España - Galicia

Dos direcciones contrastantes

Paco Yáñez
jueves, 29 de noviembre de 2018
A Coruña, viernes, 23 de noviembre de 2018. Palacio de la Ópera. Steve Harriswangler, fagot. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Alain Bernaud: FagKonzert. Dmitri Shostakóvich: Sinfonía Nº7 en do mayor "Ленинградская" opus 60. Ocupación: 90%.
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El sexto concierto de abono de la temporada 2018-2019 de la Orquesta Sinfónica de Galicia nos ofreció en el Palacio de la Ópera las dos líneas que, en este momento, caracterizan a la dirección de la OSG de un modo tan evidente como contrastante. Por un lado, lo referido a la dirección musical muestra un trabajo cuyos frutos son palmarios, con una mejoría de la orquesta herculina desde la llegada a su titularidad de Dima Slobodeniouk que posibilita el escuchar, como en la segunda parte de este concierto ha sido el caso, versiones de una calidad técnica realmente satisfactoria digna de una orquesta europea de alto nivel...

...ahora bien, si en lo puramente interpretativo hemos disfrutado esta noche de una lectura sinfónica de primer orden, en lo que a la dirección artística de la OSG se refiere se ha vuelto a evidenciar una falta de criterio que da lugar a situaciones musicalmente bochornosas como la vivida en la primera parte de esta velada, con la segunda audición del FagKonzert (2012) de Alain Bernaud (Neuilly-sur-Seine, 1932), tras su estreno mundial a cargo de los mismos intérpretes, un día antes, en Ferrol. En sus notas al programa, Maruxa Baliñas destaca que el primer fagot de la OSG (y solista en este concierto), Steve Harriswangler, lleva años reivindicando la importancia de esta partitura en foros de internet; sin duda, un motivo de peso para que propusiera tal página para el programa que, siguiendo el turno rotatorio en el que los atriles principales de la orquesta herculina tocan un concierto con la propia OSG, en 2018 le ha tocado protagonizar. Sin embargo, hemos de preguntarnos si tal deseo por parte de un músico de la plantilla es condición suficiente para programar tan aciaga obra, o si la dirección artística de la orquesta no habría de poner un filtro de calidad para evitar que las temporadas de la formación gallega se vean salpicadas continuamente por piezas de tan baja estofa como este FagKonzert, una obra de una factura tan anodina, que me ha hecho recordar los muchos e insufribles estrenos que en una línea estética similar tuvimos que padecer por parte de los compositores locales reiteradamente programados en los años de Víctor Pablo Pérez al frente de la OSG: un panorama de la música actual que ha causado estragos en la comprensión del arte sonoro de nuestro tiempo para aquellos que limitaran únicamente su experiencia musical a lo ofrecido por la propia OSG en sus temporadas de abono (que no, fuera de las mismas, pues hemos de recordar que la orquesta coruñesa tiene la perniciosa tradición de excluir de sus programas en el Palacio de la Ópera numerosas partituras que ha tocado extramuros de su sede herculina, desperdiciando la oportunidad (y el duro trabajo realizado) de compartirlas con su público: piezas de compositores gallegos, españoles y extranjeros como Enrique X. Macías, José María Sánchez-Verdú, Francisco Guerrero, o Pierre Boulez, entre otros).

Nada tiene que ver, ni remotamente, la música de Alain Bernaud con los creadores antes mencionados. De hecho, he de reconocer que ignoraba la obra del francés antes de que Steve Harriswangler tuviese la ocurrencia de dedicar los esfuerzos (pocos) de la OSG a la partitura de un compositor que fui descubriendo los días previos a este concierto, escuchando en internet algunas de sus páginas allí disponibles; parte de ellas, también escritas para fagot, como Hallucinations pour basson et piano (1978), una obra a la que le tendríamos que sumar otra partitura con el mismo instrumento como protagonista: el Concertino da camera pour basson et orchestre à cordes (1962), pieza que, como nos recuerda Maruxa Baliñas, «es en cierto modo un antecedente de este FagKonzert, compuesto justo sesenta años después». Décadas más tarde, una de las obras de cámara compuestas por Bernaud ya en el siglo XXI lleva por título Suite Archaïque (2010); pues bien, la denominación de tal quinteto resulta idónea para definir lo que este FagKonzert es: una propuesta arcaica de una ligereza insustancial y obsoleta, sin el más mínimo atisbo de originalidad artística en sus tres (¡cómo no!) movimientos: y es que Bernaud no se aparta ni un milímetro de un canon neoclásico tomado en sus elementos más básicos y sobados, amontonando cliché sobre cliché en una música tan pobre en imaginación como en aliento creativo: puro tópico y remedo de estéticas tan demodés como las en esta partitura regurgitadas (de ahí, el que este FagKonzert me recordara tantos estrenos de compositores gallegos otrora recurrentes en la OSG).

