Alemania

La fuerza del frontispicio

Esteban Hernández
lunes, 29 de julio de 2019
Alice Coote © 2019 by Wilfried Hösl Alice Coote © 2019 by Wilfried Hösl
Múnich, viernes, 26 de julio de 2019. Prinzregententheater. Agrippina. Dramma per musica en dos actos (1709) de Georg Friedrich Händel sobre libreto de Vincenzo Grimani. Dir. escena: Barrie Kosky. Escenografía: Rebecca Ringst. Vestuario: Klaus Klein. Dramaturgia: Nikolaus Stenitzer. Reparto: Gianluca Buratto (Claudio), Alice Coote (Agrippina), Franco Fagioli (Nerone), Elsa Benoit (Poppea), Iestyn Davies (Ottone), Andrea Mastroni (Palante), Eric Jurenas (Narciso), Markus Suihkonen (Lesbo). Bayerisches Staatsorchester. Dir. musical: Ivor Bolton
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Händel no se anduvo con aspavientos a la hora de intitular este drama, fruto no solo de su inspiración en su corto periplo italiano, sino también, como aceptada costumbre, de todo aquel material propio y ajeno que consideró útil a la causa. La Agrippina de Barrie Kosky, verdadero caballo de batalla del drama per musica handeliano, tiene en escena la misma fuerza que demuestra el nombre en el frontispicio de la impresión veneciana de 1709. El director australiano cede completamente la batuta de los tres actos a una mujer que manipula su entorno emocional a través de su erotismo en aras de subir al trono a su hijo Nerón, aunque para ello tenga incluso que condicionar el propio discurso de la orquesta. Si ni la música es capaz de interferir en su propósito nos podemos imaginar los derroteros por los que hace circular la intriga.

Es tal la fuerza que demuestra la psicología del personaje que a esta nueva puesta en escena (en coproducción con el Covent Gaden, la Dutch National Opera y la Staatsoper de Hamburgo) no le hacen falta casi accesorios, desprende al barroco de todos sus ornamentos y huye a zancada larga del horror vacui.

A su escenógrafa, Rebecca Ringst, solo le hace falta una estructura metálica rectangular de dos pisos, móvil y fragmentable, subdividida en estancias inmaculadas, que va ofreciendo sus espacios a través del juego que ofrecen sus persianas venecianas, y de apariencia tan fría como las intrigas que se tejen en ella.

El presumible libreto del cardenal Vincenzo Grimani, en lo que se ha querido ver como una crítica a la corte papal de Clemente XI, tiene una vertiente tan cómica cuan contradictoria – como la “Italia” de entonces – que tampoco escapa al entendimiento del regidor.

Su fidelidad con esta esencia de aprecia en pequeños detalles, desde el tono del timbre de la estancia en la que Poppea recibe a las víctimas de sus encantos, con las notas justas como para reconocer en tono paródico el Aleluya del maestro de Halle, o el incremento del ansia de protagonismo de Agrippina, que llega a coger micrófono en mano para amplificar su voz en una de sus arias.

Es difícil ver en una nueva producción tanta complicidad entre la escena y sus integrantes– Benoit, Fagioli y Mastroni coincidieron por otra parte en la reciente Agrippina del Real –. No hay en todo caso ningún secreto en el éxito de conjunto de esta Agrippina si consideramos que Barrie Kosky, ante la libertad que deja Händel sobre el comportamiento – que no sobre su psicología – de sus personajes, los modeló una vez que conoció al elenco, hecho que por otra parte podría comprometer seriamente futuras reposiciones.

Amén de sus prestaciones vocales, Alice Coote supo poner en escena al personaje que el director de escena tenía en mente, con una voz que se impone sobre las demás por su carácter y sus mutaciones emocionales vertiginosas. Franco Fagioli, un Nerón algo gótico y con tatuaje en la cabeza, cumple también en ambos aspectos, con el escrupuloso virtuosismo que el público esperaba, tan en las cumbres que provoca siempre cierta fragilidad en sus prestaciones dramáticas, pese al alto nivel por las que también las guía.

La soprano francesa Elsa Benoit resulta todo lo atractiva que se presupone a Poppea, con su voz elegante pero firme y todo lo precisa que cabe esperar en una línea que modela con cierto antojo, en aras de resaltar la mutabilidad del personaje. También destacable el rol de Gianluca Buratto, una ínsula por registro para el drama de Hándel, que sin embargo supo encontrar su espacio dramático a través de un instrumento privilegiado más por via natura que por técnica.

Ivor Bolton suele funcionar para la Staatsoper como garante para títulos como el presente, por su versatilidad y su capacidad de adaptación a las exigencias de la escena. Cedió la batuta cuando debió hacerlo y cogió de nuevo las riendas de la formación barroca orquestada para la ocasión en aquellos momentos en las que la intensidad del foso se tornaba en requisito, otorgando a los da capo las pinceladas justas como para no convertir las casi cuatro horas de espectáculo en algo tedioso.

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