Alemania

Perdiendo la compostura

Esteban Hernández
lunes, 22 de julio de 2019
Anna Netrebko y Malcom Martineau © 2019 by Andrea Kremper Anna Netrebko y Malcom Martineau © 2019 by Andrea Kremper
Múnich, miércoles, 17 de julio de 2019. Bayerische Staatsoper. Anna Netrebko, soprano. Elena Maximova, mezzosoprano. Malcolm Martineau, piano. Giovanni Andrea Zanon, violín. Obras de Rachmaninov, Rimski-Kórsakov, Strauss, Debussy, Charpentier, Chaicovski, Bridge, Leoncavallo, Fauré, Dvorak, Moore y Offenbach. Ocupación: 100 %
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Day and Night es el nombre del recital que Anna Netrebko y el pianista británico Malcolm Martineau han llevado por diversos escenarios del mundo (como Praga, Chicago o New York), y que a tenor del calendario de ambos, parece que puso su punto y final en la tarima muniqués. Su hilo conductor no puede ser más explícito, y son ambos senderos los que determinan las dos partes de un programa en el que Netrebko – con vestidos ad hoc para cada parte – se inclinará por la comodidad del repertorio patrio, otorgando ciertas pinceladas fundamentalmente francesas y alemanas.

De todos los escenarios por los que han llevado el presente programa sin duda Múnich era el más exigente, no solo porque en esta plaza hay cierta predisposición a aclamar a una sola reina, corona otorgada por la intendencia del teatro en tiempos recientes a Anja Harteros, sino por la presencia en el programa de un caballo de batalla confeso para Netrebko: repertorio alemán, pero además en la misma cuna del aludido, que no fue otro que Richard Strauss. Son los pequeños gestos los que tejen la complicidad entre público y artista, y en este particular caso se concretó en un leve esbozo de sonrisa tras la última doble barra straussiana, una tímida solicitud de exculpación y un leve paso de la mano por la frente, borrando un inexistente sudor, para aliviar el stress que seguramente supuso el desafío. Tres guiños que contaron con la complicidad y aprobación de un público que agradeció el esfuerzo con merecidos aplausos, pese a las carencias que su alemán muestra en la articulación.

De las muchas virtudes que tiene la voz más importante de la escena actual una es sin duda su manera de concebir sus espectáculos. El presente, pese al formato, dejó ver la vocación artística de la cantante austro-rusa, más allá de su celebrada voz, otorgando a cada una de las canciones su pequeño halo dramático, en ocasiones con attrezzo incluido: un ramo de violetas en la primera parte que posa en el escenario tras el Frühling de Rimski-Kórsakov, un globo plateado en forma de estrella en la segunda que deja volar tras las Nochi bezumnye de Chaicovski.

Si durante “el día” fue el joven violinista Giovanni Andrea Zanon quien acompañó puntualmente a la diva, el repertorio nocturno tuvo también por momentos dos protagonistas, al contar con la colaboración de la mezzo Elena Maxinova, de timbre compatible con el de la soprano, mostrándose un complemento perfecto tanto para e Uzh vecher de Chaicovski como para la barcarola de Les contes d’Hoffmann de Offenbach.

Netrebko no ahorro vocalmente nada para la ocasión, ni siquiera las cumbres a las que lleva Rachmaninov su melodía en su Sdes’ choroscho, apenas iniciado el concierto. Su voz recorrió todos los senderos que el público había seguramente deseado escuchar, rica en colores, brillos e intensidad, iluminó con su particular opacidad una sala repleta, dispuesta a coronarla, pese a la controvertida cancelación del la Tosca el año pasado en pro de la ceremonia de inauguración del Mundial de fútbol.

Amén de la calidad de la cantante hay otro elemento que condiciona el éxito o fracaso de un recital, cual es la empatía entre la ésta y su pianista. Malcolm Martineau mostró gozar de pleno entendimiento con Netrebko, más tangible en lo visual que en el resultado sonoro, pues una comunión inmaculada con un portento precisa algo más que una buena técnica o preparación, requiere un don que no se apreció, pero tampoco se echó en falta en demasía.

Los postres del recital no fueron otros que Il Bacio de Luigi Arditi, en el que Netrebko desplegó sus dotes belcantistas, y O mio babbino caro, la guinda de Puccini con la que el público se decidió a perder la compostura, en un efecto que no por consabido resultó carente de mérito.

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