Las fugas, los contrapuntos, las melodías, los entramados armónicos y la relación temática entre solista y orquesta (con sus préstamos y variaciones, así como con un virtuosismo únicamente limitado al fraseo y a la digitación -ni siquiera con grandes exigencias y, por supuesto, en absoluto en lo que a timbres, texturas o expansión de la materia sonora del instrumento se refiere) han ido construyendo, capítulo por capítulo, una obra propia de un manual de conservatorio elemental (de los rancios), sin nada que aportar al género concertante más que tirar de tópicos; incluso, sin mayor elegancia ni estilo, quedando este FagKonzert, si lo comparamos con obras neoclásicas del siglo XX escritas en Francia, desde las de Ígor Stravinski a las de Francis Poulenc, a la altura del betún. De este modo, los sucesivos 'Allegro desinvolto', 'Andante' y 'Rondo. Gioviale' han ofrecido lo que las denominaciones de cada movimiento presagiaban, fiel a la más contumaz tautología canónica y a una ligereza que, más que a la jovialidad, nos remite al vacío y a la superficialidad.

Ni que decir tiene que un músico tan dotado como Steve Harriswangler da cuenta de esta partitura con total soltura, a pesar de que se le vio bastante nervioso durante el concierto, teniendo, incluso, que parar de tocar brevemente en la cadencia (pasaje que no podía faltar en una estructura tan previsible) del 'Allegro desinvolto', pues el paño de su posmoderna levita dificultaba la correcta digitación del fagot. El fraseo y la regulación dinámica de Harriswangler fueron, en todo caso, impecables, beneficiándose, igualmente, del enorme protagonismo que Bernaud concede al solista, sin que la orquesta (de cuerda) le reste presencia en ningún momento, con un entramado armónico y melódico tan simplón, que era preferible atender a los fuegos de artificio del fagot, aunque en estos, como en la propia escritura para cuerda, se asomaban dejes de la composición para el cine que tanto se estila en el catálogo de Bernaud, con piezas, asimismo, de muy baja enjundia; de ahí, que los rostros de los músicos fuesen de una relajación total (cuando no, de cierto sopor).

Señala Maruxa Baliñas en sus notas que el bisabuelo de Alain Bernaud, Félicien Chadeigne, es un autor «hoy totalmente olvidado»; pues bien, terminada la ejecución de este FagKonzert (que uno rebautizaría como FakeKonzert), pienso que Bernaud lleva el mismo camino que su ancestro, si lo que queda de su vasto catálogo son páginas tan pobres como la que en Coruña hemos tenido que padecer; por lo que mejor será pasar página y dejar sitio en la memoria para otras músicas; aunque, desde luego, la misma suerte de olvido habrá de correr la propina tocada por un Steve Harriswangler tan desafortunado hoy como programador, pues ésta ha sido otra pieza de recalcitrante estética y bajo nivel: la cuarta parte, 'Aria Antiqua', de la Partita for Bassoon (1970) del compositor londinense Gordon Jacob, obra seleccionada debido a la -según dijo Harriswangler al público reunido en el Palacio de la Ópera- escasa literatura disponible para fagot solo (qué contraste, por tanto, con la gran propina ofrecida por el tuba de la OSG, Jesper Boile Nielsen, cuando en su concierto del 10 de febrero de 2017 tocó la interesantísima Tea for Tuba opus 101 (1986), obra del danés Ib Nørholm). A bote pronto, se me ocurren páginas de una calidad técnica y de una actualidad estilística que dejan en paños menores a las piezas de Bernaud y Gordon, obras como Holz solo (1999, rev. 2005), de Enno Poppe; Legno. Edre II. EDRE (2003), de Pierluigi Billone; Più (1994), de Sascha Janko Dragićević; o la impresionante Transmission (2002), de Franck Bedrossian: propuestas, todas ellas, que nos devolverían a un fagot moderno, extendido y radiante de posibilidades; además de que alargarían algo más una primera parte, hoy, de circunstancias. Tan explícita manifestación de carencias y limitaciones en el conocimiento y dominio de las posibilidades habidas en el siglo XXI para tal instrumento ha coincidido estos días, para más inri, con la presentación de la programación para el año 2019 de la Casa da Música de Oporto, en la que su orquesta sinfónica interpretará páginas de György Ligeti, Edgard Varèse, Unsuk Chin, John Adams, György Kurtág, Claude Vivier, Harrison Birtwistle, Elliott Carter, Kaija Saariaho y un largo etcétera; contando, a mayores, en numerosas ocasiones con Jörg Widmann y Péter Eötvös como compositor y artista en residencia, lo cual no hace más que sumar agravios comparativos dentro de nuestra eurorregión y seguir descolgándonos de la historia en términos estéticos: una situación que la dirección artística de la OSG debería corregir, si no quieren repetir episodios aberrantes como los vividos esta noche. Hasta aquí, una de las direcciones de la orquesta herculina, la más cuestionable y errática: la artística...

