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Bel canto se escribe con B de Bilbao

Jesús Aguado
viernes, 15 de junio de 2018
Anna Pirozzi © 2018 by Moreno Esquivel Anna Pirozzi © 2018 by Moreno Esquivel
Bilbao, sábado, 19 de mayo de 2018. Palacio Euskalduna. Vincenzo Bellini, Norma. Libreto de Felice Romani, basado en la tragedia Norma, ossia L’infanticidio de Alexandre Soumet. Anna Pirozzi, Norma. Gregory Kunde, Pollione. Silvia Tro Santafé, Adalgisa. Roberto Tagliavini, Oroveso. Itxaro Mentxaka, Clotilde. Vincenç Esteve, Flavio. Coro de Ópera de Bilbao. Boris Dujin, Director del coro. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Davide Livermore, Dirección de escena. Giò Forma Studio, escenografía, Mariana Fracasso, vestuario. Antonio Castro, Iluminación. Pietro Rizzo, dirección musical.
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Iba a empezar esta crítica comentando que últimamente Bilbao parece escribirse con b de bel canto, pero me doy cuenta de que el (lamentable, soy consciente) juego de palabras también podría formularse al revés: bel canto se escribe con b de Bilbao. Y es de justicia añadir que si el estilo se sirve tan bien como suele hacerse desde las temporadas de ABAO (Asociación Bilbaína– ¿o es Belcantista?– de Amigos de la Ópera), viva el bel canto, viva la ortografía y viva la ría del Nervión, ya puestos. Explico todo esto porque en mi círculo de (escasos) amigos se me conoce por abominar de las coloraturas en general y promover campañas a favor de la prohibición definitiva de cualquier cosa en forma de cabaletta, pero hasta un pobre escéptico como yo tiene que reconocer con humildad que, si se hace bien, el bel canto tiene algo especial que conquista al espectador más renuente y hace olvidar tantos argumentos disparatados y tantos momentos en que el espectador no sabe si toca batalla o verbena. La magia de la voz es poderosa, y cuando ese poder se manifiesta como nos ha acostumbrado ABAO, la única opción es la rendición.

Y si hablamos de bel canto, pocos títulos tan emblemáticos como la belliniana Norma, con la que se cerraba la temporada bilbaína. Los amores prohibidos e imposibles (e increíbles, pero no vamos a meternos en esos jardines) entre una sacerdotisa gala y un procónsul romano resultan casi prototípicos de esa dramaturgia romántica que inevitablemente concluye con la muerte de los protagonistas, sacrificando verosimilitud por emoción a raudales, emoción que se hace línea de canto y que consigue que se nos erice la piel y que nos creamos lo increíble.

Anna Pirozzi debutaba el papel de Norma, y el debut no puede ser más prometedor. Desde el punto vocal su interpretación fue prácticamente irreprochable, con una impresionante Casta diva, y tan solo un cierto embarullamiento en las coloraturas en la endiablada cabaletta tras la conocídisima aria, en la que tantas sopranos tropiezan. El resto fue un festín vocal, y las únicas pegas que se le podrían poner son en el terreno interpretativo, y fácilmente comprensibles en una primera aproximación al personaje: por muy bel canto que sea, Norma es un papel con mucha tormenta interior, y Pirozzi fue casi angelical en todo momento, seguramente demasiado angelical, pero sin duda con un mayor rodaje el personaje adquirirá ese empaque que redondeará una interpretación que ya a estas alturas fue sobresaliente.

Gregory Kunde, que en los últimos años tiene plaza fija en el Euskalduna, volvió a triunfar como Pollione, aunque su interpretación del sábado estuvo algo por debajo de las que le hemos escuchado en temporadas anteriores. En su aria de presentación tuve la impresión de que no se entendía demasiado bien con el director, y que cada uno intentaba imprimir un tempo diferente, haciéndole sonar un tanto forzado y con ciertos ataques, sobre todo en la zona más aguda, resueltos de manera algo tosca. Mejoró con el transcurso de la representación y estuvo mucho más brillante y acertado en el segundo acto.

