España - Galicia

El Holandés en versión de oratorio

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 18 de octubre de 2018
Der fliegende Holländer © Gustave Doré Der fliegende Holländer © Gustave Doré
Santiago de Compostela, jueves, 27 de septiembre de 2018. Auditorio de Galicia. Richard Wagner: El Holandés errante, ópera romántica en tres actos (versión de concierto). Alexander Krasnov (Holandés), Richard Wiegold (Daland), Maribel Ortega (Senta), Eduard Martynyuk (Erik), María Luisa Corbacho (Mary), Moisés Marín (timonel). Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia (Joan Company, director). Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Asistencia: 95%.
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Al acceder al Auditorio, mientras los abonados estrenábamos nuestra tarjeta electrónica acreditativa (se acabó el cartoncillo troquelado de las entradas) se nos advertía –por escrito en el programa de mano, y de palabra por parte de los ujieres- que la cosa iba a durar dos horas y veinte minutos sin descanso. Espontáneamente me salió agradecer el aviso con un “como debe ser”. Al final la función duró dos horas y doce minutos, y las próstatas compostelanas resistieron admirablemente (sólo conté un par de deserciones en el último acto); aunque en vano, porque esta vez la inauguración de la temporada de la Real Filharmonía de Galicia resultó decepcionante.

A propósito de El Holandés errante escribe Christian Thielemann en su libro Mi Vida con Wagner que “es una pieza tempestuosa, arrolladora, oscura, está animada por un aliento ardiente. Ya en la obertura, los instrumentos tocan con la mayor intensidad, casi histéricamente, todo silba, zumba y resuena… El hecho de que la orquesta más pequeña, con diferencia, de las diez óperas habituales de Wagner sea, con diferencia, la que mayor ruido haga es algo que no deja de sorprenderme.” Con independencia de cuán fan sea uno del maestro berlinés, entiendo que cualquier wagneriano estará de acuerdo con ese diagnóstico.

Pues bien, Paul Daniel no supo, no pudo, o no quiso que la cosa fuese así, y desde la obertura la Real Filharmonía sonó con desgana, cansada, sin rastro de ese “aliento ardiente” que ha de mover la obra. Cierto que apenas hubo más refuerzos que los estrictamente necesarios para cubrir las partes del metal –dentro y fuera del escenario-, y que Daniel procuró en todo momento no tapar a los cantantes. Pero no me importó tanto que no “hicieran ruido” cuanto que Daniel omitiese el carácter delirante de la pieza. La cosa sólo se animó en el interludio entre el segundo y el tercer acto –ahí sí hubo emoción-, y en el ambiente verbenero del comienzo de este último, a pesar de que el Coro de la Sinfónica de Galicia –escaso de efectivos y pobretón en la cuerda de tenor- le pudo haber echado una miaja más de entusiasmo.

Vuelvo a Thielemann: “Los personajes se encuentran en su totalidad al borde del colapso nervioso: el Holandés con su maldición eterna, Senta con su delirio, Daland con su avaricia, y Erik, el tenor que no comprende nada.” De nuevo, ni rastro: el ruso Alexander Krasnov, más barítono que bajo, tiene un instrumento poderoso (un tanto ingobernado en la mitad inferior de la tesitura), pero en “Die Frist ist um” –un monólogo que va desde la ironía hasta la desesperación- pareció que estuviera relatando las desventuras de su personaje en tercera persona; la jerezana Maribel Ortega tiene asimismo buena voz, aunque también cantó su balada –mezcla casi imposible de vigor, candor, inocencia, locura y determinación- como si la cosa no fuese con ella. Eso sí, ambos estuvieron mucho mejor de carácter en la escena a solas, con una orquesta que supo crear la atmósfera adecuada de ensoñación.

Al galés Richard Wiegold le vimos hace unos meses en el Orestes de Elektra. La voz es preciosa, aunque un pelín corta de fuelle, y -como entonces- optó por la parte más dulce del personaje, es decir, más padre que oportunista. El ucranianio Eduard Martynyuk ciertamente “no se enteró de nada”: salió, con voz bonita pero escasa cantó su parte sin despegar la vista de la partitura, y se fue. Más acertada de carácter –pero igualmente corta de voz- estuvo la mallorquina María Luisa Corbacho. Y el único que presentó su personaje con igual importancia en canto y actuación fue el timonel del granadino Moisés Marín.

Saben ustedes que me encantan las óperas en versión de concierto (más en Wagner, cuyo protagonista principal es invariablemente la orquesta), y que mi indulgencia es plenaria con los gazapos de afinación de los cantantes; y saben de sobra que tengo muy serias dudas sobre la rentabilidad artística del esfuerzo de la Real Filharmonía cuando se atreve con espectáculos fuera del repertorio que le es propio. Pero no perdono que me tengan dos horas y pico sentado en la butaca soportando un aburrimiento de función. De modo que si atribuí a Paul Daniel el éxito de la Elektra la pasada primavera, hoy –sintiéndolo mucho- toca atribuirle el chasco de este Holandés.

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