Alemania

El clarinete romántico alemán

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 27 de febrero de 2019
Sabine Meyer © by Christian Ruvolo Sabine Meyer © by Christian Ruvolo
Düsseldorf, miércoles, 31 de octubre de 2018. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Richard Wagner (1813 – 1883), Siegfried-Idyll en mi mayor WWV 103. Carl Maria von Weber (1786 – 1826), Concierto para clarinete y orquesta númer 1 en fa menor opus 73. Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809 – 1847), Konzertstück número 1 en fa menor para clarinete, bassethorn y orquesta opus 113; Sinfonía número 3 en la menor opus 56 (Schottische). Solistas Sabine Meyer (clarinete), Reiner Wehle (corno di bassetto). Orquesta Kammerakademie Potsdam. Director Antonello Manacorda. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf (https://www.heinersdorff-konzerte.de/). 100% del aforo.
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Cuando uno reside y trabaja en Berlín (3,5 millones de habitantes) incurre casi siempre en el error de no mirar más allá de los límites de la ciudad para ver las excelentes ofertas culturales que hay en sus alrededores. Por ejemplo, en la cercana Potsdam (200.000 habitantes), capital del vecino estado federado de Brandemburgo. Y hete aquí que para escuchar a su sobresaliente orquesta Kammerakademie Potsdam uno viaja a Düsseldorf para extasiarse con ella y liberarse así del efecto de aspiradora que ejerce la vida berlinesa con sus múltiples y absorbentes actividades artísticas en general.

Esa es la ventaja de retornar y replegarse a una región como la de Renania, con una oferta muchísimo más diversificada y de alta calidad que permite disfrutar de todo aquello y aún más, como coincidíamos en comentar recientemente con un dilecto colega y amigo de Time Magazine, destacado en Berlín, que me daba la razón. Tal es el caso en la tarde en la gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf con el magnífico concierto de la clarinetista alemana Sabine Meyer y la Kammerakademie Potsdam, dirigida por Antonello Manacorda, organizado por Heinersdorff Konzerte que siempre trae a este ámbito a los mejores artistas de todo el orbe, sin excepción.

Sabine Meyer (Crailsheim/Baden-Württemberg, 1959) es sin duda, una de las grandes artistas de Alemania, solvente, reconocida y celebrada internacionalmente. En 1983, siendo muy joven, fue una de las primeras mujeres que integró la Orquesta Filarmónica de Berlín (Berliner Philharmoniker). El legendario maestro Herbert von Karajan la introdujo (casi como con calzador) en ese colectivo musical, hasta entonces de exclusivo dominio masculino. Pero, poco después, Meyer tuvo que renunciar a su puesto de solista debido a las peleas entre los músicos y su director. Ella ya recibía entonces de forma creciente ofrecimientos de otras orquestas, por lo que optó por seguir este camino, para no verse más sometida incesantemente a situaciones tan desagradables ni ser testigo involuntario de intrigas y luchas por el poder.

En definitiva, todo esto resultó ser de una gran suerte para su noble instrumento, porque Sabine Meyer ha desarrollado entretanto una vertiginosa e impresionante carrera, siempre en ascenso, y ha conquistado los escenarios y auditorios de casi todos los continentes, más allá de la ejecución del célebre Concierto para clarinete y orquesta en la mayor (1791) de Wolfgang Amadé Mozart. Además, desde 1983 Meyer es catedrática del renombrado Conservatorio de Música de Lübeck, en el norte de Alemania, donde se han formado y se forman otros grandes músicos de este país.

Para esta tournée por Alemania, Sabine Meyer ha confeccionado, junto con Antonello Manacorda (Turín, 1970) y los músicos de la Kammerakademie Potsdam, un programa romántico de talla mundial y con él se han deleitado en esta velada el millar largo de espectadores congregados en esta velada bajo las estrellas de la cúpula de la Tonhalle, en la capital del populoso estado de Renania del Norte-Westfalia. Es justo aclarar que la orquesta, pese a su nombre, Kammerakademie, no es para nada pequeña; está integrada por casi un centenar de músicos.

Con gran acierto, la vorágine de la música de Richard Wagner abrió el recital con el Siegfried-Idyll en mi mayor (1870), conducido por Manacorda con precisión y firmeza, así como un excelente y sutil trabajo de cuerdas y maderas que sedujo literalmente a la platea por sus maravillosos motivos. Sin embargo, el conjunto sonaba ligero, con gran soltura, más próximo a Mozart que a Wagner. Algo muy parecido debió haber sido lo que experimentó Cosima Wagner cuando recibió como regalo de cumpleaños (33) este poema sinfónico, compuesto y ensayado en secreto aquel año por su marido, y estrenado en la intimidad familiar de la Navidad por un grupo de músicos de la Orquesta de la Tonhalle de Zúrich, reunidos especialmente en la residencia de la pareja, la Villa Triebschen, junto al lago de Lucerna.

