Reportajes

Festival de Dresde 2018 (II): Chelistas en el bosque 

Agustín Blanco Bazán
lunes, 21 de mayo de 2018
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Para recibir a Isserlis tuvimos que irnos aún mas lejos del centro, porque la convocatoria fue en las ruinas del palacio barroco de verano ubicada en los idílicos Grossen Garten (grandes jardines). También bombardeado en la noche de fuego y furia del 13 de febrero de 1945, la reconstrucción del edificio se detuvo luego de haber terminado un techo que permite experiencias camerísticas en un sugestivo ambiente de paredes descascaradas. Y como allí Schumann estrenó sus Escenas de Fausto, ¿qué mejor lugar para recibir un Isserlis cuya admiración por Schumann lo ha llevado a escribir un libro con comentarios sobre Consejos para jóvenes músicos escrito por el compositor? 

Para la ocasión Isserlis eligió las Tres romanzas op. 94 para oboe, o “ad libitum, para violín o clarinete” según reza el título de la primera publicación de la partitura. Como otros chelistas, Isserlis extendió el libitum a su instrumento transcribiendo la obra una octava mas baja y también en esta oportunidad el resultado me pareció una mejora sobre el original. Y sobre todo con este instrumentista, porque Isserlis es de la raza de Jacqueline Dupré: toca con todo su cuerpo e interioriza lo que toca para incorporar al público a una experiencia que siente debe compartir con él. Es así que las romanzas sonaron, ni mas ni menos, de acuerdo a las instrucciones del compositor: simples, interiorizadas (Einfach, Innig) con una expresividad en los cantábiles tan recóndita como para hacer del chelo casi una voz humana. Similarmente sensible fue el acompañamiento Connie Shih, una pianista que también siente lo que interpreta. 

Luego de este auspicioso Schumann interpretado en la penumbra de una sala semiderruida, Isserlis y Jan Vogler dialogaron sobre los Consejos para jóvenes músicos y los comentarios del libro de Isserlis pero, ¡ay!, se alargaron mucho, en dos idiomas, con traducción sucesiva del inglés al alemán y sin preocuparse por intercalar nuevos números musicales. “¿Pero es que van a seguir hablando sin tocarnos algo mas?” tronó desde el fondo un espectador. Vogler explicó con profundidad alemana la importancia de experimentar no sólo la música sino las ideas de un compositor. Isserlis en cambio recogió el guante con la desparpajada bonhomía de un artista espontáneo hasta la médula: “¿Quieren más música? ¡Bien!” Y volvió a traer su chelo para interpretar, completa, la Suite para chelo nro. 5 de Bach. Lo hizo, confesó, por primera vez sin preparación previa. Tal vez por eso mismo le salió tan bien, no como un Bach severamente sesudo y reconcentrado sino una improvisación impuesta por las circunstancias. El preludio inicial evolucionó como una mágica semicadencia a un fugado libre de tensiones. Y con la misma espontaneidad siguió hasta el final, con una Sarabande preñada de intensos interrogantes puenteados por las exuberantes gavotas y resueltos en una simplísima y conmovedora Gige final. Siguieron de dos pequeñas piezas adicionales de Schumann, terminadas las cuales Isserlis anunció que no nos dejaría volver al bosque circundante en una noche ya estival, sin regalarnos El canto de los pájaros de Casals. Sospecho que, como yo, más de uno corrió al bosque, olvidándose de comprar el libro de este interprete tan empático con su público. 

¿Dresden Urbi et Orbi? 

Sospecho que a Vogler no le hace mucha gracia el mural del Kulturpalast. Según él, en la Alemania del Este donde él creció, el festival “era  pura propaganda para mostrar el ´maravilloso´ talento cultural de la República Democrática Alemana”. Pero aún cuando las cosas hayan cambiado radicalmente, la redactora del Spiegel hizo honor a la fama de su publicación con algunas preguntas incómodas, por ejemplo: ¿es posible definir a la Dresden actual como “una ciudad abierta al mundo” (otro lema del Festival)? Después de todo es en Dresde donde reside la “Liga de patriotas europeos contra la islamización de occidente” o PEGIDA. Vogler: “Pues bien, tal vez Dresden no es todavía una ciudad abierta al mundo…pero el Festival sí, y ésto hasta el extremo.”

Y así parece acreditarlo la programación de un Festival que incluye desde el coro Monteverdi y the English Baroque Soloists dirigidos por John Elliot Gardiner hasta el estreno mundial de La Pasión de Buda, una ópera china compuesta por Tan Dun, y  María de Buenos Aires de Piazzolla. También hay conciertos gratuitos en lugares públicos y una mayoría de artistas y conjuntos extranjeros integrados a programaciones de una temática inteligente. José Cura, por ejemplo, fue invitado para cantar lied de Boero y Ginastera y no “E lucevan le stelle” y Joyce di Donato, acompañada por Il Pomo D’Oro, agrupará obras de Bach, Berlin, Britten , Byrd, Ellington y Simon and Garfunkel bajo el lema de “En guerra y paz. Armonía a través de la música”.  

En guerra o en paz, Dresde me conmueve como una ciudad en lucha contra las sombras de pasados y presentes que siempre parecen entrometerse entre su belleza arquitectónica y un pasado musical que bordea con lo mítico. Y lo mas atractivo de su festival es precisamente esta lucha, este esfuerzo por redimir una tradición compleja en una diversidad vibrante.

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