...afortunadamente, la segunda parte del concierto nos condujo a otros paisajes sonoros; y no es que la Sinfonía Nº7 en do mayor "Ленинградская" opus 60 (1941) sea la página más lograda, técnica y artísticamente, de un Dmitri Shostakóvich (San Petersburgo, 1906 - Moscú, 1975) al que la formación herculina dedica su temporada 2018-2019, pero se trata de una música tan superior a la de Alain Bernaud, que tan sólo en los compases de apertura de esta Leningrado hay más calidad que en todo el FagKonzert al completo. Además, así como en tantas ocasiones he afirmado que las orquestas gallegas apenas cumplen en sus conciertos con tocar las partituras, sin mayores alardes (y cuando tal cosa sucede sin errores, pues su exigua dinámica de ensayos tampoco da para más), esta noche podemos afirmar que hemos disfrutado de una verdadera interpretación de la partitura shostakoviana, de un trabajo creativo de Dima Slobodeniouk desde la batuta contagiado a sus músicos para construir conjuntamente una lectura de la Leningrado que quedará para el recuerdo, despojada de propaganda y populismo, completamente ajena al Shostakovich de trazo grueso y fanfarria que otrora tocaba la OSG en los toscos años de Víctor Pablo Pérez; volviendo a gozar esta noche de una refinadísima versión como la que disfrutamos el pasado 5 de octubre, en el primer concierto de esta temporada de abono; entonces, con una excelente versión de la Sinfonía Nº11 en sol menor "1905-й год" opus 103 (1956-57) del compositor ruso.

Llamó la atención, de inicio, encontrarnos con la OSG dispuesta totalmente en plano sobre el escenario del Palacio de la Ópera, sin peraltar sus atriles posteriores, como es habitual. Pregunté a Andrés Lacasa (gerente de la orquesta) por esta cuestión al final del concierto, y éste me dijo que era debido al volumen de la plantilla requerida aquí por Shostakóvich, con algunos instrumentos doblados, como los trombones que se emplazan tras la sección de trompas. Sea como fuere, quizás la dirección herculina esté también probando otras disposiciones para solventar las limitaciones acústicas del auditorio coruñés: aspecto al que se refería Dima Slobodeniouk recientemente en una entrevista para la revista Scherzo. De entrada, y con la dificultad de dilucidar si se debe a una cuestión puramente espacial o al rango dinámico hoy desplegado por la OSG, la orquesta ha sonado con unos relieves especialmente agradecidos, sin la habitual agresividad de su metal, concediendo el peso de esta tan lograda Leningrado a la cuerda como base desde la que construir fraseos, estructuras armónicas y los sucesivos clímax. Quizás se deba también a estos aspectos el que la apertura del 'Allegretto' sonara sin atropellos ni un énfasis exagerado, sino muy medida y calibrada: preludiando cuanto habría de venir, ya desde los temas de una cuerda perfecta en afinación, hilvanado de su tejido armónico por secciones y calidez, dirigida por Slobodeniouk en un tempo pausado, muy bien respirado en todo momento por unos vientos de notable delicadeza y musicalidad, así como de mayor presencia. Todo el recorrido por ese Leningrado (o San Petersburgo, según la lectura que hagamos de cuál es aquí la invasión en cuestión: si la nazi o la propiamente soviética) entrevisto como un recuerdo idílico gozó de momentos de enorme belleza, ya en la flauta, ya en un concertino que hoy mostró, en los compases previos a la marcha, un refinamiento técnico y una afinación tan delicada que su sonido, cual la metrópolis báltica, parecía hecha de puro hielo, como el fraseo y el sonido del flautín.

