España - Valencia

El gran cabrón

Rafael Díaz Gómez
jueves, 26 de julio de 2018
Albelo, Tro y Amoretti © Miguel Lorenzo y Mikel Ponce Albelo, Tro y Amoretti © Miguel Lorenzo y Mikel Ponce
Valencia, viernes, 29 de junio de 2018. Palau de les Arts. La damnation de Faust, leyenda dramática en cuatro partes. Libreto de Hector Berlioz y Almire Gandonnière, a partir de la traducción francesa de Gérard de Nerval del Faust de Goethe. Música de Hector Berlioz. Estreno: París, Opéra-Comique (Salle Favart), 6 de diciembre de 1846. Dirección de escena: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Carla Teti. Iluminación: Alessandro Carletti. Videocreación: Roca Film. Movimientos mímicos: Chiara Vecchi. Reparto: Silvia Tro Santafé (Marguerite), Celso Albelo (Faust), Rubén Amoretti (Méphistophélès), Jorge Eleazar Álvarez (Brander). Coproducción: Palau de les Arts, Teatro dell’Opera di Roma, Teatro Regio di Torino. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet (Roser Gabaldó y Míriam Puchades, directoras). Escolanía de la Mare de Déu dels Desemparats (Luis Garrido, director). Dirección musical: Roberto Abbado.
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Mefistófeles, ya se sabe, incluso viéndolo venir te la juega y te lleva a su terreno. Que la estirpe diablesca es abundante, también resulta conocido. Y que entre sus más encumbrados representantes se encuentran los directores de escena, es de una obviedad tal que a nadie se le escapa. Así que, bien prevenido, acudí a esta galardonada versión de la leyenda dramática (que no ópera) de Berlioz sobre el tema fáustico (premio Franco Abbiati de la crítica italiana al mejor espectáculo de 2017). Inútil prevención: el gran Cabrón (en el sentido goyesco del término) de Damiano Michieletto me poseyó. Eso sí, poco a poco el muy taimado, dejándome que me solazara al comienzo en mi condescendencia: ¿un Fausto para el que toda su obsesión por el conocimiento debe de ser copiar y pegar algo de la Wikipedia y que lo que necesita es resolver una serie de traumas infantiles (muerte de la madre, alcoholismo del padre, acoso escolar) que marcan su personalidad hasta el punto de tratar de suicidarse? ¡Venga ya, pero qué Fausto de pacotilla es este! Ah, pues se ve que era el Fausto que tocaba, porque insisto, poco a poco, y más desde lo sensorial y sentimental que desde lo racional, fui cediendo y concediendo que Faustos los hay de muchos tipos y que este tenía su interés. Así que cuando la escena recreó de forma pop el Paraíso, sirviéndose para ello de la pintura de Lucas Cranach el Viejo, yo sentí que había entregado mi alma a Michieletto.

La puesta, en ocasiones blanca y fría como un laboratorio, en otras colorida, cual es el caso del citado Paraíso, abunda en alusiones no siempre sencillas de resolver, pero en general impactantes. Explota un movimiento visual que se ha de contemplar en varios niveles (de espacialidad y de significado). Una stadycam y la inmediata proyección de lo grabado en el escenario juegan un papel fundamental en ese sentido. La dirección actoral es minuciosamente precisa. Pero la propuesta, aparte de la superposición espacial, también propicia la ruptura del tiempo lineal (¡hale, a hacer flashback!, que se diría en Amanece que no es poco). El resultado es, pues, muy romántico.

Habría quien contemplando la función se quedara con la sensación de que ese romanticismo sobrecarga el ya de por sí formidable romanticismo de la música de Berlioz y que se viera desbordado por la acumulación de tanta facundia, de tanto contraste, de tanto exceso. Gentes beatas, a buen seguro (dicho sea con todos los respetos posibles), que rehúyen los contactos satánicos y los beneficios que sin duda propician.

Roberto Abbado no quiso ser un secundario en el desafío (no se lo merece la partitura de Berlioz) y contribuyó en lo que le tocaba: sonido envolvente, multicanal, empastado y a la vez extremo (ese discordante ajuste tan definitorio de la música del francés), dramáticamente sostenido y deferente con los cantantes solistas. Éstos, por su parte, mantuvieron el nivel. Es cierto que la presencia teatral de Rubén Amoretti hasta cierto punto eclipsa al resto, pero no en vano es Mefistófeles el que mueve todos los hilos de la historia. El burgalés reconvertido a bajo se hizo con el personaje desde un total compromiso escénico y un rendimiento vocal si acaso falto de rotundidad en el registro grave, aunque de sobra compensado por la belleza de su fraseo. Curiosamente, este comentario lo podríamos aplicar al Fausto de Ceso Albelo, quien incluso a pantalón bajado (escena del acoso escolar) evidenció la tersura de su voz, técnicamente más que solvente. Y Silvia Tro compuso una Margarita a la vez dúctil y compacta, tierna pero no blanda, potente y refinada. Queriendo o sin querer, reivindicó el derecho de los solistas a cantar ópera en su tierra.

Sin embargo, la gran reivindicación profesional de esta serie de representaciones fue la del Cor de la Generalitat Valenciana. Ante las incertidumbres que desde las esferas políticas se han derivado, más o menos justamente, sobre el futuro próximo de la formación coral, ésta se subió al escenario dispuesta a ser una unidad en la multiplicidad y lo consiguió triunfalmente. El Cor de la Generalitat Valenciana es uno de los valores musicales más acreditados con los que se pueda contar. Y así se patentizó. Agrietar su dinámica resultaría harto estúpido (también es una pena, y asimismo parte del problema, que el aforo de Les Arts se despueble cuando no se representan obras trilladas). Así que ya iremos viendo. Porque convendrán conmigo en que Faustos hay muchos, pero cabrones, también.

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