Obituario

Con Jörg Demus, 2019 ...

Antonio Baciero
lunes, 22 de abril de 2019
Jörg Demus © Dominio público. Pinterest Jörg Demus © Dominio público. Pinterest
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Me manda la noticia el bueno de Alfonso Aijón (fundador de Ibermúsica, a quien un día paseando por el Graben le aconsejé que hiciera una agencia de conciertos) y añadía un breve texto: “Acabo de regresar de mi tradicional excursión al Himalaya, y esta mañana me encuentro con esta noticia de uno de los personajes que pertenecen a nuestra historia personal. ¿Cómo estás? Abrazos. Alfonso.”

Hacía días que andaba yo tecleando el nombre de Demus en Internet porque no tenía ni idea qué era de él en este momento. ¿Vivía? ¿Qué hacía? Me chocaba no haberle visto en el concierto de Badura el pasado seis de noviembre, porque era un evento muy especial: Paul, con sus 91 años y dos quimioterapias páncreáticas tras sí, se despedía del mundo con las tres Sonatas Póstumas de Schubert en el Musikverein. ¿Cómo se podía faltar a una cosa así de un maestro y amigo, como él, sabio ejemplar en pedagogías y generosidades todas? Y allí no había visto a Demus.

Realmente era otro de los grandes y en una época – tan reciente – en la que por allí se agrupaba a la gente en arios y judíos, Entre los semijudíos o Halbjuden había un grupo de chicos que estudiaban en teclados pintados sobre una mesa y un poco desapercibidos y ocultos en pequeños pueblos sin significación. Ya entonces tocaban a cuatro manos Jörg y Paul en reuniones familiares y agrupaciones corales. Badura, que era vienés de verdad, le tomaba el pelo a su amigo, “¡Tú eres de Sankt Pölten!”, un pueblón no lejos de Linz, patria de Bruckner, también famosa por haber nacido en las cercanías otro joven que en su juventud se gastaba el dinero en óperas de Wagner y libros de Geografía. Tenía un pequeño bigotito y hasta había estado en la primera Gran Guerra en la que, en la trinchera de enfrente dudo que se hubiera encontrado con otro joven delgaducho francés en la sección de camiones, Maurice Ravel. Pues el tal Adolfo haría una gran carrera en la vecina Alemania, misterios del pangermanismo y de un idioma que unía viejos laberintos antiguos.

¡La Viena de los 50…! Ya del siglo pasado…, aquellos años en los que un tanque ruso en plena Schwarzenbergplatz custodiaba las tumbas de dos generales de la URSS caídos en la liberación de la ciudad. Les fastidiaban tanto a los vieneses que los conductores de los tranvías para no decir Stalinplatz paraban en unos metros más allá para anunciar Rennweg (Camino del Reno) que además era mucho más poético. Precisamente en el 56. - Centenario de Mozart – Austria acababa de recuperar su entidad como Estado, después de 10 años de miserias y catástrofes.

Pero aquellos jovencitos estudiaban de lo lindo. Otro de ellos, Friedrich Gulda - ése sí, creo que Ganzjude – había deslumbrado con sus Sonatas de Beethoven y, exaltado forofo del jazz, siempre tenía un saxofón escondido debajo del piano. Se decía que era hijo de un conductor de tranvía y tenía los dedos como palancas de acero de Solingen. Le encantaba unir a su gigantesco repertorio las improvisaciones y el jazz. También un poco (en palabras de Carmelo Bernaola) “para joder al personal…” Salía a tocar con unas Adidas blancas y un gorro de alpinista. Yo le oí un recital en Berlín de Preludios y Fugas de Bach en piano y en clavinova. En el colmo del surrealismo, anunció en broma su propia muerte en los periódicos y a las pocas semanas murió de un ataque al corazón. Había sacado el primer Premio de Ginebra después de la Guerra y le requerían en todas partes. Se decía que había comprado en Buenos Aires un club nocturno, vivía en las montañas de Salzburgo y cuando se aburría del saxofón y se sus selectas seguidoras, bajaba a jugar al ajedrez con el pianista del bar del Hotel Bristol. También aparecía con el saxo after hours en el Fatty George, junto al Graben. En muchos aspectos - ajedrez genialidad contestataria incluidos - podría haber funcionado como el Esteban Sánchez vienés.

