España - Madrid

Sonidos de ayer y de hoy de la Filarmónica de Berlín

Fernando Peregrín Gutiérrez
martes, 19 de junio de 2018
Simon Rattle © Monika Rittershaus Simon Rattle © Monika Rittershaus
Madrid, jueves, 7 de junio de 2018. Auditorio Nacional de Música de Madrid. J. Widmann: Tanza auf dem Vulkan (Danza en el volcán), obra encargo de la Stiftung Berliner Philharmoniker, estreno en España. W. Lutoslawski: Sinfonía nº 3. J. Brahms, Sinfonía nº 1. Orquesta Filarmónica de Berlín. Sir Simon Rattle, director. Concierto extraordinario de Ibermúsica. Aforo: completo
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Tras 16 años ha concluido la etapa de Sir Simon Rattle como director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín y director artístico de la Philharmonie, la sala berlinesa que es su sede. Para cerrar este período, orquesta y director han realizado una gira que empezando en el propio Berlín, ha incluido Londres, Viena (en la Grosser Saal del Musikverein, cuya acústica es espléndida para Rattle, si bien irregular, ya que depende de la localidad del oyente), Ámsterdam (la sala del Concertgebow es perfecta para Sir Simon, y su favorita), Colonia y Madrid.

Más que una reseña al uso del concierto recientemente escuchado en Madrid, me voy a detener en analizar qué queda del sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín (Abbado, en cuya era se produjo una importante renovación de los instrumentistas de la orquesta y una notable ampliación del repertorio, no pareció, empero, muy interesado en dejar su impronta sonora en lo que podemos considerar la programación básica de la orquesta en la era Karajan).

Antes de nada, dos observaciones. La primera es que hay que distinguir entre el sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín en grabaciones -sobre todo, las últimas digitales- y el que producían orquesta y director en su sede berlinesa y en los auditorios de renombrada calidad acústica, como el Musikverein de Viena o el Concertgebow de Amsterdam, en Europa, y el Carnegie Hall de Nueva York o el Academy of Music de Filadelfia, en Estados Unidos.

El sonido de las grabaciones de Deutsche Grammophon es para Rattle, y en eso hay que darle la razón, muy artificial, Se notan los amaños  que hay tanto en la toma de sonido como en el balance y en la ecualización. Es de sobra sabido que Karajan controlaba todo el proceso de grabación -era un apasionado y convencido promotor de las modernas tecnologías audiovisuales para la grabación y edición de conciertos y óperas; no olvidemos que se estima que se han vendido más de 200 millones de copias de sus grabaciones entre LPs, CDs, LaserDiscs, Video-casetes y DVDs- y que tenía en la mente un sonido muy determinado: un sonido rico, denso, exuberante, monolítico y opulento. Mas en las grabaciones se tiene la impresión de que el sonido está manipulado buscado un refinamiento, una cálida y plena grandeza en demasía que va más allá de lo que de suyo ofrece ese instrumento único y prodigioso que es la Filarmónica de Berlín. Es, valga la metáfora, como un diamante excesivamente tallado.

Esto nos lleva directamente a la segunda observación y es que, y según manifestación propia, Rattle siempre ha tenido unas sensaciones muy contradictorias tocante al sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín, Por un lado, Rattle decía haber sentido siempre -en vivo o en registro audio y vídeo- admiración y hasta fascinación ante un sonido tan perfecto, tan refinado y contundente; pero por otro, sentía cierto rechazo y hasta  repulsión por lo que él percibía como algo excesivamente controlado, excesivamente elaborado. En el caso de las grabaciones, Sir Simon dijo percibir un sonido de tal minuciosidad que en ocasiones resultaba relamido, amanerado. Además, Rattle comparó ese sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín con un Rolls Royce; y para enfatizar y aclara la imagen, sostenía que el sonido Karajan de su “otra orquesta”, la Filarmónica de Viena, era como un Ferrari, lleno de brío y garra, aunque reconocía que a veces aparecía el lado Ferrari de la Filarmónica de Berlín, como por ejemplo, en el asombroso álbum dedicado a la Segunda Escuela de Viena (Schönberg, Berg y Webern).

Las metáforas son en cierta forma, correctas. Mas, y como reconoce el propio Rattle, quien al parecer no creó esa metáfora sino que la tomó prestada de algún otro experto, el sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín tiene su faceta Ferrari. Y para hacer justicia del todo, no se puede negar que la Filarmónica de Viena, junto con su nervio aparentemente indomable que es fuente de adrenalina para la audiencia y la propia orquesta, tiene su vertiente Rolls Royce (a este respecto, no me resisto a pasar por alto lo que, según cuentan los instrumentistas vieneses, ocurrió durante un ensayo de la Cuarta sinfonía con Carlos Kleiber. El añorado maestro, al ver que no lograba el sonido que deseaba en una de las tan características transiciones de Brahms le dijo a los músicos asombrados que pensaran en un Rolls Royce deslizándose majestuosamente y con precisión de mecanismo de relojería por el césped recién cortado de un cuidado y aristocrático jardín inglés).

Quizá esto explique que el legado que deja Rattle en la personalidad sonora de la Filarmónica de Berlín, más que ser algo propio del maestro británico, sea un revisionismo de lo que él consideraba repelente del sonido Karajan de la orquesta. Sonido que tenía como otra característica muy importante, en opinión de Rattle, que era algo tan propio e innegociable para el maestro salzburgués que en vez de buscar el sonido adecuado a cada compositor, forzaba a todos los compositores a encajar en el sonido que tenía en mente.

