Estados Unidos

La Lucia de Maryland

Andrea Merli
lunes, 13 de mayo de 2002
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Baltimore, Maryland, sábado, 27 de abril de 2002. Lyric Opera House. Gaetano Donizetti, Lucia di Lammermoor. Libreto de Salavatore Cammarano, de la novela 'The Bride of Lammermoor' de Walter Scott. (1835). Flavio Trevisan, Dirección Escenica. Ferruccio Villagrossi, Escenografia. Eugenio Girardi, Vestuario. Benjamin Pearcy, Iluminación. Valeria Esposito / Youngok Shin (Lucia), Roberto Aronica / Gran Wilson (Edgardo), Giorgio Cebrian (Enrico), Hao Jiang Tian (Raimondo), Israel Lozano (Arturo), Ryu-Kyung Kim (Alisa), Taylor Hargrave (Normanno). Orquesta y coro de la Baltimore Opera Company. Director: Richard Buckley. M° del coro: James Harp. Aforo: 2500 localidades. Ocupación: 100%.
0,0002364 Todo empezó con un desafío del director de la revista italiana L'opera, mi entrañable amigo Sabino Lenoci: '¿A que no te atreves a coger el avión mañana por la mañana e ir a Baltimore a ver Cavalleria y Pagliacci? Yo tengo siempre el smoking preparado en la maleta, por si acaso y me lancé; tengo, además, una secretaria 'cómplice' que administra admirablemente mis citas y mis pacientes. De eso hace tres años. Le tomé afición a la Lyric Opera House, donde actúa la Compañía de Opera de Baltimore, patrocinada por una asociación de melómanos adinerados que se tasan ellos mismos al fin de subvencionar una temporada de seis operas. Cada año en primavera acudo a la cita con la ópera en el Maryland: por encargo de mi 'jefe' Lenoci y por cortesía de la 'regenta' de la Compañía en Baltimore, una deliciosa señora italo-americana, Lisa Di Julio. Esta vez me tocó en suerte una edición de Lucia di Lammermoor que, de hecho, era una replica muy similar a la edición del año pasado en Valladolid.Mismo decorado, muy efectivo y eficaz en su doble componente pictórica y corpórea, de Ferruccio Villagrossi. Mismo vestuario, lujoso casi en exceso, pero sugerente de una concepción romántica del melodrama en el que la prima donna nunca dejaba de serlo, ni siquiera cuando personificaba una pobre loca o una campesina, de Eugenio Girardi, inspirado en los cuadros de Rubens. La imagen gótica y opresiva de una Escocia idealizada por el románticismo de Walter Scott estuvo muy presente gracias, también, a la regia concientemente tradicional de Flavio Trevisan, discípulo de Zeffirelli, que obtuvo el aplauso del público al levantarse el telón en la escena de la boda en el segundo acto. Una Lucia sin váteres ni nazis, como quien dice con orgullo: 'convencional'; con el único capricho de obligar a la heroína al suicidio, con el mismo espadín ensangrentado con el que había precipitadamente enviudado, un toque de ulterior dramatismo que al respetable gustó.Gustaron mucho, por supuesto, los dos protagonistas. Ella es una italiana que también en España actúa a menudo: Valeria Esposito. Una 'Lucia' curiosamente ancien regime en el sentido positivo del termino. Soprano lírico-ligera con gran facilidad a la coloratura estratosférica, canta con tonos muy suaves, dulces y melodiosos, sin forzar nunca el precioso timbre que es, por naturaleza diáfano, reluciente en el agudo. Su personaje no tiene ni la histeria nerviosa de algunas, ni la altiva frigidez de otras. Es construido sencillamente sobre las razones musicales, con cuidado extremo en jugar con el accento más que con imposibles sonidos de pecho en zona central y grave. Una 'Lucia' femenina, humana, participe en los sentimientos que enloquece cuando hay que enloquecer, a raíz del para ella inexplicable desprecio de 'Edgardo' y no desde un principio, con actitudes de yonqui flipada como suele pasar a menudo en muchas nuevas producciones. Su dialogo con la flauta fue sencillamente perfecto, sus agilidades utilizadas con sensibilidad de intérprete y no a fin de mero exhibicionismo, fueron recibidas con un merecido triunfo.Su pareja ideal fue el gallardo 'Edgardo' de Roberto Aronica, tenor que está construyéndose