Pero aquellos otros mocetes de la postguerra no se habían quedado atrás y en el 54 un tal Jörg Demus se presentaba en el Konzerthaus con los 48 Preludios y Fugas de Bach y un Badura-Skoda de 28 años daba en el 56 una conferencia en el Konservatorium der Stadt Wien sobre la ornamentación en Mozart, de lo que había escrito el correspondiente libro, y a los tres días tocaba y dirigía desde el piano el K 459. Él mismo, reducido, cercano, vivaz, parecía una reencarnación de Mozart. En ese mismo año, Badura-Skoda grabó en Nueva York una prodigiosa versión de los Estudios de Chopin que, por desgracia, tuvo una muy limitada difusión.

Paul entonces acababa de grabar la integral de Partitas de Bach – que nos hacía oír Alfonso Aijón en el Conservatorio de Madrid – y se presentaba con un lleno en el Carnegie Hall de la mano de un mánager, Taubmann, antiguo mánager vienés en América. Todos vinieron enseguida a Madrid, donde los trajo el listísimo Federico Sopeña al Conservatorio y Ernesto de Quesada que había montado su imperio de managing los llevó a Sudamérica. Artífice de los primeros éxitos de Arturo Rubinstein, Quesada era tan amigo suyo que cuando Arturo venía a España salía Don Ernesto a buscarle a Irún y hacer el viaje juntos, aquellas épocas del tren y remotamente hasta el de los pianos “mudo que habían funcionado tanto en los tiempos de Liszt. Quesada sería el gran promotor de los jóvenes austriacos en América que recorrieron durante muchos años, Demus entre ellos. A Valladolid, por ejemplo, aquellos expresos y coches-cama llegaban todos a las tres de la madrugada, y era una escala tan apreciada hacia las potentes Filarmónicas del Norte que Don Ernesto había dejado un espléndido viejo Pleyel en el Carrión.

Demus era un pianista y músico integral, extraordinario, que también se lo rifaron como colaborador Fischer-Diskau y Antonio Janigro. Yo le oí El clave varias veces y una vez en Viena tuve ocasión al entrar a felicitarle de ver las partituras que tenía. ¡Qué bárbaro! Eran de un bosque de lápiz entre el negro de las notas. Nunca había visto una cosa igual. Estos Ganz- o Halbjuden recordaban las sabidurías artesanas de familias mancomunadas en torno a prácticas artísticas antiguas y bien trabadas donde todo estaba previsto y asimilado. El Bach de Demus causó furor en Madrid. ¡Todas las voces de la polifonía cantaban! Y en su sitio. Había muchos estudiantes con las partituras. Pero lo mejor que me pasó con Demus fue 20 años después y de nuevo con El Clave en el Real, en Madrid. Del último recital de la serie y su resonancia, recuerdo la luz blanca del final del concierto como la del último cuadro de Fidelio en la Staatsoper. Al pasar a saludarle al camerino me crucé con él que ya volvía de hacer una compra rápida: Había conseguido unas frutas en un bar cercano y hecho los preparativos para cenar allí y quedarse unas horas más estudiando en el teatro con sus manzanas: Al día siguiente tenía los ensayos de la Fantasía de Debussy en Milán. Todo un artista del siglo XX…

