DVD - Reseñas

Chaicovsqui en cuerpo y espíritu

Raúl González Arévalo
martes, 8 de mayo de 2018
Piotr Illich Chaicovsqui: La dama de picas, ópera en tres actos (1890) con libreto basado en el cuento de Aleksander Pushkin. Misha Didyk (Hermann), Alexey Markov (Conde Tomsky / Zlator), Vladimir Stoyanov (príncipe Yeletsky), Andrei Popov (Chekalinsky), Andrii Goniukov (Surin), Mijail Makarov (Chaplitsky), Anatoli Sivko (Narunov), Larissa Diadkova (la Condesa), Svetlana Aksenova (Lisa), Anna Goryachova (Polina / Milovzor). Nieuw Amsterdams Kinderkoor. Coro de la Ópera Nacional Holandesa. Real Orquesta del Concertgebouw. Mariss Jansons, director. Stefan Herheim, director de escena. Philipp Fürhofer, escenografía y vestuario. Bernd Purkrabek, iluminación. Misjel Vermeiren, director de vídeo. Subtítulos en ruso, inglés, alemán, francés, coreano y japonés. Formato vídeo: NTSC 16:9. Formato audio: PCM Stereo, DTS 5.0. Grabado en la Ópera Nacional de Amsterdam (Países Bajos), entre el 9 de junio y el 3 de julio de 2016. CMajor 743908. Distribución en España: Música Directa. 
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La eclosión del DVD está contribuyendo de forma decisiva al conocimiento y difusión del repertorio ruso en Occidente, reflejando su mayor presencia sobre los escenarios. No se trata solo de Eugenio Onegin y Boris Godunov, se trata también de otras obras maestras como El príncipe Igor o, precisamente, esta Dama de Picas. Ya no son solo los directores rusos los que hacen su propio repertorio. Ni siquiera son los únicos que lo pueden hacer bien (imposible aquí olvidar las maravillosas lecturas que nos dejaron de las óperas de Musorgsqui Karajan o Abbado). Lo confirma también el hecho de que la mayoría de grabaciones en CD son anteriores al 2000, mientras que los DVD, nueve con este si no me equivoco, proceden casi todos del siglo XXI, lo que también es señal inequívoca de la popularidad de que disfruta el título. 

Onegin seguirá siendo la obra lírica más popular de su autor, merced a una mayor facilidad de montaje. Porque lo que es indiscutible es que La dama de picas es mucho más complicada. No solo requiere un director hábil para poner en pie el edificio sonoro que emerge de la orquesta, desbordando todos los sentidos. Se precisan, mínimo, dos intérpretes de gran carisma en cuerdas poco pródigas: la de tenor spinto o dramático y la de mezzo dramática. No en vano, Hermann está considerado el Otello ruso (de ahí que Plácido Domingo no se resistiera a su llamada), mientras que la Condesa es uno de esos personajes durísimos, que deben dominar la escena con su mera presencia, por más que sea corta, al estilo de una zia Principessa de Puccini o una Clytemnestra de Strauss. 

Este DVD lo tiene todo: director, orquesta, buenos cantantes y puesta en escena. Es una combinación siempre complicada, pero en este caso coinciden. Preferir esta versión u otras como las históricas del Bolshoi (Kultur 1983) o el Kirov (Philips 1992, antes de recuperar su nombre original, Mariinski) es una cuestión prácticamente de perspectiva histórica o incluso sentimental: las viejas producciones soviéticas o el soplo fresco que supuso Gergiev, frente a la mayor normalización del repertorio. 

Lo primero que llama la atención de la producción holandesa frente a las dos anteriores que he citado es la inclusión del propio compositor como un personaje más, superponiendo el argumento de la obra con el propio drama vital de Chaicovsqui al hacer patente su homosexualidad y el tormento interior que le produjo toda su vida. De hecho, la obra se inicia con un acercamiento erótico a quien resulta ser el protagonista, Hermann, que al rechazarle desencadena un desasosiego que continuará hasta el final, de modo que el suicidio de nuestro héroe es fiel reflejo del que muchos atribuyen al propio compositor (frente a quienes consideran que murió de cólera). No voy a discutir que puede distraer y complicar el seguimiento de la acción al espectador que no conozca estos datos, pero sí creo que si logra integrarlos obtendrá una perspectiva más rica del compositor y esta obra concreta. Por lo demás, la propuesta de Herheim, que traslada la acción un siglo más tarde, de Catalina la Grande a la época de la composición, en un escenario básicamente único, que tan pronto sirve como salón, dormitorio o sala de baile, funciona sin problema. La rica decoración y el vestuario reflejan bien la atmósfera de la rica burguesía y la nobleza de época zarista a finales del siglo XIX, y la dirección de actores logra una acción dinámica y fluida. 

Misha Didyk se atreve con un papel difícil, mítico, que ha conocido grandes encarnaciones previas. Imposible no recordar la huella de Galuzin, Atlantov o Grigorian, cuya sombra es alargada. Con todo, el tenor ucraniano tiene todas las cartas en regla: potencia, robustez en el centro, solvencia en el agudo, técnica suficiente para dominar la incómoda tesitura y resistencia, lo que le ha encumbrado, justamente, como el Hermann de su generación. Ha tenido ocasión de rodar el personaje y madurar su actuación, refleja implicación y busca matices sin atrincherarse en la desesperación, no se conforma con un canto musculoso. 

Svetla Aksenova es menos conocida, pero impresiona igualmente. No hace falta el torrente de una Turandot, al estilo de Gulegina, su Lisa se acerca más a la óptica de Freni: belleza de canto, conjuga firmeza y vulnerabilidad con economía de gestos, sin grandes aspavientos dramáticos. En la misma línea se sitúa la Condesa experimentada de Larissa Diadkova, cuya voz acusa el inevitable desgaste de una carrera importante, en la que ha rodado el personaje durante dos décadas y ha adquirido sabiduría para integrar el paso del tiempo en la dureza del personaje, con mayor sutileza -también por la menor opulencia vocal- pero no menor efectividad dramática que una Obratzsova, gracias a una comprensión profunda de su naturaleza. Para muestra, su gran interpretación del aria del segundo acto. Por último, si Anna Goryachova podía despertar alguna reticencia en Rossini, su Polina es sencillamente perfecta, más juvenil y menos matronal que la de Borodina. 

Los demás papeles masculinos están magníficos, comenzando por el gran Yeletsky de Vladimir Stoyanov, intachable en el aria del segundo acto. Además, el barítono asume la encarnación del compositor, de modo que está todo el tiempo en escena, lo que le permite desplegar una capacidad de actuación sobresaliente. Con una voz más oscura, el Tomsky de Alexey Markov roza igualmente la perfección gracias a un dominio escénico absoluto y una gran prestación vocal. Andrei Popov y Andrii Goniukov componen un Tchekalinsky y Surin perfectamente compenetrados. 

El reparto está magnífico, pero no cabe duda de que su excelencia se ve realzada gracias a la dirección de Jansons y la prestación de la Orquesta del Concertgebouw. Orquesta y director son uno, gracias a la complicidad adquirida durante años. Ambos ponen de relieve tanto la finura de la orquestación concebida por Chaicovsqui como su cuidado desarrollo dramático, intachables en los tiempos y el trabajo con las voces. En particular la calidez y el lirismo de las cuerdas son insuperables. En la misma línea, el coro, tan solicitado en esta obra, mantiene un altísimo nivel. 

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