mejor de los casos fueron solventes, no se quiere aburrir el lector, comentando sencillamente que justificaron con razón los cortes aportados por Oren.
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