Italia

Los méritos estuvieron en la parte musical

Jorge Binaghi
lunes, 7 de mayo de 2018
Mazzonis: I Lombardi ... © Ramella y Giannese, 2018 Mazzonis: I Lombardi ... © Ramella y Giannese, 2018
Turín, domingo, 22 de abril de 2018. Teatro Regio. I lombardi alla prima crociata (Milán, Teatro alla Scala, 11 de febrero de 1843). Libreto de T. Solera (del poema homónimo de T. Grossi) y música de G. Verdi.  Dirección escénica: Stefano Mazzonis di Pralafera. Vestuario: Fernand Ruiz. Escenografía: Jean-Guy Lecat. Intérpretes: Giuseppe Gipali (Arvino), Alex Esposito (Pagano), Lavinia Bini (Viclinda), Angela Meade (Giselda), Antonio Di Matteo (Pirro), Francesco Meli (Oronte), y otros. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coros: Andrea Secchi). Director: Michele Mariotti.
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Aunque hace poco vi Jérusalem en el Festival Verdi de Parma, el origen italiano de esta ópera,  I Lombardi, la cuarta de Verdi y última en mucho tiempo en estrenarse en la Scala, sólo la había visto en el ya lejano 2005 en Florencia. Ambos títulos son siempre un acontecimiento y sería interesante -en un Festival, claro está- verlos juntos porque explicarían muy bien no sólo la ‘evolución’ del genio de Verdi (y su actitud cuando escribía para Italia o para París), con la superioridad dramática y musical de algunos momentos de la obra ‘francesa’, sino el valor de la excitante espontaneidad e invención melódico del título original, más breve, menos unitario y homogéneo en lo dramático, más ‘primitivo’ en caracterización de personajes y ‘refinamiento’ musical, pero tan -todavía hoy- inmediato en su efecto en el público. No hay que olvidar, además, que, pese a que el texto se inclina obviamente por los cruzados al principio y al final, en su mitad, y en la gran aria de Giselda del segundo acto en concreto, nos encontramos con una protesta enfervorizada al comienzo y fin de la tremenda cabaletta con sus repetitivas negaciones (‘No! Giusta causa-non è d’Iddio’…., ‘No, Dio no’ l vuole’) contra las matanzas indiscriminadas de los ‘infieles’. 

Del Regio (del anterior, el destruido por la guerra) faltaba desde 1926; de la ciudad, en versión de concierto, desde 1957.

El espectáculo, una coproducción con la Opera de Lieja, lleva la firma del director general de la misma, y es, digamos, casi inexistente en cuanto a marcación (cuando lo es, o hace reír, como los movimientos de una parte del coro durante la escena de Arvino en el tercer acto, que parecen una burla de la música, o no se entiende, como cuando al final de las visiones de Giselda aparece un mudo Pagano para llevarla de la mano no se sabe para ni por qué ni adónde, o el final de la ópera donde -mensaje tal vez de unidad de las religiones que el texto desmiente- aparecen herejes y cristianos -los primeros y sobre todo las primeras con sus vestidos absurdos- para cantar loas al invencible Dios de la victoria).

Los méritos, considerables, estuvieron todos en la parte musical. Por empezar en la dirección absolutamente maravillosa de Mariotti, que sabe dosificar perfectamente los ardores del joven Verdi con los momentos reflexivos, líricos, dolientes y las expansiones de los números de conjunto sin perder una sola vez de vista el escenario y las necesidades de los cantantes. Dio la medida exacta del genio de Verdi en este primer momento aunque eso le significó beber agua todo el tiempo y terminar bañado en sudor (la temperatura exterior era abrumadora para la época aunque en el Teatro era adecuada). La batuta es precisa, ágil, y se nota que ha estudiado la partitura hasta el último detalle, como es habitual en él, y eso que era la primera vez que dirigía el título. La orquesta le respondió como debía y se mostró en gran forma, con un premio especial (durante el espectáculo y al final del mismo) para el concertino Stefano Vagnarelli que se distinguió en la larga y maravillosa introducción del gran trío -una especialidad de la casa que Verdi intentaba por primera vez con rotundo éxito). También estuvo muy bien -vocalmente, no hablemos de su actuación de la que no fue responsable- el coro preparado por Secchi, que también tuvo su momento de gloria en el genial ‘O Signore, dal tetto natío’, que está en la estela del  más famoso ‘Va pensiero’, sin cederle en mucho. 

Se aplaudió mucho durante la obra y al final, y merecidamente. Esposito debutaba en el protagonista, tan problemático como personaje como en lo vocal: estuvo soberbio, del agudo al grave, aplomado para un rol bien difícil, y fue el que estuvo más cerca de hacer creíble su Pagano-ermitaño.

Meli tuvo un problema en la mitad del aria más conocida de la ópera, ‘La mia letizia infondere’, pero lo superó merced a la técnica. Antes y después cantó espléndidamente, con ese timbre tan bello y su capacidad para los matices (la peluca que tuvo que llevar fue algo así como una agresión, pero fácil de olvidar). Ni es un gran actor ni lo pretende, y Oronte además no lo necesita. También era un debut. 

No era un debut (al menos en lo vocal) la Giselda de Meade, triunfadora absoluta de la velada. Sin quitar méritos a sus dos compañeros y al maestro, fue objeto de demostraciones de admiración durante la representación y al final, y muy merecidamente. Asusta decir ‘perfecta’, pero en realidad así sonó. Voz igual en todos los registros, bella, de gran extensión y enorme volumen, afinación, técnica, estilo, tan cómoda en los momentos de recogimiento (qué pianísimos y ‘messe di voce’ en el ‘Salve Maria’ y ‘Se vano è il pregare’, para no hablar del trío ‘Qual voluttà trascorrere’) como en los de arranques de pasión (la cabaletta antes mencionada y la escena de la visión), capaz de las agilidades más complicadas y los agudos más tremendos. No se mueve mucho, pero cuando lo hace tiene sentido. No se entiende por qué los teatros (empezando por los del sur de Europa) no cuentan más con ella en vez de infligirnos mediocridades o algo menos que eso.

Gipali tiene un rol coprotagonista difícil e ingrato, y estuvo discreto (al parecer no se encontraba del todo repuesto de un problema de salud). De los comprimarios destacaron netamente Bini y De Pirro, que hicieron añorar que las partes respectivas fueran tan cortas. 

El público casi colmaba la sala y, como he dicho, fue muy receptivo. Ahora que el Teatro parece estar a punto de enfrentar momentos muy difíciles es de esperar que, por el bien de todos, pueda continuar con su labor. Una reposición de este nivel justifica una temporada. 

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