España - Madrid

¡24 horas mintiendo!: pecado venial

Germán García Tomás
miércoles, 4 de julio de 2018
24 horas mintiendo © 2018 by Teatro de la Zarzuela 24 horas mintiendo © 2018 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, viernes, 29 de junio de 2018. Teatro de la Zarzuela. ¡24 horas mintiendo!, comedia musical en dos actos con música de Francisco Alonso y libreto de Francisco Ramos de Castro y Joaquín Gasa. Versión libre de Alfredo Sanzol. Dirección musical: Carlos Aragón. Dirección de escena: Jesús Castejón. Escenografía: Carmen Castañón. Vestuario: Ana Garay. Iluminación: Eduardo Bravo. Coreografía: Nuria Castejón. Reparto: Jesús Castejón (Casto), Gurutze Beitia (Casta), Enrique Viana (Amo Lolo), Estíbaliz Martyn (Totó), Nuria Pérez (Charito), Joselu Pérez (Ricardo), Raffaela Chacón (Ramona), Mario Martín (Fileto), Ángel Ruiz (Fernando), Cecilia Solaguren (Laura), José Luis Martínez (Bombardino), María José Suárez (Magdalena), Luis Maesso (Fernandito). Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 99%.
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Ambiente sumamente festivo el que se respiraba en el Teatro de la Zarzuela en el estreno de la última producción de la temporada tras la anulación por el actual Gobierno socialista del decreto de fusión del coliseo de la Calle de Jovellanos con el Teatro Real. Y qué mejor para animar la confianza restablecida del auditorio que la recuperación en tiempos modernos de una comedia musical de Francisco Alonso, uno de los mejores cultivadores de este género junto a Jacinto Guerrero, tras la puesta en escena de Luna de miel en el Cairo del propio Alonso que pudimos disfrutar en 2015.

¡24 horas mintiendo!, estrenada en plena posguerra española en Logroño y Madrid, es uno más de los ejemplos de revista lírica que venían a satisfacer la demanda de un público ávido de un género que resistía el envite de otros espectáculos populares (el cine, los musicales de Broadway…). Pese a la frivolidad e intrascendencia de su argumento, el maestro granadino lo dignifica mostrando una vez más su gran oficio e intuición teatral por medio de un rosario de melodías modernas, pegadizas y cuidadosamente instrumentadas en su estilo inconfundible, aunando todos los ritmos de moda del momento, tanto los importados desde el otro lado del charco en su doble vertiente americana, como el swing, fox, samba o ranchera, como los que ya formaban parte de la tradición lírica española, caso de los siempre obligados chotis, pasodoble o vals, y que le aportan el carácter netamente hispano a una obra escénica, como todas las de su autor en este género, ampliamente influenciada por el musical.

Aunque la obra vio la luz en 1947, esta versión libre de Alfonso Sanzol ha dejado al mínimo la trama argumental del libreto original, siendo innumerables, con su buena ración de morcillas, bromas y chistes fáciles para solaz del público, las referencias actuales a la corrupción política, el afán de dinero o el arte culinario. En su ánimo actualizador, se idean nuevas situaciones y contextos al ardid original del matrimonio formado por Casto y Casta y su familia de encerrarse durante un día en su domicilio para dar a entender a todo el mundo que se han ido de vacaciones por las mejores playas de Europa. Esa tan extendida vocación de ascenso social, la máxima del “quiero y no puedo” tan cultivada por Benito Pérez Galdós en sus novelas, se modifica aquí, siendo una gira por las Américas la causa del fingimiento de la ausencia de esta familia de artistas, así como el ensayo de una revista de variedades la ocupación principal durante su absurdo encerramiento, una fórmula, la del “teatro dentro del teatro”, que siempre suele funcionar bien, aunque aquí no se desarrolla tanto como otras veces.

He ahí la voluntad de justificación de números musicales inconexos con la trama, algunos de los cuales eran originariamente atribuidos a personajes femeninos episódicos. Y en línea con ello, los acostumbrados excesos teatrales de un gran comediante como es el camaleónico Enrique Viana se ven compensados en el recargado y ostentoso vestuario de su número estrella, “Bananas del Perú”, con que se cierra el primer acto, y cuya estética exótica y tropical nos recuerda la producción de El cantor de México debida a Emilio Sagi. Por otro lado, en otra muestra del exuberante vestuario de Ana Garay, no nos agradó especialmente la visión aflamencada de la bellísima romanza a ritmo de pasodoble “Claveles granadinos”, un número de mera españolada encomendado aquí al personaje de Doña Ramona.

Para dar forma a todo ello ha sido fundamental y acertada la labor escénica del veterano Jesús Castejón, hombre de estirpe teatral, y que como es acostumbrado en él, aporta ritmo, ligereza y movimiento a esta comedia repleta de enredos, malentendidos y situaciones inverosímiles tan del gusto de la época. Al lado de su encomiable labor como director de escena, regala un Casto en la línea de sus mejores caracterizaciones vistas en el pasado, y que, junto a la Casta de Gurutze Beitia, histriónica y descacharrante hasta sus últimas consecuencias, componen una pareja difícilmente superable de dudosa moralidad.

Y es que todo aquí está decididamente exagerado y pasado de rosca, un clima que alcanza carácter de astracanada con la llegada de la pareja de argentinos formada por unos impagables Ángel Ruiz y Cecilia Solaguren. Las únicas que viven en un mundo de ensueño y felicidad son las parejas jóvenes, cuya mejor desenvoltura tanto en el plano canoro como en el actoral han sido las féminas, unas encantadoras Estíbaliz Martyn y Nuria Pérez como Totó y Charito, llevándose esta última los más hermosos números melódicos, como el Fado (“Saudades de meu carinho”) o los duetos de carácter amoroso junto a Joselu Pérez (el slow-fox “En un instante así” y la marchiña “Si tú me quieres”).

El complemento ideal a los números bailables, de coreografía refinada y cuidada hasta el detalle a cargo de la hermana de Jesús, Nuria Castejón, es el Coro del Teatro, cuya sección femenina, y no es nuestra intención traer connotaciones de la época, otorga una sensual fragancia revisteril y de music hall. Desde el foso, la Orquesta de la Comunidad de Madrid comandada por Carlos Aragón suena a las mil maravillas para infundir luz y color a las melodías llenas de ritmo e inspiración que el maestro de Granada compuso tan sólo un año antes de morir y dejar huérfano al mundo de la lírica española al que contribuyó a enmarcar con letras grandes en todos sus géneros.

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