La aparición de la marcha desde la caja de José Trigueros se sumó a este tan logrado ejercicio de dominio y control orquestal, partiendo de unas dinámicas muy atenuadas, apenas intuido el instrumento y la amenaza de la gran invasión en la distancia. En ese mismo sentido sonaron las maderas, quizás un tanto apagadas, excepto esos dos puntales que son en dicha sección Juan Antonio Ferrer, en el clarinete; y Casey Hill, en el oboe. En el desarrollo de la marcha pudimos disfrutar de los primeros cambios de tempo y sentido aplicados por Slobodeniouk en los muchos crescendi de esta sinfonía; aquí, en el cambio de registro percusivo de Trigueros: momento en el que la marcha deja de sonar cual comparsa apenas juguetona en la distancia para arremeter como en pocas versiones se ha escuchado su parte más incisiva, con un fortissimo de ritmo mecánico implacable y brutal: puro artefacto bélico y terror explicitado. Aunque se trate de un instrumento limitado en cuanto a lo armónico, Trigueros -director, él mismo- ha conseguido, desde la percusión, con sus cambios de ritmo, dinámica y timbre, construir un edificio orquestal tan diabólico como hiriente, con la OSG perfectamente a tempo y un metal que ha sonado especialmente contenido al tomar la primera voz en los temas de la invasión. Todo ello nos condujo a un clímax por completo consecuente y soberbiamente construido en las escalas de los metales y en los golpeos de la percusión, tan violento y expandido en su cénit, que el típico paisaje desolado subsiguiente (tan propio de las sinfonías shostakovianas) sonó si cabe más triste y perturbador de lo habitual, de un modo especial en el tema de fagot acompañado por contrabajos y piano (un fagot, por cierto, en el que escuchamos de nuevo a Steve Harriswangler como principal: buena demostración, por un lado, de la profesionalidad de este músico; así como, por otro, de la escasa exigencia del concierto de Bernaud). La reexposición del tema de apertura nos devolvió a esa suerte de arcadia petersburguesa que a estas alturas ya no se sabía si era ensueño o espectro, pues Slobodeniouk ha marcado un tempo tan extático como mágico, especialmente suspendido, con ese sonido agudo que ha improntado hoy Giovanni Fabris desde el primer violín, reforzando las fantasmagorías y el helado ambiente, con todas las secciones unificadas en su diversidad en un bello fraseo compartido, como han mostrado unos contrabajos excelentes.

Aunque, en general, el pulso de Dima Slobodeniouk en esta Leningrado herculina ha sido pausado, el 'Moderato' lo atacó ligero en su comienzo, con una cuerda que desencadena su fuga dando nuevas muestras de lo tan camerística que hoy ha sonado, al igual que las maderas, de gran fraseo, sonido y afinación; de nuevo, con un excelente Casey Hill en su variación del tema fugado: siempre uno de los músicos más destacados de la OSG. Y es que las maderas han gozado esta noche de un protagonismo poco habitual en Coruña (especialmente, al estar más contenido el metal, sea por planteamiento interpretativo o por proyección sonora), algo de lo que es otro ejemplo revelador el pasaje con tema principal en clarinete bajo acompañado de arpas y cuerda: densísimo, evocador y muy sutil. La reexposición del 'Poco Allegretto' sonó luminosa y muy bien respirada, con cierta distancia en lo emocional muy pertinente para una sinfonía que juega de forma constante con la evocación y la memoria; además de casar a la perfección con lo que Maruxa Baliñas nos recuerda en sus notas: el hecho de que buena parte de la sinfonía fue compuesta por Shostakóvich lejos de Leningrado, por lo que este opus 60 no sería ya sólo el recuerdo de aquella San Petersburgo previa a las respectivas invasiones de Hitler y Stalin, sino la añoranza de lo que se acababa de dejar atrás, dentro de ese movimiento en el cual las autoridades soviéticas apartaron del frente a buena parte de su intellighentsia (mediando maniobras propagandísticas previas, como las fotografías del propio Shostakóvich vestido de bombero en Leningrado, o la conversión de esta partitura en un símbolo únicamente antifascista, relegando en la Unión Soviética cualquier otro sesgo en su lectura)...

