Francia

El ángel de fuego de Lynch

Jesús Aguado
miércoles, 18 de julio de 2018
L'Ange de Feu © 2018 by Festival d'Aix-en-Provence L'Ange de Feu © 2018 by Festival d'Aix-en-Provence
Aix-en-Provence, domingo, 15 de julio de 2018. Grand Théâtre De Provence. Serguéi Prokófiev. Огненный ангел (El ángel de fuego). Libreto del autor, basado en la novela homónima de Valéri Brioussov. Dirección de escena, Mariusz Treliński. Escenografía, Boris Kudlička. Vestuario, Kaspar Glarner. Iluminación, Felice Ross. Vídeos, Bartek Macias. Elenco: Aušrinė Stundytė, Renata. Scott Hendricks, Ruprecht. Agnieszka Rehlis, Bruja / Madre superiora. Andreï Popov, Mefistófeles / Agrippa von Nettesheim. Krzysztof Bączyk, Fausto / Heinrich / El Inquisidor. Pavlo Tolstoy, Jakob Glock / Un médico. Łukasz Goliński, Mathias Wissmann / Cabaretero / Mozo de hotel. Bernardetta Grabias, Dueña del hotel. Bożena Bujnicka, Primera joven. Maria Stasiak, Segunda joven. Justyna Bluj, Monika Buczkowska, Joanna Kędzior, Magdalena Stefaniak, Karolina Makuła, Justyma Szymkowiak, Seis jóvenes. Coro de la Ópera Nacional de Polonia. Miroslaw Janowski, director del Coro. Orquesta de París. Kazushi Ono, dirección musical.
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Me resulta difícil hacer una crítica de la representación de El ángel de fuego, de Serguéi Prokófiev. Me resulta difícil porque hubo cosas que me gustaron mucho, otras que no me gustaron nada, y porque, en general, tuve la sensación (y no es la primera vez que me ocurre en el festival de Aix-en-Provence) de que más que representar una ópera, lo que se había hecho era un examen en el que yo era el examinado, y la función de la prueba era determinar si soy lo suficientemente moderno. Me venía a la mente el personaje de Myrna Minkoff, la vanguardista e izquierdosísima amiga del protagonista de La conjura de los necios, lanzándole al público asistente a sus performances invectivas del tipo: “¿Está usted lo bastante comprometido para firmar mi petición?” ¿Estaré yo lo bastante comprometido? ¿Seré lo bastante avanzado para aceptar la propuesta escénica de Mariusz Trelińsk? (¿Seré lo bastante inteligente para comprenderla?).

Personalmente, creo que lo mínimo que se le puede pedir a una puesta en escena es que permita comprender la historia de la ópera que se representa, o al menos comprender la historia que el director de escena pretenda contarnos, sea o no la misma que el autor de la ópera originalmente ideó. Y la puesta en escena de Mariusz Trelińsk para El ángel de fuego, ópera muy poco representada y cuya historia es, por lo tanto, muy poco conocida, no permite, o por lo menos no ayuda, o incluso dificulta de manera deliberada la comprensión de lo que ocurre en escena. Pero eso no es óbice para que algunas de las imágenes vistas en el escenario del Gran Teatro de Provenza fueran realmente atractivas y perturbadoras. Además, la ocasión de presenciar un título tan poco representado, y el alto nivel musical general de lo que se escuchó ayer hacen que mi lío mental sea aún mayor. Intentaré deshacer este nudo, aunque confieso que aún no estoy seguro de si hacerlo con paciencia o cortándolo de un tajo con una espada, para que esta crónica no dure más que la ópera de la que habla.

El ángel de fuego es una ópera inusual en el repertorio, y el propio Prokófiev no llegó a verla estrenada en vida (la premiere teatral no tuvo lugar hasta 1955), pese a dedicarle a la obra y a su estreno considerables esfuerzos. Musicalmente hablando, es espléndida, compleja, electrizante en muchos momentos, casi recordando más a la sonoridad que asociaríamos con Shostacovich que con el Prokófiev de Pedro y el Lobo o la Sinfonía Clásica. El libreto, del propio autor, está basado en una novela homónima de Valéri Brioussov, vagamente autobiográfica, inspirada en sus tormentosas relaciones con una mujer, Nina Petrovskaya, amante a su vez de Andrey Bely, personajes clave los tres del simbolismo ruso de principios del siglo XX. Sin embargo, la historia que cuenta, pese a estar basada en sus personalidades, está llena de elementos místicos, mágicos y esotéricos. Es el personaje femenino, llamado Renata en la ópera, el que cobra mayor protagonismo, de hecho, es ella el centro de la historia. Situada en Alemania en el siglo XVI, Renata es una mujer que desde pequeña ha tenido visiones en las que se le aparecía un ángel, llamado Madiel, que la impulsaba a hacer buenas acciones. Cuando, al llegar a los dieciséis años, ella le pide al ángel que tengan contacto carnal, él se enfurece y la abandona, prometiéndole que volverá en forma humana. Renata cree reconocerlo en el noble Heinrich (trasunto de Andrei Bely), al que se entrega, pero que acabará abandonándola. Entonces conoce a Ruprecht (que sería el propio Valéri Brioussov, autor de la novela), un caballero errante (es ese momento en el que comienza la ópera, todo lo demás lo vamos sabiendo por las narraciones de ella) que quedará fascinado por la mujer y la ayudará en su intento de recuperar a Heinrich, al que llegará a retar a un duelo del que a duras penas se salvará. Renata, pese a confesar que le ama, le abandona para vivir en un convento, pero una vez allí, tras una serie de fenómenos extraños relacionados con sus visiones, y que acabarán contagiando su posesión o locura a todas las monjas, es condenada a morir en la hoguera por la Inquisición.

