España - Galicia

En honor a Santa Cecilia

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 13 de diciembre de 2018
Erik Nielsen © Groves Artist Erik Nielsen © Groves Artist
Santiago de Compostela, jueves, 22 de noviembre de 2018. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Erik Nielsen, director. Joseph Haydn: Sinfonía nº 93 en Re mayor, Hob I:93; Claude Debussy: Printemps; Aaron Copland: Appalachian Spring. Asistencia: 95%.
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Aunque parezca mentira, la Real Filharmonía de Galicia ha cultivado en muy raras ocasiones las sinfonías de Haydn. Es verdad que Helmut Rilling se aplicó a ellas, pero eso queda ya muy lejos: en sus doce años de titularidad Ros Marbà apenas las tocó (se le daba mucho mejor Mozart), y en los casi seis años que lleva al frente, Paul Daniel tampoco ha querido pisar demasiado ese terreno. En la presente temporada –¡por fin!- tendremos media docena de ellas. Esta noche tocaba la primera, y me encanta referir que Santa Cecilia debió de sentirse mucho y bien honrada en el día de su conmemoración.

No conocía al norteamericano Erik Nielsen (Iowa, 1977), actual titular de la Orquesta Sinfónica de Bilbao. Y nada mejor que una sinfonía de Haydn para formarse opinión sobre un director, que en este caso es de sobresaliente. Sobresaliente porque su interpretación de la Sinfonía 93 rezumó el espíritu con que el autor componía estas cosas: buen humor, ganas de agradar, alegría de vivir y todos los efectos vitamínicos que producen las sinfonías haydnianas cuando se tocan como es debido (sólo un pero: el fagotazo justo antes de terminar el tiempo lento debió sonar más burlón); y ello gracias a una ejecución limpia, expresiva, de tiempos sin forzar, dejando que la música respire -todas las pausas estuvieron cargadas de sentido común-, y sin radicalismos historicistas (sólo otro pero: en el clasicismo los timbales de época únicamente le sientan bien a Beethoven; y no siempre).

Cuesta creer que Debussy tuviera apenas 25 años cuando terminó su suite sinfónica Primavera. Aquí hay mucho más que el germen de las maravillas que vinieron después (entre ellas la otra “primavera” en sus Images pour orchestre); aquí hay un lenguaje ya plenamente reconocible en el regodeo de los juegos tímbricos sobre tiempos lentos, al que Nielsen y la Real Filharmonía se aplicaron en una interpretación de un refinamiento impecable y en una atmósfera sutilmente coloreada –matrícula de honor para los solistas de la madera-.

Y hablando de primaveras, la de Copland en versión íntegra. Y hablando de atmósferas, el secreto de este ballet está más en el ambiente que en el ritmo –aunque también hay algunos ejemplos de síncopas de los que Leonard Bernstein tanto aprendió-. Nielsen dio en el clavo de ese ambiente contemplativo desde el primer momento (la entrada del clarinete en la introducción, que Beatriz López consiguió que surgiera del éter), y mantuvo la hipnosis de orquesta y público en los cuarenta y pico minutos de la obra hasta su culminación en las célebres variaciones sobre Simple Gifts. Y además hizo que la Real Filharmonía tocase como en las grandes ocasiones, mimando las texturas sonoras y lustrando la brillantez sin perder el empaste.

La prueba de ello estuvo en el público, y no tanto en los aplausos –que también- como en el silencio. Me explico: al entrar en la sala advertí muchas caras no habituales en los conciertos de abono de la Real Filharmonía (y en cualesquiera otros, porque se les veía desorientados en el Auditorio); averigüé que unas asociaciones de jubilados de la comarca del Barbanza habían comprado más de cien entradas para esta noche; a pesar de que una parte del público les reprendió continuamente por ello, aplaudieron con tozudez (benditos sean) tras cada movimiento de la sinfonía de Haydn –e incluso entre los dos tiempos de la Primavera debussyana-; pero durante la excursión por los Apalaches no se oyó una mosca. 

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