...lo que atrás dejaban los artistas e intelectuales soviéticos es algo que hoy podemos ver (aunque los días más duros del cerco de Leningrado tendrían lugar años después del estreno de esta sinfonía, hasta el 27 de enero de 1944) en un documental estremecedor que recomiendo sin reservas: Блокада (Bloqueo, 2006), cinta del realizador ucraniano Serguéi Loznitsa montada con imágenes de época. Si menciono aquí Блокада es porque el magnífico 'Adagio' de esta Leningrado coruñesa me ha recordado sobremanera la cinta de Serguéi Loznitsa por su evocación de un silencio denso y frío, cortante, ajeno a cualquier efectismo o charanga militar. Es algo que escuchamos desde las primeras notas en maderas y trompas, muy en sordina, donde antes la OSG hubiese abierto el movimiento con desenfreno. No hay nada aquí rimbombante, sino un paisaje de la desolación, del vacío y del silencio, cual la silente película de Loznitsa. Como en el resto de la sinfonía, Dima Slobodeniouk se ha apoyado en la cuerda para agudizar tal sensación y construir planos en la evocación de esas distancias, con una milimetrada gradación del recuerdo. Tanto violines primeros como segundos a ello han contribuido, deteniendo el tempo y abocándonos a una suspensión muy extática durante la mayor parte del 'Adagio'. Como en los anteriores 'Allegretto' y 'Moderato', ello posibilita el que las maderas destaquen especialmente, aunque en el primer pasaje de Claudia Walker en la primera flauta el sonido de su instrumento resultó algo brillante de más (si bien, pulcro y técnicamente irreprochable), siendo preferible aquí el tono y el fraseo de María José Ortuño en la segunda flauta, con un sonido más bello y redondo. Todo el tema de las flautas, los violonchelos y los violines volvió a evocar esa San Petersburgo perdida, con gran melancolía y serenidad, tan lento y hermosamente paladeado como fue su fraseo, incluso con cierto toque que diría decadentista.

Pese a tal extatismo, Dima Slobodeniouk se armó de un muy pertinente rubato durante toda la obra, algo que, curiosamente, ha aplicado en buena parte de las marchas y sucesivos crescendi, dotándolos de mayores perfiles y rompiendo lo que otrora hubiese sido un bloque rígido en la OSG. Un buen ejemplo de ello lo vivimos en el comienzo de la segunda marcha, tan dinámico en contrabajos y violonchelos, con nuevo cambio de  velocidad y sentido dinámico en el crescendo hacia el clímax, incluyendo algún rallentando de gran efecto dramático gracias a la aplicación del rubato antes mencionado. Ya en el tutti, han destacado los metales en sus coros y fanfarrias a ambos lados del escenario, con refuerzo de trombones tras las trompas para desdoblar la espacialización, consiguiendo una agresividad más por técnica y dominio escénico del sonido que por una mera acumulación de decibelios, lo cual se agradece y conecta con lo que ha sido una lectura tan refinada de este opus 60 en su conjunto. Tras el clímax orquestal, un nuevo diminuendo muy progresivo y bien estructurado, delicadamente paladeado en un tempo lento pleno de desolación, en el que la abrasión de la marcha previa resonaba en el vacío. En dicho pasaje, hay que destacar especialmente al trío de oboes y corno inglés, tan presente y destacado sobre una cuerda tendida a camino entre una textura congelada y un bajo continuo para un trío de vientos con una sonoridad muy camerística, hasta portando ecos de una música barroca tan querida por Shostakóvich. Análoga situación de sonido bien cuidado, correcta definición de planos y hermoso fraseo en el tema de las violas, tan bien introducidas por los contrabajos. Acompañadas por unos soberbios violonchelos y arpas, las violas han vuelto a mostrar un cantabile netamente ruso: tan hondo y expresivo, con un generoso legato y un aliento emocional que han recordado sus soberbias intervenciones el pasado 5 de octubre en este mismo auditorio, entonando algunas de las canciones revolucionarias que Shostakóvich confía a esta sección en su Undécima sinfonía. El final de esta magnífica lectura del 'Adagio' (quizás el punto álgido de una versión, en conjunto, sobresaliente) resultó especialmente tenebroso y repleto de oscuros presagios en los registros graves de las cuerdas y las maderas, con un peso muy medido de los violines, las violas y los violonchelos, dando paso sin interrupción al cuarto movimiento.

