Reportajes

Navidad en Cambridge

Agustín Blanco Bazán
lunes, 24 de diciembre de 2018
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No bien terminada la primera guerra mundial, un cura de campaña, Eric Milner-White, regresó a su puesto como diácono del King´s College de Cambridge con el propósito de cambiar para siempre las navidades en la maravillosa capilla gótica de esta casa de estudios. Comprensible, porque calladas las armas apenas un mes antes, la némesis de destrucción y nihilismo vividos durante cuatro años imponía acercarse al pesebre con una actitud diferente. 

Es así que hace cien años resonó allí por primera vez el servicio de canciones navideñas que hoy se graba para transmitir mundialmente. El servicio no se interrumpió durante la segunda guerra mundial, aún cuando la remoción de los vitrales para salvarlos de un eventual bombardeo resultó en un coro de niños helándose en una noche de invierno. Y helándose por radio, porque tampoco se suspendieron las trasmisiones  comenzadas por la BBC en 1932, aún cuando con una importante precaución: para evitar identificación del lugar por parte del enemigo, el locutor omitía la palabra “King´s” Hoy el servicio se graba con anticipación para una emisión televisiva, y es al ensayo general de esta grabación que este año fuimos invitados algunos periodistas. Ello nos permitió observar de cerca la  interacción entre los coristas y su director y profesor de música, Stephen Cleobury, que se retira de este puesto que ocupó por treinta y siete años. 

Proverbialmente, el concierto televisivo comienza con solo de voz perfecta por su sostenuto y sin trazas del menor vibrato entonando la primera estrofa de Once in royal David´s city. Cleobury nos contó que el solista es elegido entre cuatro niños principales el mismo día de la grabación: “de esta manera se evitan ansiedades en los días previos, no sólo en los niños sino fundamentalmente en los padres. Y de cualquier manera, en el caso de los niños, uno no sabe cual puede ser el estado vocal hasta el día mismo de la grabación.” Porque entre los ocho y los trece años se vive y se juega sin pensar en actuaciones de concierto con demasiada anticipación y, con el clima de Cambridge en diciembre, no son raros los resfríos de último momento. 

Aún cuando en el ensayo se pedía de los coristas un comportamiento similar al que documentará la grabación el día siguiente, ocurre que los ensayos generales siempre son un “casi” del original, y en este caso la proximidad a los protagonistas me permitió ver algunas simpáticas caras de asombro, y miradas de un lado al otro con sonrisas intencionadas. Y también a algún niño mayor señalando a uno más pequeño y de ojos ansiosamente abiertos, un detalle en la partitura. Pero todo esto dentro de una impecable disciplina profesional. Y, algo conmovedor, en sintonía con un director serio pero profundamente apacible en sus modales y cómplice con sus discípulos, como corresponde al mejor de los maestros. Y nada de esas ampulosas gesticulaciones pietistas tan frecuentes en algunos países latinos, sino una parsimonia distendida con manos que solo insinúan y motivan a salir lo que los coristas ya tienen adentro, luego de semanas de veinte horas dedicadas al coro, aparte de los diferentes estudios vocacionales del College

Cleobury instituyó la norma de estrenar un nuevo villancico o canción navideña cada año y en esta tarea lo han ayudado en el pasado compositores de la talla de Lenox Berkeley, Peter Maxwell-Davies, Thomas Adès, John Taverner y Harrison Birtswistle, entre muchos otros famosos. En 1989, Arvo Pärt regaló una  composición navideña con texto litúrgico de la ortodoxia rusa. Este año, el himno O mercy divine de Judith Weir permitió insertar un conmovedor solo de chelo a cargo de Guy Johnston, en contrapunto con ese armonio siempre reducido a su mínima expresión como sostén de la voz cantada. Sólo después de terminado el servicio despide el órgano a los asistentes con algún rutilante voluntario de Bach.

Cada una de estas ofrendas corales navideñas está intercalada con una lectura o plegaria. A los cien años de aquél primer concierto de postguerra, el famosísimo Noche de paz, negociado por los niños en buen alemán, fue precedido por la lectura de la famosa epístola, esa escrita desde las trincheras por el cabo Cunningham del batallón de fusileros escoceses el 5 de enero de 1915: 

“En vísperas de navidad, el fuego cesó, y en los dos lados entendimos que íbamos a tener un día libre. Durante la noche nos cantamos villancicos de un lado al otro y nos oíamos bien, porque la línea alemana estaba solo a cien yardas. Así seguimos toda la noche. Cuando amaneció comenzamos a poner la cabeza por encima del parapeto y nos saludamos los unos a los otros. A la izquierda había una cervecería ocupada por los alemanes, y para nuestra sorpresa, vimos un alemán saliendo de ella con una mano en alto, seguido de otros dos haciendo rodar un barril de cerveza. A medio camino nos hicieron señas para que nos acercáramos a recogerlo. Tres de nosotros salimos, estrechamos con ellos las manos, y nos deseamos feliz navidad antes de volvernos a nuestras trincheras bajo los hurras de los británicos y los alemanes. Enseguida comprendimos que por el resto del día se había declarado la paz, y salimos todos de nuestras trincheras para encontrarnos en el medio del campo y saludarnos festivamente.  Los alemanes decían: ‘¡A merry Christmas!’ y algunos de ellos tenían un inglés bastante bueno…. Y nuestros oficiales les dieron permiso para enterrar algunos de sus muertos que yacían cerca de nuestras líneas. Cuando comenzó a oscurecer volvimos a nuestras trincheras y la gran guerra europea volvió a comenzar.”

Es precisamente esta oscuridad la que Eric Milner-White quiso iluminar transformando su experiencia de guerra en un servicio que hoy llega a todos lados. Aparte de la grabación televisiva, el World Service de la BBC transmite en directo la repetición del concierto cada Nochebuena, llegando tal vez a muchas trincheras aún abiertas y en plena operación. Porque las navidades no tienen por qué ser “felices”, sino más bien esperanzadas, en honor de quienes sufren y aguardan una redención fatalmente huidiza, pero a veces palpable en un coro de niños. 

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