Tenía una teoría curiosa de que uno debía dedicarse cada año a un mismo autor. Yo asistí a los de Schumann y el año de Debussy complementó su obra completa con una exposición de grabados japoneses propios en el mismo Konzerthaus. Hacía, junto con Paul y Brendel, unos cursos en el antiguo Palacio del Archiduque Carl en la Annagasse 20, en un Internationales Kulturzentrum, surgido cuando la sublevación de Hungría aquel mismo año de Mozart… ¿Quién no pasó entonces por la Annagasse? ¡Hasta yo toqué las Partitas de Bach en sólo programa! El edificio, reconvertido hoy en la Haus der Musik había sido hasta el lugar donde antaño Köchel había dado clases a los hijos del Archiduque … Era una Viena “para todo” porque en el cercano Anna-Bar había entonces un centro pseudo-existencialista con sauna incluida… y al comienzo de la Krugerstrasse - donde vivía Czerny - se veían al anochecer algunas prostitutas con sombrilla.

Curiosamente en la misma calle donde hasta hace poco se veía todavía en lo alto la vieja propagando de un Hotel con su “Agua corriente, caliente y fría. Y en otro no muy lejos me topé yo con una viejo timbre en la habitación con un letrero casi desaparecido: “Telégrafo para la chica de servicio”. Por doquier surgían los vestigios de Francisco José, el Emperador de Mahler y Bruckner, o en el Kohlmarkt siguía exitiendo la pastelería Dehmel “Repostero Real e Imperial”, un remedo del Café Florian de Venecia. Más los eternos Cafés, algunos majestuosos, con sus Illustrierte con su armazón de bambú y su vasito de agua.

Pero en esa Viena antigua y anticuada, de inviernos de nieves perpetuas, donde las señoras mayores usaban sus zapatos de la época de Freud, la gente estudiaba muy en serio. Todavía no he hablado de Brendel, entonces el más joven, que descollaba por sus puntillistas buenas versiones de Schubert y Liszt.

Los cursos de la Annagasse eran como en mayo-junio y se reunían los tres, Badura, Demus y Brendel. Estos dos últimos se llevaban fatal y Badura hacía como de ángel bueno entre ellos. Brendel mismo contaba que una vez coincidieron en un mismo compartimento de tren (¿Tu por aquí?...). los dos iban a Salzburgo y tuvieron que aguantarse y decirse algo en las dos o tres horas del viaje.

Brendel era el más joven y entonces menos famoso. Destacaba con sus acabados minuciosos que solía subrayar con un gesto nervioso de la mandíbula inferior, como si hiciera las frases con los músculos faciales… Sería el de la imparable carrera internacional siempre creciente, sus acabados interpretativos eran de intensa orfebrería. Tenía una colección de cosas divertidas, funny things del más diverso tipo, entre ellas críticas exóticas, muy acordes con su humor cercano y compinchante…En Londres descubrieron su Beethoven y acabó yéndose a vivir allí. Estaba casado con Iris, una argentina guapa, grande, simpática.

Recuerdo en una jornada de aquellos cursos en que Brendel estuvo dando clases por la mañana y por la tarde actuó en la Brahms Saal. Aquella inolvidable Fantasía de Schumann fue de las mejores que he oído, si no la mejor. Muy curiosos los “saltos” del último tiempo en los que a una espléndida velocidad no rozó ni uno. En alguna ocasión le había oído que en esos trances había que mirar simultáneamente a los dos sitios a la vez.

Volviendo a Demus, era el mejor colaborador de Fischer-Diskau, y eso es llegar al núcleo de algo tan visceral como el Lied, siendo Schubert también el más persistente en sus “cuatro manos” con Badura que han sido modélicas. Un día de los cursos recuerdo que pusieron tomas falsas, desechadas en sus grabaciones, y fue muy divertido. En otra ocasión, la clausura del curso fuimos a su casa. Espléndidas alfombras, cuadros y un ambiente elegante y rico. A su padre solíamos verle en los conciertos.

