España - Cataluña

Una Butterfly más

Jorge Binaghi
viernes, 1 de febrero de 2019
L. Haroutounian y D. del Castillo © 2019 by A. Bofill L. Haroutounian y D. del Castillo © 2019 by A. Bofill
Barcelona, martes, 15 de enero de 2019. Gran Teatre del Liceu. Madama Butterfly (Milán, Teatro alla Scala, 17 de febrero de 1904), ópera en tres actos, libreto de G.Giacosa y L.Illica y música de G.Puccini. Puesta en escena: Moshe Leiser y Patrice Caurier. Vestuario: Agostino Cavalca. Luces: Christophe Forey. Intérpretes: Lianna Harotounian/Maria Teresa Leva (Cio Cio San), Jorge de León/Rame Lahaj (Pinkerton), Damián del Castillo/Gabriel Bermúdez (Sharpless), Ana Ibarra/Justina Gringyté (Suzuki), Christophe Mortagne/Moisés Marín (Goro), Felipe Bou (Bonzo), Isaac Galán (Yamadori), Mercedes Gancedo (Kate Pinkerton), y otros. Escenografía: Christian Fenouillet. Vestuario: Agostino Cavalca. Coro (maestra: Conxita García) y orquesta del Teatro. Dirección: Giampaolo Bisanti.
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Vaya por delante que es la primera vez en la temporada que se agotan las localidades. El tirón del título es innegable. Se puede sumar una cuota de turistas, buena publicidad, debuts interesantes anunciados. Ha habido mucho éxito de público e incluso de crítica. Con leer el reparto y estas frases que van por delante muchos, o todos, tendrán bastante. Pero además de que no se me aceptaría una reseña tan corta en ninguna parte y tampoco un teatro daría una entrada de prensa para tan poca cosa tendré, una vez más, que hacer de aguafiestas.

Butterfly se dio, en esta misma producción (cosa que a mí no me molesta, pero a muchos sí), hace cinco años y su estreno tuvo lugar en 2006 (en el recordado debut de Cedolins en el teatro, con bis incluido). Un crítico de uno de los periódicos locales de más prestigio citaba este último acontecimiento, precedido de los nombres de de los Ángeles, Tebaldi y Caballé. Ya la última vez no hubo ninguna soprano comparable; ahora tampoco. Un teatro que se pretende de primer nivel internacional y es semipúblico no sólo tiene que variar la programación y traer títulos nuevos, sino que tiene todo el derecho de presentar los sempiternos y amados, pero en condiciones comparables a su palmarés. Es lo que hacen –o intentan hacer aunque no siempre acierten- Nueva York (que no tiene más que recursos propios), Londres, Viena, Milán, París…No digamos si en la programación hay otro Puccini popular (Tosca), pero ningún Wagner, ningún Strauss, y la lista de agravios podría seguir.

No hay duda de que el nivel del espectáculo fue digno, correcto, por momentos bueno, pero lo que en otras sedes puede bastar y/o sobrar aquí se antoja apenas suficiente.

Sobre la puesta en escena, que como queda dicho fue la misma que la última vez y me repito: “(al menos se ha ahorrado en eso), y sin ser particularmente brillante, … funciona. Fue sensata, con momentos de gran belleza y de luz, aunque sumamente despojada, lo que hizo aún más patente el enorme escenario del Liceu y dejó recaer el mayor peso en los artistas. Pero no molestó, tuvo dos o tres momentos poéticos, los cambios ‘anímicos’ de la iluminación fueron correctos.” Agregaré que esta vez se notó más que otras veces el carácter en extremo abierto que fue en detrimento de voces no siempre de dimensiones apropiadas a personaje y sala… También que pareció repuesta con más esmero que la última vez.

La parte musical no ofreció cambios salvo en uno de los Pinkerton. De León tiene mucha voz, pero hasta él ocasionalmente tuvo que forzar (algo a lo que de por sí tiene tendencia), ya que en el podio Bisanti dirigió con convicción sin duda, pero también con excesiva fuerza y tiempos vivos (el principio es de lo más rápido que he escuchado; los timbales en la escena del final de la ópera me ensordecieron). Por otro lado, habiendo en el mundo (no sé si en el país) bastantes Pinkertons, ¿por qué hacerlo repetir, como asimismo repetirá Cavaradossi? Si fuera una interpretación legendaria se podría comprender. La voz es amplia, pareja, pero el fraseo y el actor son poco interesantes, y lo mejor que ofrece es el agudo.

