España - Galicia

Tres finales

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 22 de noviembre de 2018
Andrew Litton © 2018 by OSG Andrew Litton © 2018 by OSG
A Coruña, sábado, 17 de noviembre de 2018. Palacio de la Ópera. Marga Rodríguez, soprano; Christopher Robertson, barítono. Orquesta Sinfónica de Galicia. Andrew Litton, piano y dirección. Carl Nielsen: Sinfonía nº 3, op. 27 “Expansiva”; Richard Strauss: Der Rosenkavalier, suite op. 59; George Gershwin: Rhapsody in Blue. Asistencia: 80%
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A primera vista, se trata de un programa inconexo con obras de tres autores de estilos bien distintos; aunque en el otro lado de la balanza hay que señalar el hecho de que las tres –o al menos dos- son rarezas poco cultivadas no ya en Coruña sino en el resto de las orquestas españolas. La única coherencia que se me ocurre encontrarle es que se trata -en los tres casos- de piezas que merecen ocupar el final de un concierto, por tratarse de ejemplos de la mejor música que se hacía en la primera mitad del siglo pasado; a lo que debe añadirse el detalle de que su interpretación requiere de la plantilla sinfónica con todos los extras.

La primera conclusión, pues, ya se extrae antes de escuchar el concierto: la Sinfónica de Galicia no escatima ni en medios ni en honores para contar con los servicios del norteamericano Andrew Litton (Nueva York, 1959), con quien lleva trabajando muchos años. Se conocen bien y eso se nota en el resultado sonoro, que les llevó a felicitarse mutuamente al final de la función más allá de la cortesía debida con un maestro invitado: cuando la orquesta patalea al director es signo inequívoco de que los músicos han quedado satisfechos de su labor –y ellos saben mejor que nadie cuándo la cosa ha ido bien o menos bien.

Litton declaraba en la prensa local que hacía tiempo que quería tocar la Sinfonía Expansiva de Nielsen, y que por una u otra razón ese proyecto se había ido al traste, de modo que le hacía especial ilusión materializarlo por fin. Por lo menos, la misma ilusión que me hizo a mí escucharla en vivo por primera vez. Como todas sus hermanas, esta sinfonía es una obra rotunda, percutiva, sin melodías para recordar y que no emociona; pero que atrapa por su poderío sonoro, por la limpieza de su escritura y por su equilibrio formal. Y así sonó en la versión de Litton, contundente en los movimientos extremos, ondulada en el Andante (con una más que suficiente intervención de los solistas vocales), y sinuosa en el Scherzo; a lo que la orquesta se entregó dando muestra de la brillantez sonora de la que es capaz en todas sus familias.

Me convenció menos la Suite de El Caballero de la Rosa, a la que Litton le puso toda la opulencia orquestal que se necesita –sigo diciendo que la Sinfónica de Galicia ha ganado en cuerpo sonoro, y con un buen director al frente el tradicional desequilibrio entre metal y cuerda va desapareciendo-, pero a la que le faltó algo del refinamiento que es esencial en la pieza. De todos modos, confieso que nunca he asistido a una versión plenamente satisfactoria; pero ahí la culpa es de Strauss (o de Artur Rodzinski), porque en mi opinión se notan demasiado las costuras entre los diferentes retales de la pieza, y sobre todo porque la mejor ópera en los cuatrocientos años de historia del género debe escucharse siempre cantada: es una crueldad tocar el maravilloso trío sin tres sopranos.

La célebre introducción del clarinete –espléndidamente traducida por Juan Ferrer- presagiaba una buena versión de la Rhapsody in Blue. Y lo fue: Litton salió -tablet en ristre para pasar con el pie las hojas de la parte solista- y se lanzó a una interpretación arrolladora. La obra es dificilísima para el piano y para la orquesta, y más si se toca con una sola persona asumiendo ambas responsabilidades; y aún más si se toca con una orquesta poco acostumbrada a Gershwin. Y sin embargo, la Sinfónica de Galicia respondió como si llevase esa música en las venas (ignoro qué clase de milagro se obró en los ensayos, a la vista de todo lo que había venido antes). Es verdad que Litton no las dio todas –la orquesta sí-, y que en algún momento pisó el acelerador más de la cuenta, pero sedujo a un público incapaz de quedarse quieto en sus butacas mientras disfrutaba de esta música irresistible.

Ese mismo público que ovacionó a rabiar al final del concierto, y al que Litton correspondió tocando –vertiginosamente- las Variaciones sobre I Got Rhythm (esta vez quienes no pudieron estarse quietos fueron los músicos de la orquesta).

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