Fue así que la transición al 'Allegro ma non troppo' resultó totalmente fluida, unitaria y natural, siguiendo el mismo pulso, si bien añadiendo un cambio en la tonalidad que irradia nueva luz al sombrío final del 'Adagio', cambiando el ambiente. En este cuarto movimiento, Slobodeniouk vuelve a utilizar los sucesivos crescendi y diminuendi hacia/desde los clímax como catalizadores del tempo y de la dramaturgia sinfónica: todos ellos muy apropiados e interesantes para dotar de perfiles apenas conocidos a muchos pasajes de esta obra. El tan ligado, esta noche, empaste de las trompas y las cuerdas nos habla, de nuevo, de una versión muy estudiada y respirada a pulso por la OSG, haciendo inútil, incluso, el comparar esta tan personalísima versión con las lecturas discográficas de referencia: las de Leonard Bernstein, Kiril Kondrashin, Gennadi Rozhdéstvenski, etc., pues estamos ante una interpretación enteramente propia de Dima Slobodeniouk: una visión despojada y esencial, inusualmente camerística y suspendida en el tiempo, frente a tantas lecturas tan dadas al gigantismo grandilocuente y triunfal, por lo que es el lado más humanista de Shostakóvich ante el dolor del cerco petersburgués lo que rescata Slobodeniouk. Los sucesivos temas y variaciones del cuarto movimiento han incidido en ello, como el pasaje de clarinete y clarinete bajo: soberbios; especialmente, este último, con un Pere Anguera (qué gran músico) de sonido totalmente suspendido en el tiempo, creando el ambiente más propicio para que los primeros violines den entrada al largo episodio que conforma una coda final construida con todo rigor y detalle desde los extremos armónicos de los violines y los contrabajos; de nuevo, engastados en un armazón acústico totalmente camerístico.

Pese a la lentitud extrema con la que la coda se ha ido afianzando (de mimo que diría celibidacheano), la OSG ha destilado una gran energía: la que escuchamos cuando priman la excelencia y una construcción musical lógica frente al desdibujado sufrido en pretéritas lecturas herculinas de este opus 60. En dicha construcción y encauzamiento de las energías orquestales, oboe, flauta y clarinete bajo han apuntalado el edificio sinfónico con rotundidad, guiando armónicamente ese torrente musical imparable hasta arrastrar a todo un coro de maderas tan camerísticas y realzadas como lentas en tempo y bien fraseadas, con el clarinete bajo de Anguera a modo de continuo retomando y variando los temas de la cuerda: una cuerda que, al desembocarse la última sección de la obra, se mantiene muy homogénea en su velocidad, con tensión y firmeza donde tan fácil sería caer en el desenfreno y la traca. Nada de ello ha sucedido esta noche: la rúbrica de esta estupenda Leningrado ha sido conducida por Dima Slobodeniouk como un todo orgánico perfectamente lógico en su desarrollo, ya no sólo de este 'Allegro ma non troppo', sino de los tres primeros movimientos, con una apoteosis final en la que se escucha no sólo lo triunfal, sino, en sordina, elementos de ambigüedad y hasta de derrota: una lectura compleja, humanista y poliédrica que diría muy pertinente a estas alturas del siglo XXI, con todo lo que de la Unión Soviética y del propio Shostakóvich hemos ido aprendiendo desde que tuviera lugar, en 1942, el estreno de esta Sinfonía "Leningrado", y es que, como nos recuerda Maruxa Baliñas en sus notas: «No cabe hablar de "éxito" en esta ocasión: para los peterburgueses que asistieron y para los que quedaron fuera o ya no tenían fuerzas para salir de sus casas, aquello no fue un concierto, fue una demostración de que Leningrado aún resistía y nunca llegaría a ser exterminada».

En tiempos en los que el huevo de la serpiente se incuba de nuevo por doquier, nunca está de más recordar la historia para evitar nuevos cercos y hecatombes.

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