España - Cataluña

Bertarido, rey legítimo

Jorge Binaghi
viernes, 8 de marzo de 2019
Guth: Rodelinda © A. Bofill, 2019 Guth: Rodelinda © A. Bofill, 2019
Barcelona, sábado, 2 de marzo de 2019. Gran Teatre del Liceu. Rodelinda (Londres, King’s Theatre, 13 de febrero de 1725), ópera en tres actos, libreto de N. Haym y música de G. F. Haendel. Puesta en escena: Claus Guth (repuesta por Marcelo Buscaino). Escenografía y vestuario: Christian Schmidt. Luces: Joachim Klein. Videocreación: Andi A. Muller. Coreografía: Ramses Sigl. Dramaturgia: Konrad Kuhn. Intérpretes: Lisette Oropesa (Rodelinda), Bejun Mehta (Bertarido), Joel Prieto (Grimoaldo), Sasha Cooke (Eduige), Gerald Thomson (Unulfo), Gianluca Margheri  (Garibaldo), y Fabián Augusto Gómez (Flavio). Orquesta del Teatro. Dirección: Josep Pons
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Estreno en Barcelona y en el Liceu, séptimo de los títulos de Haendel que disfrutan de semejante honor (el primero, el más conocido Giulio Cesare fue en 1964), Rodelinda es mucho menos famosa y frecuentada que las otras hermanas agraciadas (Agrippina, Ariodante, Alcina, Serse y Ariodante). En mi caso fue uno de los últimos títulos que vi antes de comenzar a escribir para Mundo Clásico en 2002 y desde entonces no he vuelto a verla. Un agradecido y emocionado recuerdo para aquella versión, de cuyo estreno absoluto en Glyndebourne en 1998 ha quedado por suerte un documento visual, y muy especialmente a Antonacci, Scholl, y Streit, que, dirigidos magistralmente por Christie, hicieron que de golpe se convirtiera en uno de los títulos favoritos de su autor. Los otros elementos no habían sido tan relevantes, incluida la puesta en escena, pero correctos de todos modos incluso en los que eran sólo correctos. 

Aquí hemos tenido una buena versión en conjunto, con sus altos y bajos en lo musical, e interesante en lo escénico.

El mayor mérito de Guth es haber conseguido que el público se estuviera quieto y atento (no sonó más que un móvil, y apenas, y las toses y ruidos varios fueron pocos, comparativamente), y eso que, con el intervalo incluido, llegamos a las cuatro horas totales. Lo siguiente es que se trata de alguien inteligente, y cuyos colaboradores también lo son. Situarla en una casa londinense del mil setecientos, en apariencia la que era residencia de Haendel, está muy bien y da un aire como de residencia presidencial (después de todo Downing Street es más impersonal y fea). Las proyecciones y videos son excelentes (de factura, aspecto y oportunidad), la idea de hacer un árbol genealógico durante la obertura es buena porque aclara algunos puntos, aunque la primera escena muda nos deja un tanto confusos. Las comparsas que bailan o giran (excelente coreografía, vestuario y luces) aterrorizando al hijo de los protagonistas, único que los ve, están muy bien integradas y concebidas, y los personajes muy bien caracterizados dentro de los tipos esquemáticos que representan.

Tal vez no esté yo de acuerdo en el trazado de Rodelinda, demasiado oscilante entre fidelidad a su esposo supuestamente muerto y el usurpador que la desea, poco clara, y demasiado ‘astuta’ o ‘divertida’ (su gran aria ‘Spietati!´’ fue una obra maestra de cómo divertir al público a costa de texto y música.. Qué le vamos a hacer, esta es una ópera bastante ‘doliente’ y por lo mismo ‘aburrida’ y hay que ‘animarla’. Lo peor -o lo mejor según se mire- es que no sé si alguien más pensaba como yo). También está el conocido problema no exclusivo de Guth de evitar por cualquier medio que en una de esas ‘interminables’ arias largas da capo (¿el monólogo de Marke no es interminable y reiterativo?) no sólo el intérprete tenga que preocuparse por moverse agitadamente sino que a su alrededor evolucionan los otros personajes o los figurantes, y como hay dos niveles en el interior de la casa -mucho más moderno que la fachada de la misma- tenemos siempre dos acciones con por lo menos tres personajes, de los cuales canta uno. Es cierto que así logran distraer de la música y de los posibles errores de interpretación, pero… 

Y aquí se añade el personaje mudo, el mencionado hijo, sensacionalmente interpretado por el actor originario de Colombia, Gómez, verdadero coprotagonista y merecidamente aplaudido al final. Lo que ocurre es que si es un rasgo excepcional de creatividad el haber prácticamente creado el personaje, un chico que se defiende de la realidad dibujando compulsivamente e inventándose un mundo de fantasmas, que sigue viendo incluso en el final ‘feliz’ de la obra (ya sabemos que no hay felicidad completa ni duradera, pero gracias por recordárnoslo, aunque al parecer Haendel -la música es clara- no lo había pensado así), termina agobiando y hubo algún momento en que deseé que se materializara el ardid para hacer ceder a Rodelinda en la pretensión del usurpador de desposarla (matar al hijo, que será fóbico y paranoico, pero no tonto y se coge un rebote espectacular).

