España - Cataluña

Un Dudamel celestial

Berta del Olivo
viernes, 28 de septiembre de 2018
Barcelona, martes, 18 de septiembre de 2018. Palau de la Música Catalana. Golda Schultz, soprano. Orquesta de Cámara Mahler. Gustavo Dudamel, director. Franz Schubert (1797-1828), Sinfonía número 5 en Si bemol Mayor, D.485 y Sinfonía número 3, en Re Mayor, D.200; Johannes Brahms (1833-1897), Sinfonía número 4 en Mi menor, op. 98: Gustav Mahler (1860-1911), Sinfonía número 4, en Do Mayor. Palau 100-Doble concierto inaugural de la temporada 2018-2019. Entradas agotadas en ambas jornadas.
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A lo grande ha comenzado la temporada 2018-2019 del Palau 100 del Palau de la Música Catalana con un doble concierto inaugural -18 y 19 de septiembre- a cargo del Director venezolano Gustavo Dudamel y la Orquesta de Cámara Mahler. Las Sinfonías número 5 y 3 del primer Schubert, de estilo clásico y fuertemente influidas por Haydn y Mozart, sirvieron de puente entre las dos veladas, como primera parte de los dos conciertos. 

Un Gustavo Dudamel, más contenido, más sobrio en gestos y con movimientos más suaves y sutiles de manos de lo que hasta ahora era habitual en él, que con Schubert se centró en la dinámica y en que los crescendos generaran una tensión gradual hasta estallar en el fortísimo. En más de una ocasión, los fortísimos sonaron un tanto atronadores al menos para una sala como la del Palau de la Música. 

La excitación y complicidad de los jóvenes músicos de la Orquesta de Cámara Mahler era palpable: mostraban sonrisas entre ellos y con Dudamel y continuos gestos de estar interactuando y retándose entre ellos. 

La Orquesta de Cámara Mahler es una formación fundada por Claudio Abbado que se autodefine como nómada (sin sede fija) y libre, compuesta por músicos de 20 nacionalidades con un altísimo nivel. Destacaron varios de sus miembros y sin duda yo me quedo con la primera flauta Chiara Tonelli que destacó en las dos veladas de manera excelsa por su sonido aterciopelado, su musicalidad y su técnica. 

Y tras el aperitivo que supuso Schubert, el plato fuerte de la primera velada con la Cuarta sinfonía en Mi menor op. 98 de Johannes Brahms, El aire romántico y trágico de la sinfonía, en contraposición al clasicismo de Schubert, se subrayó con la transformación de la orquesta que aumentó el número de sus efectivos para convertirse en una sinfónica para la segunda parte. 

El Allegro non troppo con su característico primer tema conformado por una progresión de terceras descendentes quebradas por saltos fue interpretado de una manera delicada por la orquesta. Dudamel supo resaltar la densidad harmónica brahmsiana, si bien por momentos el volumen entre las distintas secciones de la orquesta sonaba ligeramente descompensado. 

El segundo movimiento, Andante moderato, fue interrumpido en los primeros segundos del solo de trompa por un teléfono móvil que hizo que Dudamel dejara de dirigir. El director, con mucho oficio y gran profesionalidad, comenzó de nuevo el movimiento, dirigiendo a la orquesta con contención hasta el clímax armónico del final del movimiento, recuperando el tono trágico del primer movimiento. 

El Allegro giocoso del tercer movimiento comenzó de manera potente, pero sin ostentación, de nuevo la contención fue la principal directriz de Dudamel. Al final del tercer movimiento, volvió a sonar un teléfono móvil, esta vez muy brevemente, para alivio del público. 

La sinfonía se cerró con el final trágico del cuarto movimiento, Allegro energico e passionato, dirigido de manera apoteósica por Dudamel, movimiento con el que Brahms rinde homenaje a Bach utilizando la forma de Chacona, con 30 variaciones y una coda inspiradas en el bajo obstinado del coro final de la Cantata BWV 150 del maestro de Leipzig, “Nach dir, Herr, verlanget mich” (“Después de ti, Señor, me urge”). 

La ovación duró varios minutos y Dudamel, en sus numerosas idas y venidas al escenario para recibir los aplausos se quedaba, sin subir al podio, entre los músicos de la orquesta, de manera humilde y generosa con la formación, señalando a las distintas secciones para que recogieran sus muy merecidos aplausos. 