A este respecto, es posible que Rattle exagere. Y tal vez confunda la personalidad, la idiosincrasia, el sonido propio y único que alcanzó la Filarmónica de Berlín durante la Era Karajan con la homogeneidad que dice apreciar en el estilo sonoro de todos los compositores que interpretaba Karajan. Lo cual no es muy exacto -aunque algo de razón tiene Rattle- y choca con el hecho de que la Filarmónica de Berlín ha sido siempre una formación muy dúctil y maleable, de gran flexibilidad, lo que se pudo apreciar en Madrid; mas tal vez no lo sea tanto como las grandes orquestas londinenses, célebres por su habilidad camaleónica para adaptarse al estilo del compositor que interpretan, según los dictados del director de turno.

Curiosamente, no cabe duda de que Karajan y la Filarmónica de Berlín han contribuido de forma importante al proceso conocido como la internacionalización de la idiosincrasia sonora de todas las orquestas. En efecto, lo que otrora se daba por hecho, esto es, que cada orquesta tuviese un sonido único e inconfundible, hoy día no es así. Es muy difícil distinguir a ciegas, salvo parciales y contadas excepciones, una orquesta de otra. Mas, ¿es esto deseable? Para Rattle y otros directores de orquesta de su generación, no debe existir el sonido Filarmónica de Berlín, ni el sonido Filadelfia, sino el sonido Mozart, el sonido Brahms, el sonido Mahler. Pero esto no es algo de hoy día, de la nueva generación de directores de orquesta. Ya Leonard Berstein, por ejemplo, decía que no deseaba que una orquesta sonara a ella misma, sino que lo hiciera lo más adecuadamente posible a las intenciones del compositor. Algo de esto se pudo apreciar durante la época de Abbado al frente de la Filarmónica de Berlín. El maestro italiano supo lograr, aunque no siempre, que el sonido de su orquesta fuese lo más fiel posible a lo que él entendía era la clase de sonido que requería cada compositor. Mas el resultado no siempre es el que dicen buscar los directores de orquesta, tal que Rattle y sus colegas, en esta era de la globalización, esto es un sonido para cada compositor, sino que se tiende a una estandarización del sonido de las grandes -y no tan grandes- orquestas de tal manera que las haga prácticamente indistinguibles unas de otras.

Empero, sea cual haya sido la contribución de Karajan y la Filarmónica de Berlín a la internacionalización del sonido de las orquestas, hay factores que han jugado, y están jugando un importante papel en eso que se ha llamado el “sonido Jet-Set”. Uno de ellos es que los conservatorios de todo el mundo, tanto de Oriente como de Occidente, compiten entre sí para ver cuál forma más instrumentistas altamente virtuosos. Otra, el intercambio de orquestas entre los grandes centros de música sinfónica sobre todo de Occidente: Nueva York, Londres, Berlín, París, Chicago, Viena, etc., que lleva a que los miembros de las orquestas estén al tanto del sonido de las demás, y que el público aficionado en los grandes auditorios de prácticamente todo el mundo en el que hay orquestas sinfónicas, acabe teniendo un gusto homogéneo.

¿Cuál es le situación actual de la Filarmónica de Berlín al finalizar la etapa de Sir Simon Rattle como director titular a la vista de lo que se ha podido oír la otra noche en Madrid? La orquesta conserva sin duda alguna unas características propias que vienen de la época Karajan. La primera que llama la atención es que suena como un gigantesco grupo de cámara. A ello contribuye algo que se asocia a esta orquesta, que es que los instrumentistas se escuchan atentamente unos a otros. Como consecuencia, no se puede hablar de focos o puntos de origen del sonido en ninguna sección de las cuerdas. Sobre todo en las muy numerosas de los primeros y segundos violines, donde el sonido parece emanar más que de uno o varios puntos separados, de un panel continuo de fuentes de sonido perfectamente sincronizadas de tal manera que se escucha un único sonido de una riqueza exuberante. Lo mismo ocurre con los contrabajos (ocho en este concierto) que no pueden sonar más al unísono (Rattle usa disposición orquestal con violines primeros a la izquierda del espectador y los segundos a la derecha, mas no sigue la distribución germana tradicional -que tanto gustaba a Brahms- con los violonchelos y contrabajos a la izquierda, estos en lo más alto del escenario). La concordancia sonora de violonchelos y contrabajos, algo esencial en la música de Brahms, ha sido siempre un rasgo característico de la Filarmónica de Berlín, y se evidenció espectacularmente en el Auditorio Nacional de Madrid.

La gran sincronización entre instrumentistas no se da sólo dentro de una misma sección, sino entre dos o más grupos o familias. Esta propiedad tan importante en una orquesta sinfónica, fruto de ese saber escucharse unos a otros, fue muy notoria en Brahms, aunque puede decirse que alcanzó su cénit en Lutoslawski, cuya Tercera sinfonía -una obra muy de la estima de Rattle-  sonó con tal propiedad que se podría tomar como un ejemplo del sonido más propio de este compositor. 

Otras dos características del sonido Karajan de la Filarmónica de Berlín que se han perdido en gran parte -pues no son del agrado de Sir Simon- son el vibrato en las cuerdas y el perfecto y asombroso legato del recordado director austríaco (Rattle llama a Karajan el “Emperador del legato”). Asimismo, y al faltar casi por completo el rubato en Brahms -algo difícil de entender- no fue posible comprobar qué fue del rubato vienés de Karajan, que la Filarmónica de Berlín interpretaba siempre como si de una orquesta vienesa se tratara (aunque no llega a la gozada que es oír los rubatos de la Filarmónica de Viena -cuyos músicos llevan el vals y la polka en las venas- surgidos del prodigioso y elegantísimo gesto de Carlos Kleiber; Rattle es por el contrario poco elegante y sus gestos, algo demasiado exuberantes y toscos).

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