paso a paso una carrera internacional. Personalmente, en la pasada temporada, me impresionó muy favorablemente su debut en Los cuentos de Hoffmann en Trieste. Ahora le he encontrado todavía más maduro como interprete, con una línea vocal más segura (su talón de Aquiles, como suele pasar a muchos tenores, era la afinación) y con una personalidad apreciable también en los arranques dramáticos donde se requiere una mayor vehemencia. Se ganó el respetable con una excelente ejecución de toda la escena final, entonando con sumo patetismo la preciosa melodía de 'Tu che a Dio spiegasti l'ali'.Agradable sorpresa la de encontrar en Israel Lozano, tenor madrileño que se está formando en América, un 'Arturo' de medios generosos, bello timbre y correcta musicalidad. Un mayor control en la emisión, que fuerza inútilmente en la zona de paso perdiendo color en el agudo, le trasformará en una real promesa en el panorama mundial, donde las voces hispánicas de tenor siempre se aprecian y siguen con mucha atención. El veterano Giorgio Cebrian no reservó sorpresas, en cambio, al trazar con su acostumbrada profesionalidad un 'Enrico' autoritario, cruel en principio y arrepentido en el final, como le corresponde ser a este barítono que, cuando no canta, viste el habito de fraile benedictino en un convento italiano. Por otro lado, fue el que vio la parte más afectada por los cortes, siendo esta versión casi integral, pero con el inexplicable corte de la escena del torreón en el tercer acto.Fue una lastima, puesto que, además de recuperar casi toda la música de Donizetti (esta ópera por ser la más popular es la que ha desencadenado con más voracidad la acción de las tijeras) se ha ejecutado, en cambio, el aria y cabaletta de Raimondo; pagina bastante intil tanto musical -con su reminiscencia rossiniana pues el personaje canta y actúa como el 'Alidoro' de La Cenerentola- como dramatúrgicamente. Por dos motivos: primero, es muy difícil imaginar una prima donna del siglo XIX haciendo de pertichino al bajo, cuando lo natural en las convenienze teatrali de la época habría sido lo contrario. Segundo motivo, la negativa y rechazo de 'Lucia' a un nuevo novio tiene un imprevisto cambio, sin ninguna explicación. Parece que el mismo Donizetti se encargó de suprimirla tras las primeras funciones. La actuación de un buen bajo, sin embargo, puede justificar su presencia. El 'Raimondo' coreano de Hao Hang Tian lució una voz poderosa y buenas intenciones de interprete, pese a que su italiano fuese más bien impenetrable: también logró su buen aplauso, así como el joven y apuesto 'Normanno' del tenor Taylor Hargrave y la 'Alisa', también coreana, de Ryu-Kyung Kim.La orquesta y el menguado coro se las compusieron con muy buena voluntad; éste con mejores resultados de aquella, que bajo la batuta de Richard Buckley resultó bastante indómita. El Maestro norteamericano, por otra parte, hizo auténticos milagros al hacer cuadrar el circulo de unas funciones que se montaron con poquísimos ensayos.El domingo, día 28 de abril, actuó un segundo reparto en el que tuvo un gran éxito la 'Lucia' de la soprano coreana, muy activa en América -especialmente en el Metropolitan de Nueva York- Youngok Shin, que sin embargo, aun cantando con esmero y con buena fluidez, dio la impresión de ser la típica muñeca bella senz'anima. El tenor norteamericano Gran Wilson no es ningún jovencito y se pasea por los teatros de USA con un repertorio muy comprometido y haciendo alarde de una voz en extremo generosa, pero administrada de forma absolutamente irracional. Su 'Edgardo' tuvo en momentos los acentos veristas de 'Turiddu' y, casi siempre, los modales de un vaquero auténtico, llegando increíblemente a cantar con acierto la temible escena final. Lo que demostró que, efectivamente, la técnica la tiene y, por supuesto, sabe cantar. Pero lo que es el gusto interpretativo corresponde a las hamburguesas de los McDonalds: buenas para estómagos robustos.
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