Alemania

Fresco como una rosa

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 26 de junio de 2019
Grigory Sokolov © 2019 by Sven Lorenz Grigory Sokolov © 2019 by Sven Lorenz
Wuppertal, viernes, 14 de junio de 2019. Gran sala histórica y auditorio de la ciudad de Wuppertal. Klavier-Festival Ruhr 2019. Grigory Sokolov. Ludwig van Beethoven, Sonata número 3 en do mayor opus 2/3, Once bagatelas opus 119. Johannes Brahms, Seis piezas para piano opus 118, Cuatro piezas para piano opus 119. Asistencia: 100% del aforo.
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En el trajinar del genial pianista ruso Grigory Sokolov (Leningrado, 1950) hay algo así como una búsqueda permanente de la perfección del sonido en el espacio, tratando de alcanzar lo más elevado en la música. Esa es la imborrable impresión que le queda a uno, tras presenciar su concierto de más de dos horas esta tarde del viernes 14 de junio de 2019 en la bellísima gran sala histórica de la ciudad de Wuppertal en el marco del Klavier-Festival Ruhr, verdadera joya cultural en el centro de Alemania.

Sokolov invita constantemente al público a recorrer, ese, su cosmos sonoro y lo educa consecuentemente con su forma de tocar; un estilo que a todas luces crea adicción y que él mismo promueve intensamente con los seis bises que nos dejó al final. Por momentos parecía que el mismísimo Johannes Brahms estaba sentado ante el piano, interpretando sus Seis piezas opus 118 y sus Cuatro piezas opus 119, incluidas en la segunda parte de este recital.

Ajeno a cualquier actitud de divismo o de celebridad, Sokolov es uno de esos escasísimos artistas que no se preocupa por su persona; huye de las candilejas. Con él, la música está realmente ubicada en el centro del espectáculo. No da entrevistas; no produce grabaciones de discos, no toca con orquestas (porque los períodos de ensayos le resultan muy breves); toca solamente pianos Steinway modelo D-274 (el más grande de esta casa, fabricado desde 1884) y es muy meticuloso en su afinación (que verifica incluso hasta instantes antes del comienzo de la función). Quizás por eso mismo es que las entradas para sus conciertos -que siguen un ritual muy propio- quedan agotadas con meses de anticipación y es un privilegio poder estar allí para escucharlos profundamente e incluso ensimismarse en ellos junto a este gran maestro.

Como la espectacular sala de Wuppertal le atrae tanto y era la primera vez que ofrecía allí un recital, pese a que hace ya 22 años que participa en este festival, Sokolov decidió realizar un vídeo propio de la presentación. La sala quedó casi en penumbras, con una tenue iluminación color ámbar; apenas se lo veía desde la platea. Me imaginaba en ese momento los problemas técnicos que deberían haber tenido que sortear los camarógrafos para conseguir buenos enfoques e imágenes.

Vestido de frac, algo gacho de hombros, bamboleándose un poco al caminar, saluda con una breve reverencia a la platea que ya ha estallado en aplausos; se apresura a llegar al piano, se sienta y se inclina ante él e inmediatamente, cual flautista de Hamelin, arrebuja al público en el hechizo de un universo musical que ya no se disipará hasta el final (propinas incluidas). Todo es el resultado de una maravillosa labor inspiradora en la que pone en juego íntensamente su espíritu, su corazón, sus manos y su mente.

Los conciertos de Grigory Sokolov tienen una dramaturgia muy peculiar; nada debe perturbar el ritual de la exégesis pura de las obras que toca; ignora las toses y carraspeos que inevitablemente se producen, pese a los ruegos a aguardar absoluto silencio y a los caramelos suizos (Ricola) con hierbas naturales antitusígenas que se distribuyen gratuitamente a la entrada.

Por supuesto esto también forma parte de la puesta en escena, ya que Sokolov es uno de los grandes de la ejecución pianística que no puede disimular su firma autográfica, ya sea con Ludwig van Beethoven o con Brahms. Por demás modesto, este intérprete que se escabulle detrás de los compositores y se pone por entero al servicio de sus obras, es casi la antítesis de los ególatras que se hicieron y se hacen famosos desde el siglo XIX hasta nuestros días. Sin embargo, con su discreta forma de ser ha logrado con especial éxito y encanto una fructífera dialéctica entre el creador y el ejecutante.