Podría decir más, pero ya me parece bastante, como decía el paje Oscar del Ballo in maschera. ¿Pasamos a la música que, quiero suponer, es por lo que esta ópera merece vivir o revivir?

No soy en absoluto un fanático de la ‘filología’ de los ‘fundamentalistas’ del barroco, así que no seré yo quien se queje de tener en el foso (sobre una tarima) a la orquesta de siempre. Pons estuvo ajustado y atento, pero no creo que sea este su terreno de elección. Los profesores sonaron bien (se lucieron vientos y metales, aparte del -o de los- teclado/s) pero faltó brillo y transparencia a las cuerdas, el sonido fue más bien quedo o demasiado prudente, y los momentos meditativos o íntimos pecaron de lentitud. 

Pero, como creo que aún se recuerda, Haendel escribió sus obras para divos, monstruos del canto, y ellos son la primera razón de ser -y de fracasar o no- de la obra; paciencia, pero es así.

Yo creía imposible superar a Scholl en una parte que le iba como anillo al dedo a su timbre y su estilo y técnica. Pues Mehta lo ha conseguido. Y de qué manera. Lo ejemplar de los recitativos (unas ‘messe di voce’ casi increíbles si no lo conociéramos) se sumó al virtuosismo, lo irreprochable del estilo, la justeza técnica de las arias, y donde nunca brilló por exceso de exhibición de medios sino por su belleza, homogeneidad y la adecuación de las agilidades y adornos al texto y a la parte. Fue aclamado desde esa maravilla de entrada que es ‘Dove sei, amato bene?’ hasta la última, la pirotécnica y algo más ‘Vivi, tiranno’, pero al público se le pasó por alto o no reaccionó a tiempo (no conocer las arias es un problema, pero al menos aquí no se intentó aplaudir en cualquier parte sino que más bien prevaleció la prudencia, que se agradece) ‘Scacciata dal suo nido’ que junto con la precedente y bucólica ‘Con rauco mormorio’ hacen que uno quiera consagrarle un monumento a Haendel en ese mismo instante. Se sabe lo entregado que es el actor (lució muy distinto con su peluca), de modo que en lo que va del año aquí, tengo más que claro quién ha sido el mejor con diferencia. Menos mal que al final recupea la corona.

Tanto éxito -o casi- como él obtuvo la aquí debutante Oropesa. Estuvo más que excelente. Sucede que yo creo que la protagonista debe tener un centro y grave más contudentes y bellos y no ser sólo una soprano líricoligera que en algunos momentos (es lógico, porque el barroco no es su primera baza de repertorio) se acerca más a ‘Lucia’ que a Rodelinda y -en esto no tiene ninguna responsabilidad porque como artista seria que es se pone a las órdenes del director- en lo interpretativo esta reina de los lombardos es la hermana gemela de Cleopatra y Poppea (en el mismo Haendel), y no me parece que lo sea. En los agudos estuvo estupenda, los piani bien, y las agilidades -especialmente los trinos rápidos- demostraron alguna imprecisión. Cuando cantó el único y maravilloso dúo de la ópera con Mehta (‘Io t’abbraccio’, final del segundo acto, aunque aquí quedó en la segunda parte de la obra -otra cosa que no entiendo vista la duración total-) lo hicieron muy bien, pero cada uno cantó a su modo. 

El otro puntal vocal de la representación fue el otro contratenor. Unulfo, el fiel, no es a priori un personaje del mismo interés que los anteriores, pero vaya si lo fue, por canto y actuación Thomson, que cuando se soltó el pelo a bailar al final en un segundo dio un verdadero espectáculo. Pero, sobre todo, qué cantante. No me sorprendería si un día fuera él mismo un gran Bertarido.

Cooke fue una buena hermana despechada en sus amores y ambiciosa en política. No es el mejor de los personajes de la obra ni de los de Haendel, pero la mezzo tiene color de tal y actúa estupendamente. Tiene buen estilo, aunque el canto tiende a la monotonía.

Prieto tiene poco que ver con Haendel, y su personaje es importantísimo. No se puede decir que no lo haya intentado, y por presencia y actuación su usurpador funciona; vocalmente tiene problemas en los agudos, las agilidades; centro y grave han adquirido más cuerpo, pero sus recitativos pertenecen a cualquier otro mundo.

El menos importante en cuanto a participación vocal es el más malvado de todos. De nuevo, Margheri actúa bien pero su canto es deficiente; empezó rompiendo una nota en el primer recitativo, y eso puede ser un accidente, y ciertamente parece tener frecuentación con el barroco. Pero, y es la primera vez que lo veo y oigo, el papel es más de bajo, y será por eso que los graves son problemáticos, pero los agudos también lo son, y la afinación.

Hubo mucho público en la primera representación, aunque a medida que se iba a los pisos superiores había más claros y mucho éxito para todos al final, en particular para Mehta y Oropesa. 

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