 

Ésta, más o menos, es la historia que nos cuenta el libreto que el propio Prokófiev escribió basándose en la novela original. Mariusz Trelińsk toma todos estos elementos y los rehace de manera bastante libre (y, en mi modesta opinión, bastante incomprensible por momentos) para crear su propia historia. En la escenografía, de Boris Kudlička, estamos en una especie de motel habitado por un cruce entre personajes de cuadros de Edward Hopper y películas de David Lynch, personajes perdidos, alucinados, multiplicados en juegos de espejos en los que vemos simultáneamente a varias encarnaciones del mismo rol haciendo cosas distintas, bailando música que solo ellos oyen, moviéndose según sus propias lógicas internas y creando imágenes francamente desasosegantes en muchos momentos. Que esas imágenes tengan que ver o no con lo que los personajes están diciendo en esos momentos ya es otra historia, y ésa una de las cosas que más rechazo me provocaron en la producción: no solo la historia que se contaba no era la misma de la ópera original, es que la historia que se contaba no se entendía; tengo la impresión de que Trelińsk se perdió en un laberinto de imágenes poéticas y perturbadoras, llegando a dejarse de preocupar por que aquello tuviera un sentido real. Claro que la historia está llena de alucinaciones y esoterismo, pero no deja de ser una historia en la que a unos personajes les pasan cosas determinadas (reales o imaginarias, a gusto del espectador) y reaccionan en consecuencia. El director polaco llenó el escenario de cuadros impactantes, pero dudo seriamente que se llegase a narrar ninguna historia. Incluso se puso psicoanalítico (de acuerdo a la sinopsis que figuraba en el programa, porque vuelvo a reiterar que yo no hubiera captado el detalle) y transforma esa última escena de Renata en el convento no en el final de la historia, sino en el principio de la misma, en que Renata, de niña, en un colegio, tiene esas visiones que acabarán marcando toda su existencia. En fin, basta de hablar de la producción, brillante en muchos momentos en lo visual pero incomprensible en muchos otros.

 

La parte musical estuvo servida con una interpretación en general de gran altura por director, orquesta y cantantes. Al mando estaba el japonés Kazushi Ono, que hizo un gran trabajo dirigiendo la compleja partitura. Con las ideas claras en todo momento, el pulso dramático, un tanto perdido en la escena, se mantuvo siempre desde el podio, diría incluso que aportando a la representación la línea coherente que le faltaba por la extraña puesta en escena. Magníficamente secundado por la brillante Orquesta de París, que sonó fabulosa en toda la obra, pasando de sonoridades violentas a momentos de enorme lirismo con una aparente facilidad que la complejidad de la música desmentía. Espléndida también la sección femenina (la única participante) del Coro de la Ópera Nacional de Polonia.

 

Vocalmente, es inevitable comenzar hablando de Aušrinė Stundytė, soprano lituana que encarnaba a Renata y llevaba, por tanto, casi todo el peso de la obra. Y de qué manera, además. Su absoluta entrega en cada momento hizo que su intervención fuera lo más destacable de la noche. Sin poseer una voz excepcionalmente poderosa o de timbre espectacular, hizo completamente suyo el alucinado personaje (se trataba, además, de la última representación, con lo que el rodaje era más que evidente). Convincente como actriz pese a lo enloquecido del papel, vocalmente destacó especialmente en los momentos más líricos, como la narración de sus visiones infantiles, en los que estuvo realmente espléndida, siendo la gran triunfadora de la noche junto al director.

 

También fue muy aplaudido el otro gran protagonista de la obra, el Ruprecht de Scott Hendricks, pese a que personalmente creo que no llegó a la altura de Stundytė. El timbre resulta un tanto abierto y la proyección no es demasiado buena. Es cierto que a veces Kazushi Ono tendía a excederse en el volumen orquestal, pero el Gran Teatro de Provenza no es realmente un teatro tan grande como para que un tenor tenga problemas en ese sentido, y por ello creo que su interpretación estuvo un punto por debajo de la de su coprotagonista. Eso sí, su entrega al personaje y su compromiso actoral sí justificaron el entusiasmo del público.

 

De los demás intérpretes, es forzoso destacar a Krzysztof Bączyk, que interpretó a Fausto, a Heinrich y al inquisidor. Tres pequeños papeles, pero especialmente los dos últimos de gran importancia dramática, que Bączyk interpretó con una hermosa voz de bajo y una presencia escénica realmente imponente. Muy correctos todo el resto de comprimarios, prácticamente todos, además, doblando pequeños roles, lo que contribuía de alguna manera a la sensación de confusión e irrealidad que dominaron la escena en casi todo momento. Una ocasión de ver una verdadera rareza del repertorio operístico con desiguales resultados: muy bien en lo musical y bastante más discutible, pese a la belleza de algunos momentos, la parte escénica.

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