La segunda velada

La segunda velada comenzó de nuevo con una sinfonía de Schubert, en este caso la Sinfonía número 3 en Re mayor, tocada con frescura por la Orquesta de Cámara de Mahler. En este caso, la reminiscencia mozartiana se encontraba ya en el primer acorde de la sinfonía, cual obertura de Don Giovanni. El segundo movimiento, Allegreto, con forma de minueto, recordaba más a Haydn. Además, el último movimiento, Presto Vivace, encierra una Tarantella napolitana “a lo Rossini”, sencillamente deliciosa. De nuevo, la gradación de los crescendos fue excelente, así como la magnífica flauta travesera de Chiara Tonelli.

Y por fin, la tan ansiada Cuarta de Mahler, muy distinta del resto de sus sinfonías, intitulada en las anotaciones del compositor como “la vida celestial o el cielo a través de los ojos de un niño”, una obra llena de frescura, humor e ingenuidad.

Desde el inicio de la obra quedó patente la afinidad del maestro Dudamel y de la Orquesta de Cámara Mahler con Mahler (valga la redundancia). De hecho, el fundador de la orquesta, Claudio Abbado, era un gran mahleriano, conocedor de todas las esencias y todos los detalles de su interpretación. Al igual que Gustavo Dudamel: de hecho, su triunfo en el Concurso de Dirección Gustav Mahler en Bamberg en 2004 marcó el inicio de su carrera internacional. Tras el comienzo de campanillas que nos transportó de inmediato al trineo de Santa Claus, con la flauta travesera llamando nuestra atención, la interpretación del primer glissando de los violines en los primeros compases del primer movimiento fue de antología, pura delicadeza con el tempo ralentizado de tal manera que daba la sensación de que el glissando se estiraba ad infinitum, dentro de un pianísimo que le confería fragilidad. Fue toda una declaración de principios, por parte de la orquesta y de Dudamel, quienes quisieron dejar ya desde el principio su impronta. 

Como motivo y representación de la gloria celestial, Mahler utiliza una corchea con puntillo y semicorchea (grupo que suele presentar dos veces) a lo largo de toda la composición. De hecho, la flauta travesera, hacia la mitad del primer movimiento, expone claramente este motivo como si del mismo Dios Pan se tratara, en medio de la tranquilidad que rápidamente dejará paso al mismísimo diablo y a su danza de la muerte del segundo movimiento. Brillantísima la interpretación endiablada del concertino Raphael Christ, tocando un violín con un tono más agudo para las partes mefistofélicas como requiere la partitura. 

Y entramos en el maravilloso y extraordinariamente bello tercer movimiento, Ruhevoll, poco adagio, comenzando con una escala ascendente de los violonchelos, subiendo al cielo, todo es paz y tranquilidad. Dudamel dirige la cuerda con toda delicadeza, y la calidad de la sección de viento hace el resto, de manera sobresaliente el oboe de Mizuho Yoshii-Smith. 

Hacia el final del movimiento, en medio de la tranquilidad, irrumpe de repente una explosión de alegría, entusiasmo y creatividad, con triple forte, con la trompa tocando el motivo de la gloria celestial (la corchea con puntillo y semicorchea) con redoble de timbales y triángulo. Sin embargo, el clímax del movimiento llega con los glissandi de los violines, pianísimo y cada vez ascendiendo a notas más agudas, con Dudamel aguantando el tempo de manera soberbia.

En el último movimiento la soprano surafricana Golda Schultz dio con el toque tímido, ingenuo y humorístico que Mahler había ideado para el texto La vida celestial, a la manera del canto de un niño. Y de nuevo aparece la gloria celestial representada con la corchea con puntillo y semicorchea esta vez en la voz de la soprano mientras proclama “Wir genießen die himmlischen Freuden” (“nosotros disfrutamos de la alegría celestial”). 

Los aplausos del público irrumpieron tras el silencio lleno de serenidad con el que termina la sinfonía. Aplausos ensordecedores para el conjunto y en especial para Dudamel, para Golda Schultz, para el concertino Raphael Christ, y para varios de intérpretes de viento: la flauta de Chiara Tonelli, el oboe de Mizuho Yoshii-Smith, el clarinete de Vicente Alberola, el fagot de Guilhaume Santana y la trompa de José Vicente Castello Vicedo. Asimismo, la orquesta aplaudió con generosidad a Gustavo Dudamel. 

Como reza el texto de La vida celestial, “Kein' Musik ist ja nicht auf Erden, Die uns'rer verglichen kann werden” (“ninguna música en la Tierra se puede comparar con la nuestra”). Así es, la Orquesta de Cámara Mahler está repleta de excelentes intérpretes, que se crecen con maestros como Dudamel, y viceversa, Dudamel se crece y contagia del espíritu libre y lleno de frescura de esta extraordinaria formación. Juntos alcanzaron con Mahler una gloria extraordinaria en Barcelona. 

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