En eso estuvo parejo con la debutante Harotounian; sólo que ella es buena artista, pero el volumen es moderado, más reducido aún en centro y grave, y su capacidad para las notas filadas es escasa (como ya sucedió en su Adriana Lecouvreur en Bruselas). Eso se advierte mucho en las escenas del segundo acto donde incluso una frase ‘banal’ (si es que el personaje tiene alguna, que creo que no) como ‘Suzuki, il thé’ le obligó a acomodar la emisión y a terminar bruscamente. Justamente ese tipo de notas y detalles no se le pueden criticar a la otra Cio Cio San, que debió haber sido Ainhoa Arteta en su debut en el papel, pero que hasta ahora no ha cantado por laringitis según comunicado del Teatro. Leva es una cantante italiana de origen y formación, y eso se nota y pesa en su favor. Desafortunadamente, la voz es pequeña para este escenario (y temo que para este papel): casi nunca dejó de oírse, pero nunca se la oyó mucho. El centro puede funcionar, pero de nuevo el caudal es muy reducido y el grave directamente no existe o es inventado (los intentos tipo ‘morta!’ al final de ‘Che tua madre’ fueron francamente feos y artificiosos). También buena actriz, pero le convendría meditar su repertorio (ya ha cantado, por ejemplo, Aida e Il trovatore, que parecen tanto o más temerarias que esta parte). Por suerte tuvo un muy buen Pinkerton a su lado, el descubrimiento verdadero de estas representaciones (sólo que uno no piensa de entrada en ese personaje abyecto; siempre me ha sorprendido el interés de los tenores por él). Lahaj (a saber cómo se pronuncia en su país de origen, Kosovo) no tiene un gran volumen, pero sí suficiente, y lo proyecta bien. Es de color grato, homogéneo, un punto oscuro, dice con intención y se mueve bien además de ser muy apuesto (al menos que la tonta de Butterfly tenga algún motivo real para suicidarse por semejante cerdo, aunque sea insuficiente). Resultó creíble y por lo mismo tan desagradable en el primer acto como cobarde en el último.

Sharpless no será Scarpia pero necesita un barítono de importancia. Del Castillo hizo un buen trabajo con un caudal modesto; no fue el caso de Bermúdez, con el problema de siempre de su canto engolado, de modo que casi no lo oímos en el primer acto. Buenos artistas ambos.

Suzuki no requiere una gran mezzosoprano, pero si la hay, mejor. Ibarra ha pasado no hace mucho a ese registro, y su centro y grave responden correctamente, no así el agudo. Muy superior en todos los aspectos la que presentó en el segundo reparto la joven lituana Gringyté.

Hasta tuvimos dos casamenteros Goro, tenor característico pero importante. Hasta ahora en general, uno o dos, lo habían encarnado cantantes locales sumamente eficaces. Esta vez fuimos a pescar al mercado internacional y volvimos con un buen actor y desvaído cantante, Mortagne, que no resistía la comparación con Marín, que tiene mucho squillo (de hecho fue el que mejor se oyó en el primer acto), aunque la voz sea muy oscura y poco bella (la parte no lo pide). También actuaron bien ambos.

Muy bien Gancedo en Kate, no muy sonoro Bou en el tío Bonzo. Galán, que normalmente es también muy efectivo, no lo fue tanto como Yamadori, seguramente por los problemas apuntados. El coro, que salvo su gran momento al final del segundo acto ‘a bocca chiusa’, no tiene mucho que hacer, estuvo muy bien. Y lo mismo la orquesta, pese a la muralla sonora que levantó contra el escenario.

En estas condiciones no creo que vaya a asistir al debut de Arteta, si se produce, porque con dos Butterfly así tengo ya para bastante tiempo… Esperemos que la próxima vez haya una protagonista realmente de relieve aunque no se me ocurre ningún nombre (ni siquiera los que aparecen como especialistas de la parte en el Met, París o Madrid).

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