Últimamente Paul me dijo que Demus estaba haciendo una ópera. Habrá que seguir la cosa, porque todos ellos componían y además habían pasado temporadas en Steinway y sabían mucho de las intimidades de los pianos. Especialmente Badura siempre en los conciertos le daba su remate personal, no podía estudiar en un piano cuya afinación no fuera la deseada.

En sus personalidades, tan diferentes, Badura trasmitía inteligencia y rapidez, Brendel puntillismo y humor y Demus armonía. Quizá la persistente regularidad del trato con Bach le había potenciado aquella sensación de trato afable y armonioso. Badura y él se querían como hermanos y nunca tuvieron ningún roce de celos o competencia. Tampoco en los frecuentes casos de asuntos amorosos tan frecuentes en los jóvenes, representando cada uno una tendencia diferente. Aprovechaban cada situación para reírse. Todos ellos eran grandes schubertianos (¿qué buen pianista no lo es?) y Demus inventó el meter un piano de cola en un camión y adentrarse en el fantástico bosque vienés y aunar directamente las esencias cósmicas.

Mozart y Beethoven en Viena funcionaban como los padres ancestrales de lo más directo en música, incluida la manía de Don Ludwig por el metrónomo. Por supuesto todos pasaron por Edwin Fischer y sus cursos de Lucerna, que funcionaba como un moldeador de jóvenes. Badura era para él como un hijo y recuerdo su emoción cuando después de un concierto en León, en la cena le mostré mis traducciones de los tres pequeños libros de Fischer y también le pregunté alguna duda en la traducción. Por cierto, en aquel concierto en el recién inaugurado auditorio le oí los mejores Estudios Sinfónicos que pueden hacerse, con la presencia de aquella “mágica flor azul romántica” de los pensamientos de Fischer.

En ellos, Badura, Demus, Brendel, Gulda, se notaba aquel cierto principio de unidad de tempo de la emblemática Escuela vienesa general. Y es que Viena ha sido mucho piano, piano y teclado, pianoforte, órgano, clavicordio, y vuelta al piano… No en vano una visita obligada en sus cursos era el fantástico Museo de instrumentos, la Instrumentensammlung del Hofburg donde allí tocaban en el piano de Clara Schumann comprado por Brahms, o el cémbalo con persiana de abrir y cerrar de Haydn, y, por supuesto, los mozartianos de Stein y Walter, el Broadwood de Beethoven, el Pleyel de Chopin y los de Graf de Schubert y Liszt … Más el universal Bösendorfer de toda la vida… Cultura de piano como Música e Historia (en el mismo edificio en cuya balconada principal salió un día el Sr. Hitler a decir aquella banalidad de “esta ciudad se me aparece como una perla” en aquel impresentable alemán suyo, como ladrado).

Badura y Demus, Demus y Badura tenía en sus casas un verdadero museo de instrumentos. Hasta en eso parecían haberse puesto de acuerdo, Paul, pianos de cola, Jörg verticales. Ambos tenían tal tesoro que las ha adquirido la Sociedad de Amigos de la Música y abierto en el sótano del Musikverein un nuevo espacio y una Sala cuyo nombre creo que es Sala Bruckner. El cuento podría no acabar nunca porque una vez que casualmente fui con una vieja amiga - Elisabeth Korompay. al indescriptible castillo de Aistersheim, todo un Wasserburg del s. XVI, y al quedarme maravillado ante un espléndido claviórgano del XVII en la capilla, espléndidamente conservado, me dijo: “¡Me lo ha querido comprar Demus!”

A Jörg le dejó de herencia un amigo un castillo o palacio en Tirol que fue – se dice – el origen de tan graves cosas con Hacienda que le obligó a tocar en todas partes lo que fuera y como fuera. Espero y deseo que esto sea un bulo. Lo que no lo va a ser seguramente su ópera. Vamos a ver qué pasa con ella, seguro que algo “sonado” y con la mejor afinación.

Querido Demus, siempre tan sonriente y armonioso … ¡Buen viaje por los bosques, pianofortes y clavicordios del infinito!

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