La denominación de este poema sinfónico tenía además doble sentido, porque el genial compositor trabajaba desde 1869 en la partitura de Siegfried, la tercera obra del Anillo del Nibelungo, e incorporó temas usados en el dúo final de esa obra (1876), así como una almibarada canción de cuna alemana --ejecutada con mucha ternura aquí-- con la que se congratulaba junto a Cosima por el nacimiento de su único hijo varón, Siegfried (Fidi) en 1869.

El segundo pase fue un plato fuerte: el Concierto para clarinete y orquesta número 1 en fa menor de Carl Maria von Weber que ya antes de su estreno en 1811 había provocado feroces discusiones, Uno de los músicos de la Hofkapelle (orquesta de la corte bávara, en Múnich), había llegado a calificarlo de trabajo diletante. Crítica incomprensible hoy en día, porque la obra ha ganado crecientemente desde aquel entonces reconocimiento general, especialmente entre los clarinetistas.

Meyer se lució sobremanera en la excelente resolución de la complejidad técnica (Allegro moderato) de esta exigente pieza de 20 minutos, con un breve y dulce Adagio ma non troppo; y sobre todo en el tercer movimiento Rondo Allegretto que se escuchó muy divertido, burbujeante, con articulaciones muy refinadas y un final furioso.

La clarinetista, magníficamente acompañada y apoyada por la orquesta, de forma concisa, vivaz y transparente, tocó una versión historicista, más apegada al original de Weber, sin los adornos que introdujera en su momento el clarinetista Heinrich Joseph Baermann, para quien estaba dedicado este concierto, en el que trabajaron ambos, compositor e intérprete estrechamente juntos.

Tras el intervalo, Meyer entabló un precioso diálogo en el Concierto número 1 en fa menor para clarinete, corno di bassetto y orquesta de Felix Mendelssohn-Bartholdy con el otro solista, Reiner Wehle, también catedrático de Lübeck. En los nueve minutos que dura la pieza Meyer y Wehle exhibieron gran entrega y enorme virtuosismo, desde las primeras cadencias interpretadas por cada uno de sus instrumentos en el tempestuoso Allegro di molto, pasando por un momento más lento y meditativo en el Andante, algo así como una amorosa balada (sin texto), hasta llegar al rápido e impetuoso Allegro molto que invita literalmente a danzar.

La graciosa anécdota sobre las circunstancias en que fue compuesta la obra aclara mucho sobre sus características. Escrita originalmente para piano, el compositor finalmente dedicó asimismo esta pieza al clarinetista Baermann y al hijo de éste, Carl, en 1832, como fruto de un pacto entre ellos. Los Baermann debían preparar en la residencia de Mendelssohn-Bartholdy en Berlín Dampfnudel y Milchrahmstrudel, exquisitas especialidades de la repostería de algunas regiones del sur de Alemania y de Austria, respectivamente, mientras éste plasmaba las notas sobre el papel.

Los riquísimos dulces y el primer dúo quedaron listos el 30 de diciembre de aquel año y fueron probados y ensayados en la misma tarde. El éxito y la diversión en ambos casos, tanto en lo gastronómico como en lo musical, fueron tan notables que pocos días después crearon por el mismo procedimiento el Concierto para clarinete, corno di bassetto y orquesta número 2 en re menor opus 114. Las orquestaciones a posteriori corrieron a cargo de Baermann (padre). Inexplicablemente, parece que Mendelssohn no le dió demasiada importancia a estas espontáneas creaciones que fueron publicadas por primera vez en 1869, más de dos décadas después de su fallecimiento a consecuencia de un ataque de apoplejía. Ovacionados por el público, de pie, Meyer y Wehle ofrecieron a los bises el no menos juguetón y ocurrente tercer movimiento (Allegretto grazioso) del segundo de los mencionados conciertos.

Hasta ahora, el turinés Manacorda había dirigido a su orquesta con ambas manos. Pero en la tercera y última obra programada para este concierto -la Sinfonía número 3 en la menor (1842), Escocesa, postrera de las cinco de Mendelssohn y dedicada a la Reina Victoria- lo haría con la batuta para extraer del conjunto con mucho cuidado y gran refinamiento primero un Andante con moto – Allegro un poco agitato con pasajes muy delicados en algunos compases y de mucha energía en otros. Muchas de las anotaciones que hiciera in situ el compositor durante su viaje por Escocia en 1829 y las impresiones recibidas quedaron cristalizadas en esta sinfonía.

El director fue erigiendo la obra, modelándola con gran calidad y una exactitud de relojero suizo junto con cada sección de la excelente orquesta. Especialmente las cuerdas y las maderas tuvieron un gran destaque, pero los vientos y la percusión no les fueron a la zaga. En el brillante Scherzo Vivace non troppo, donde quizás se advierte alguna lejana reminiscencia de los ritmos típicos de las canciones y danzas escocesas, hubo gran concentración de los instrumentistas; mucho amor y esmero en el excelso Adagio; y un candente ardor y velocidad en el Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai, hasta que la música se fue diluyendo. Atronadores aplausos cerraron esta ¡inolvidable velada!!! Me quedó en mente la sensación de que la Kammerakademie Potsdam debiera salir más a menudo de gira para hacerse más conocida aún y mostrar la real valía que posee.

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