El papel de Adalgisa está lleno de peligro, sobre todo para la soprano que interprete a Norma, que puede ver cómo la mezzo le roba la función. No fue el caso, porque Pirozzi estuvo estupenda, pero podría haberlo sido, porque Silvia Tro Santafé estuvo absolutamente espléndida de la primera a la última nota. Un color homogéneo, espectaculares agudos (y el papel de Adalgisa, pese a ser para mezzo, llega a agudos prácticamente de soprano), y facilidad para la coloratura, todo contribuyó a una espléndida interpretación de una magnífica cantante que, sorprendentemente, no parece estar teniendo la repercusión mediática que por sus intervenciones en Bilbao (ya causó una excelente impresión en el Roberto Devereux de hace dos temporadas, título en el que ya compartió protagonismo con Kunde y Pirozzi, quien también debutaba entonces el papel) debería merecer.

Roberto Tagliavini era Oroveso, el padre de Norma y jefe de los galos, ante cuyas mismas narices (las suyas y la de todos los galos) la sacerdotisa se las ingenia para mantener una relación amorosa con Pollione y tener dos hijos con él, hijos con los que vive oculta en un bosque por el que circulan galos y romanos como por un centro comercial la víspera de Navidad. Algo tosco en el primer acto, estuvo estupendo en el segundo.

Muy agradable como Clotilde la siempre eficaz Itxaro Mentxaka en un papel breve pero más lucido que los que suele interpretar en el Euskalduna, y muy correcto y agradable Vicenç Esteve como Flavio, el amigo de Pollione.

Estupendo, como siempre, el Coro de Ópera de Bilbao, dirigido desde hace tantos años por Boris Dujin, y también estupenda y también como siempre, la Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida en esta ocasión por Pietro Rizzo, quien hizo una lectura correcta de la obra, aunque tendió, en los momentos más espectaculares, a abusar de tempi exageradamente lentos, lo que le quitaba a la obra parte de su tensión dramática.

La producción, firmada por Davide Livermore y coproducida por ABAO, el valenciano Palau Les Arts y el Teatro Real de Madrid, es muy espectacular y brillante en ciertos aspectos, pero resulta agotadora en otros. La escenografía, de Giò Forma Studio, tiene prácticamente un único elemento escénico: una especie de gigantesco tronco por el que los personajes suben y bajan constantemente. La estructura se mueve por el escenario y gira, configurando así los distintos espacios de la obra. De frente tiene algo de gigantesca y totémica cabeza de toro, y en lo alto de la misma vemos por primera vez a Norma cantando la Casta diva. Un acierto, pues conecta fácilmente con ese mundo druídico del que la obra nos habla. La parte menos convincente de la producción viene por el lado de las proyecciones, todas ellas magníficamente realizadas, pero que llegaban a ser agotadoras. Nubes, niebla, velos al viento, símbolos druidas, todo se sucedía tanto en las pantallas posteriores como en la últimamente inevitable pantalla traslúcida que se interpone entre el público y la escena, que como recurso puntual puede ser interesante, pero que cuando se mantiene durante mucho tiempo provoca el efecto de ver la acción a través de un velo, un filtro que distancia de lo que está ocurriendo sobre el escenario. Las proyecciones, además, pese a estar impecablemente realizadas, como ya he dicho, se volvían a veces excesivamente literales, sirviéndonos imágenes de los propios protagonistas en primeros planos no excesivamente favorecedores, y sobre todo, reiterativos: prácticamente cada vez que Norma y Adalgisa hablan sobre Pollione teníamos al propio Pollione, es decir a un Gregory Kunde de unos siete metros de altura ocupando toda la vista, y resultando francamente excesivo.

Algún otro elemento también quedaba poco resuelto: en la obertura (habría que escribir algún artículo explicándoles a las nuevas generaciones que hubo un tiempo en que las oberturas eran momentos en que sonaba la música a telón cerrado; habrá jóvenes espectadores que pensarán que desde siempre pasan más cosas en los preludios que en el resto de la ópera) vemos a unos personajes, bailarines que supongo representarían a una especie de espíritus primigenios del bosque, que parecen observar con la misma extrañeza a romanos que a galos. Los vemos también, inmóviles, durante la Casta diva, pero luego prácticamente no vuelven a aparecer más que puntualmente, con lo que uno no puede evitar preguntarse qué pintaban allí. La obra empieza y termina con un gesto como de amenaza por parte de uno de los hijos de Norma: ¿es todo lo que vemos un recuerdo del niño? Tampoco llega a concretarse, y son demasiados cabos sueltos para una producción con elementos visuales muy brillantes, pero que no termina de asentarse. Frente a toda esta modernidad, el vestuario de Mariana Fracasso parecía salido de algún vídeo de una representación de Norma en los años cincuenta, todo túnicas pesadísimas y tocados rozando lo imposible.

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