Italia

El mito fundador de la ópera

Jorge Binaghi
lunes, 2 de abril de 2018
Shechter: Orphée et Euridice © Brescia y Amisano, 2018 Shechter: Orphée et Euridice © Brescia y Amisano, 2018
Milán, sábado, 17 de marzo de 2018. Teatro alla Scala. Orphée et Euridice (2 de agosto de 1774, Académie Royale, París), libreto de P.-L. Moline según R. de’ Calzabigi y música de Ch. W. Gluck. Puesta en escena: Hofesh Shechter y John Fulljames. Escenografía y vestuario: Conor Murphy. Luces: Lee Curran. Coreografía: Hofesh Shechter. Intérpretes: Juan Diego Flórez (Orphée), Christiane Karg (Euridice), Fatma Said (Amour) y la compañía de danza Hofesh Shechter. Coro (preparado por Bruno Casoni) y. Orquesta del Teatro. Dirección: Michele Mariotti
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He estado mirando a ver si encontraba alguna crítica anterior para no escribir los datos comunes y me he quedado de piedra. Al parecer, aparte de una reposición dirigida por Gardiner y con la parte escénica resuelta por Wilson en la lejana época en que el Châtelet parisino hacía cosas interesantes, que no consigo encontrar (a lo mejor porque no había comenzado a escribir para MC), hace mucho tiempo que no veo una reposición, en cualquiera de sus versiones, de la magna obra de Gluck que volvió al mismo tema que la de Monteverdi logrando revitalizar y reformar de nuevo el género. Ahora tal vez estemos esperando a Godot para una nueva vuelta de manivela….

En realidad prefiero la versión italiana por más breve (el ballet final contiene magnífica música, pero no es muy teatral que digamos) y porque prefiero una mezzosoprano (o un contratenor contralto, no cualquiera de los varios que hoy circulan), pero no soy insensible a las bellezas de la revisión francesa y a las cualidades que puede exhibir y poner al servicio del título un tenor. Si mis referencias en este aspecto se llaman Gedda o Simoneau, lo primero que debo decir es que Flórez no se queda atrás. Su francés es muy bueno, y se ve que cree en esta producción (que estrenó en Londres) y ha hecho lo que para mí es su interpretación escénica más convincente de todas las que le he visto.

Por supuesto que vocalmente el rol le queda bien e incluso hubo algún miembro de la audiciencia un tanto desilusionado porque los agudos ‘atléticos’ fueron muy pocos (y sólo cuando se lo pedía la partitura). Incluso aunque estuvo fantástico en las arias (no sólo en el único -injustamente- fragmento famoso, el lamento por la nueva pérdida de la esposa: ‘J’ai perdu mon Euridice’) y en el dúo con la resucitada encontré aun más memorables sus recitativos. En cualquier caso me alegra que uno de sus papeles ‘nuevos’ le caiga tan bien y sin duda mejor que otros.

Pero no ha sido la presencia del divo peruano la que por sí sola magnetizó a un público que hasta ahora -se puede ver por la cronología en el Teatro- se había aburrido bastante con una obra tal vez respetada, pero no amada ni preferida (como ocurre en todas partes, por otro lado). Al parecer de un éxito algo reservado en la primera función se fue corriendo la voz sobre el espectáculo en su conjunto. Que es muy bueno, esencial, con excelentes luces, una coreografía que me resultó muy convincente en los momentos tristes o infernales, y menos en los felices o paradisíacos. Sobre todo se luchó contra el estatismo (que Wilson acentuaba con buenos resultados, pero no estos) y el principio del tercer acto, el gran dúo entre los esposos, tuvo una carga dramática y una expresividad infrecuentes sin traicionar el estilo.

Cosa que tampoco ocurrió, aunque algunas críticas lo señalaron, con la sobresaliente dirección de Mariotti, que no sólo demostró que se puede hacer un Gluck muy expresivo con una orquesta ‘moderna’ (no soy un fanático de los instrumentos ‘de época’ porque sí, y de haberlo querido así la Scala cuenta con Fasolis, su grupo, y los profesores que se están especializando en esa clase de instrumentos; si no lo hizo es porque la apuesta -para mí absolutamente válida y correcta- fue otra), en una miríada de matices, dosificaciones dinámicas, un ritmo cerrado y enérgico que no excluía la sensibilidad y la belleza instrumental, y eso que lo tenía bien difícil por la colocación de la orquesta (detrás de los cantantes, en el escenario, y subiendo y bajando durante la representación, o sea, en el mismo plano, pero también más arriba y más abajo). Un gran maestro con una gran orquesta y un coro que sigue justificando su bien ganada fama (los aplausos a su director, Casoni, son siempre reforzados y clarísimos, y muy merecidos).

Queda por decir que las dos sopranos, Karg y Said, lo hicieron muy bien, la primera mucho mejor que en alguna otra ocasión que me ha tocado oírla en un papel muy distinto y seguramente más comprometido. La segunda es una líricoligera estilo soubrette, totalmente adecuada para el Amor, y su voz llegaba perfectamente aunque no es de gran volumen y el color resulta, obviamente, algo blanco. Lleno absoluto en el teatro, silencio atento (no hubo casi celulares que sonaran o intentaran hacer fotos -algunos sí y me tuvieron que tocar delante, con lo cual enseguida se acabó el festín de selfies y otros visto que hay todavía algunos ancianos atrabiliarios que protestan o golpean el hombro del espectador, según las nuevas reglas debería poner ahora también ‘espectadora’, y aquí sería más correcto- no necesariamente joven que procura documentar su asistencia al magno evento), y muchos y merecidos bravos al final para todos y durante el aria del tenor.

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