La aureola que lo rodea -y este es probablemente el mayor de sus secretos- no distrae al oyente, sino que lo induce y lo seduce a escuchar con más atención. Ya desde el primer movimiento (Allegro con brio) de la Tercera sonata de Beethoven, tocada con gran brillantez y agilidad, se advierte que Sokolov es un retórico astuto, quien con el apoyo de un bien dosificado rubato hace sonar los temas de forma gestualmente elocuente y precisa. Los ásperos contrastes que le siguen no parecen forzados, sino extraídos y esculpidos con energía desde el propio corpus de la obra. El Adagio, con gran sensibilidad, revelaba cómo se pueden evocar estados de ánimo abismalmente tristes sin opacar las formas. Aquí es donde entra en acción con todo su ser Sokolov, sin pretender imponernos nada didáctica o pedagógicamente hablando. ¡Ahhhh, esa maravillosa vieja escuela rusa!

La sonata fue solo el preludio de lo que vendría inmediatamente después en este programa tan singular. Las Once Bagatelas de Beethoven opus 119, raras veces tocadas en salas de concierto, no son lo que digamos las más adecuadas para lucirse sin grandes dificultades. Estas piezas cortas, intrincadas, a veces incluso extrañas. son todo un desafío, a la brillantez del pianista y a la comprensión del espectador. Pero es Sokolov el encargado de facilitar a los asistentes los auriculares adecuados para entender el crudo humor de Beethoven, verbigracia en el Andante – Allegretto en sol mayor, la sexta de las bagatelas, cuando el genio alemán, de quien el próximo año se conmemora el 250º aniversario de su natalicio, pareciera pasar la música por la máquina picadora de carne.

Las diez últimas piezas para piano de Brahms (seis en el opus 118 y cuatro en el 119), mayormente intermezzi (salvo una balada en sol menor, un romance en fa mayor y una rapsodia en mi bemol mayor) permiten una estancia más prolongada y son consideradas los cuadros psicológicos, el diario personal más íntimo de un compositor ya envejecido (cuatro años de morir en 1897) que al mirar hacia atrás en su vida, la repasa vacilando entre la resignación y la rebelión.

A estas poéticas miniaturas se las puede leer de forma clasicista, con una caligrafía de tono elegíaco, como ya lo hiciera postreramente más de un compositor alguna vez, pero también respirando hondamente la vida terrenal, opción preferida por Sokolov. En el opus 118 (dedicado a Clara Schumann) logra el pianista enfáticamente la transición del más que suave pianissimo, tan solo por un instante una empañada sensación primaveral del romance, hasta la resignación más abisal de la pieza final (Intermezzo, Andante, largo e mesto en mi bemol menor). En definitiva, un amplio espectro que va desde las líneas de mayor ternura, hasta el arrebato más ígneo y resplandeciente que logra alcanzar las fibras más recónditas del ser humano.

Puedo asegurarles sin temor a equivocarme que Sokolov es un filántropo, Aunque a primera vista parece como que ignorara a su entusiasta audiencia, le da generosamente a ésta mucho más de lo que figura en el programa impreso del Klavier-Festival Ruhr. En los bises -media hora más de programa que pasaron volando, como si fueran cinco minutos- nos dejó una retahila de fragmentos de su amplísimo repertorio: el Impromptu en la bemol mayor opus 142/2 de Franz Schubert que con esa mezcla de toques afiligranados y con garra llega realmente al alma del oyente y agudiza sus oídos; el alegre y danzarín Les Sauvages, de Jean-Philippe Rameau; el más místico Intermezzo en mi bemol mayor opus 117/2 de Johannes Brahms; el vibrante homenaje a la Provenza de Le rappel des oiseaux (Rameau); el Preludio en sol sostenido menor opus 32/12 de Serguéi Rachmáninov, de gran intensidad; así como el aterciopelado De pas sur la neige, de Preludios, cuaderno 1, de Claude Debussy.

Qué más puedo agregar a esta reseña que ya no se lo imaginen nuestros lectores. El público estalló en ovaciones de pie durante largos y largos minutos tributadas a un Sokolov que se le veía todavía fresco como una rosa (hubiera seguido tocando hasta la madrugada sin problemas) que agradecía y agradecia con sobrias genuflexiones a la platea en una de esas veladas inolvidables de este festival.

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